Editorial

Sebastián Piñera da una sorpresa

  • Jue, 05/03/2012 - 20:23

El pilar de la reforma tributaria que acaba de anunciar el multimillonario presidente chileno, Sebastián Piñera, es un aumento del 17% al 20% en el impuesto a las ganancias de las empresas. El proyecto busca recaudar entre US$700 millones y US$1.000 millones que se destinarán a un mayor gasto público en educación.

Resulta a primera vista paradójico que el primer gobierno abiertamente partidario de la libre empresa que tiene Chile en más de 20 años impulse una reforma que aumenta la carga tributaria corporativa, arriesgándose a desincentivar la inversión privada. No solo eso: la reforma tributaria viene de la mano de una reforma educacional que incluye la creación de una agencia estatal que administrará los créditos para los estudiantes que no tienen recursos para financiar sus estudios universitarios. El Estado cobrará una tasa de interés real de 2% anual, sacando del negocio a los bancos privados, que estaban hasta ahora administrando esos créditos con una tasa de interés tres veces más alta. En resumen, el gobierno chileno, que en el discurso buscaba adelgazar el Estado, ahora lo está engordando.

La reforma tributaria y el cambio de los sistemas de financiamiento educacional no estaban en el programa del gobierno de Piñera, por cierto. Son una respuesta a las multitudinarias protestas estudiantiles de 2011, demandando mejor educación e igualdad de oportunidades, cuya capacidad de convocatoria y nivel de apoyo popular tomaron por sorpresa al gobierno y a la oposición. La efervescencia social gatillada por el descontento estudiantil hizo bajar la popularidad de Piñera a un escuálido 29% en marzo pasado.

Aumentar el impuesto a las ganancias de las empresas es una acción sorprendente si se toma en cuenta que el presidente chileno ha sido toda su vida un empresario. La reforma tributaria de Sebastián Piñera puede haber sido tímida, pero va en la dirección correcta. Y la política es el arte de lo posible.

Las reformas que impulsa hoy el presidente chileno, sin embargo, no son una mera maniobra para recuperar la popularidad. Sus proyectos deben ser aprobados por el Congreso, donde la alianza gobernante es minoría. Y dentro de los propios partidos que conforman esa alianza, hay voces discordantes, además de la incomodidad de muchos empresarios -aliados naturales de Piñera- con un aumento del impuesto a las empresas. La reforma tributaria, amarrada a la reforma educativa, corre el riesgo de pasar largos meses en inconducente discusión legislativa, agotando al gobierno y quitándole la oportunidad de emprender otras iniciativas.

Una lectura posible para explicar el proyecto presidencial es que Piñera, uno de los hombres más ricos de Chile, tenga de verdad vocación de estadista. Es posible que las manifestaciones estudiantiles le hayan hecho darse cuenta de que no basta con crecer 6%, como lo hizo la economía chilena el año pasado. La desigualdad es el mayor desafío que enfrenta Chile hoy. Hace poco, el país tuvo el honor de convertirse en miembro de la OCDE y el deshonor de ser identificado como el más desigual de sus 34 países miembros.

La desigualdad que hay en Chile explica también el generalizado malestar social que se hizo evidente con las protestas estudiantiles de 2011. Y cuando los estudiantes se tomaban las calles exigiendo mejor educación, demandaban también mayor igualdad: no puede haber igualdad de oportunidades en un país donde la calidad de la educación pública es inferior a la privada.

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En Chile la educación es desigual, pero el problema es más grave porque incluso la buena educación es mala. El más reciente ránking de competitividad global del World Economic Forum (WEF) pone a Chile en el lugar 22 entre 142 países del mundo ordenados por competitividad. El país, sin embargo, baja al puesto 66 en capacidad de innovación, y se desploma a un desastroso puesto 123 en calidad de la educación primaria.

Piñera ha dado prioridad a la educación en respuesta a los clamores de la ciudadanía, pero también ha comprendido que Chile necesita una población mejor educada si quiere seguir escalando posiciones en el concierto internacional. Mejor educación trae más capacidad de innovación y mayor competitividad global. La igualdad de oportunidades trae estabilidad social e institucional, y, en definitiva, mejor gobernabilidad.

Ahí están las claves que explican la decisión de Piñera de aumentar la carga tributaria a las empresas y abultar el tamaño del Estado.

AmericaEconomía aplaude la iniciativa presidencial, pero estima que el alza fue tímida. Una tasa tributaria de 25% no impactaría significativamente los niveles de inversión en un país donde hay reglas claras, estabilidad macroeconómica y equilibrio fiscal. Un impuesto de 25% dejaría a Chile todavía por debajo del promedio de los países de América Latina, que en 2011 llegaba a 25,1%, según un reciente estudio de la consultora KPMG.

Un 25% de impuesto habría permitido recaudar más para destinarlo a mejorar la educación.

AméricaEconomía ha sabido que el presidente chileno quería subir el impuesto a las ganancias de las empresas por encima del 20%, pero debió conformarse con el 20% para asegurar el apoyo de grupos empresariales y uno de los partidos políticos que integran su gobierno.

Aumentar el impuesto a las ganancias de las empresas es una acción sorprendente si se toma en cuenta que el presidente chileno ha sido toda su vida un empresario. La reforma tributaria de Sebastián Piñera puede haber sido tímida, pero va en la dirección correcta. Y la política es el arte de lo posible.

  • Jue, 05/03/2012 - 20:23

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