Al fin. El presidente de México, Enrique Peña Nieto, ha reaccionado correctamente frente al recién ascendido presidente de EE.UU., Donald Trump, al cancelar la reunión que estaba planificada para el próximo martes entre ambos mandatarios. Enrique Pena Nieto, ahora vuelve a ser Enrique Peña Nieto.

La cita había sido solicitada por Trump. El interés, platicar sobre comercio, inmigración y seguridad fronteriza. Sobre todo de seguridad fronteriza, esa necesidad de convertir la frontera entre EE.UU. y México en un muro inexpugnable, una ingente construcción que, en palabras de Trump, evite el ingreso de una manga de violadores y criminales mexicanos.

¡Aguante, Peña Nieto! El paso del tiempo jugará a su favor. Trump está abriendo tantos frentes al mismo tiempo, que no podrá ganar todas las batallas. Más aún, no sería extraño que pronto su base de apoyo comience a deteriorarse. 

La plausible reacción de Peña Nieto no es gratuita. Surge de un nefasto preámbulo, una descortesía made in Trump: una delegación mexicana de alto nivel, encabezada por el Secretario de Relaciones Exteriores Luis Videgaray, ex secretario de Hacienda de este mismo gobierno -sacado de su cargo después del gran fiasco que significó la invitación del presidente Peña Nieto a Donald Trump durante la campana presidencial de este ultimo-, viajó hasta Washington a comienzos de esta semana para afinar detalles del encuentro Peña Nieto-Trump, momento en que, cual eximio jugador de poker, Trump decidió firmar la orden ejecutiva que oficializa la construcción del despreciable muro y anunciar con bombos y platillos que lo prometido en campaña era una realidad: México pagará el muro. 

A partir de ese momento, la presión sobre Peña Nieto alcanzó un punto máximo y la oposición tenía la comprobación de que no había sido desproporcionado catalogar al presidente de pusilánime, al invitar a Trump al Palacio de Gobierno. 

Pero Peña Nieto escuchó el clamor popular. Esa voz unitaria que clamaba el término de los atropellos a la dignidad mexicana; que los mexicanos no pueden aceptar seguir siendo humillados por EE.UU., un victimario con una larga lista de atropellos, incluyendo la usurpacion de grandes porciones del territorio mexicano en los siglos XIX y XX.

Desde la izquierda, Andrés Manuel Lopez Obrador -líder populista que estuvo a punto de ganar la elección presidencial en 2006 y carta muy probablemente en las próximas elecciones de 2108- planteó incluso que México debía acudir a las Naciones Unidas (ONU) para denunciar el atropello de EE.UU. Mientras que en la oposición de derecha, donde uno de sus exponentes más duros ha sido el ex presidente Vicente Fox y el ex ministro de Relaciones Exteriores de su gobierno, Jorge Castañeda, exhortaban al gobernante a adoptar una línea dura para enfrentar a Trump.

El rechazó de Peña Nieto descolocó a Trump y a su gobierno, al punto que el blondo mandatario una vez más tergiversó los hechos, como es ya su costumbre, diciendo que el presidente de México y él habían decidido cancelar la reunión, cuando en realidad había sido Enrique Peña Nieto. Dijo, además, que eso lo obligaba a buscar otras fórmulas para que México financie el ofensivo muro.

Una de esas fórmulas es lo mencionada por el secretario de Prensa del gobierno estadounidense, Sean Spicer, quien deslizó la posibilidad de aplicar un impuesto a las importaciones de países con los cuales EE.UU. tiene déficit comercial, como es el caso de México. En principio, dijo que se aplicaría un impuesto de 20%, con lo cual se podría generar una cantidad suificiente de dinero para levantar la muralla, agregando que en realidad el plan estaba siendo recién analizado y que, por lo tanto, la tasa especifica podría cambiar; en lugar de 20%, podría ser 18% o incluso 5 %. Lo que no dijo Spicer y Trump es que si se aplica dicha política, no sería México quien pagaría la muralla, sino los consumidores estadounidenses que, al comprar un auto, un refrigerador, un televisor o cualquier otro producto fabricado en México, tendrían que pagar un precio más alto para financiar el muro.

Es impresionante que Trump no se dé cuenta que EE.UU., al firmar el Tratado de Libre Comercio (TLC) con México, produjo una transformación radical en dicho país. México, antes del Nafta, era un país con un profundo sentimiento antinorteamericano, un sentir cuyos gobiernos lo fomentaban y practicaban en su política exterior, así como en los distintos foros multilaterales.

Junto con el TLC, México comenzó una nueva etapa de reformas estructurales importantes, abriéndose al camino de una democracia moderna (a pesar de tener elecciones periódicas), pluripartidista (había un partido único, el PRI), con alternancia de partidos en el poder; con libertad de expresión, de prensa (los periódicos estaban controlados por el gobierno a través de la importación de papel periódico), con mercados más abiertos a la libre competencia y con una estabilidad económica que, sin ser perfecta, dista bastante de los grandes shock del pasado (a lo menos, cada diez años había una mega crisis económica). Como consecuencia de lo anterior, el flujo de migrantes desde México a EE.UU. comenzó a disminuir, al punto que hoy día es significativamente menor que lo que era hace dos años e incluso una década.

Adicionalmente, México se transforma en el segundo destino de las exportaciones de EE.UU. y en un gran amigo y aliado estratégico de dicho país, muy necesario para la actual coyuntura mundial, marcada por la lucha contra el terrorismo, el tráfico de drogas y la corrupción.

Es cierto que no podemos atribuir todas estas mejoras en México a EE.UU.; es obvio que el gran mérito es de México y su voluntad política de hacer cambios, pero tampoco podemos negar la gran influencia que tuvo el TLC con EE.UU. en el cambio de rumbo.

Estos son precisamente los grandes activos que tiene México para luchar contra Trump. Contra Trump, no contra EE.UU. Todos sabemos que hay una gran mayoria estadounidense que entiende la importancia mexicana para el País del Norte, y que tambien siente, avergonzados, que esta guerra contra México no solo responde a la ignorancia e inexperiencia, sino también a un liderazgo populista que se alimenta de enemigos para mantener atentos y entusiasmados a sus seguidores.

¡Aguante, Peña Nieto! El paso del tiempo jugará a su favor. Trump está abriendo tantos frentes al mismo tiempo, que no podrá ganar todas las batallas. Más aún, no sería extraño que pronto su base de apoyo comience a deteriorarse.

Porque como sentenció Vicente Fox, los mexicanos son chiquitos, "pero picosos; nada nos vence y representa la mejor oportunidad que se nos ha presentado en años para mostrar nuestro patriotismo". Apueste, presidente, a ese picor, ese fuego que tarde o temprano va a sonrojar el rostro de Donald John Trump, cuando se sienta triste, solitario y final, y atrapado en su propio muro.