La edición en papel del New York Times y del Financial Time que ha circulado aquí en Davos, Suiza, viene con una tapa falsa con un mensaje dirigido a los empresarios, propietarios de negocios y directores generales de las grandes empresas, es decir, a la audiencia del World Economic Forum, el foro creado en 1971 por Klaus M. Schwabun. Se trata de un llamado explícito para que lo que se discuta en la reunión anual 2017 del WEF no quede entre cuatro paredes, sino que sea el leit motiv que impregne sus agendas inmediatas.

¿Por qué este llamado tan contundente y en este momento? El mensaje de NYT y FT a la elite global reunida en Davos no hace más que adelantar un desenlace inevitable: si bien es cierto que el Foro del WEF, a diferencia de otros foros de negocios globales, desde hace tiempo ha venido dándole algún espacio y tiempo a asuntos como la desigualdad de ingresos o de género; a la discriminación racial y a otros temas muy sensibles, este año estos problemas se han instalado en la agenda del Foro con una fuerza sin precedente. Pero no solo en la agenda oficial, sino además en todos los debates que surgieron espontáneos y paralelos a toda la agencia oficial. Es esta pulsión planetaria y no otra cosa lo que explica el animo aquí en Davos y la sensibilidad por los temas sociales de inclusión y desigualdad.

La gran conclusión aquí en Davos es que si queremos continuar por el camino de la globalización y el desarrollo tecnológico, para traer más progreso a la Humanidad, debemos realizar reformas al modelo actual, en la dirección correcta, de manera de transformarlo en una senda sostenible. Estas reformas deben incluir políticas públicas que lleven los beneficios a todo el mundo y no solo a algunos países...

Hay una toma de conciencia además de que la revolución populista está relacionada con que los beneficios de la globalización han enriquecido mucho y a muy pocos, y han empobrecido demasiado a mucha gente. Mientras NYT y FT eligieron la vía directa para influir en los asistentes a Davos, la influyente ONG Oxfam International eligió la previa de la realización del evento para lanzar un lapidario informe con una conclusión que se conecta con ese fuego global y reprobatorio: ocho hombres acumulan la misma riqueza que las 3.600 millones de personas más pobres de la población mundial.

Este animo explica parte importante de lo que hemos visto en Davos este año. Ejemplo es Christine Lagarde, directora del FMI, quien afirmó que no debemos darle la espalda a la globalización ni al cambio tecnológico, aunque al mismo tiempo se debe presionar a los ministros de Economía y Finanzas para que implementen políticas públicas que ayuden a la redistribución del ingreso, combatan la evasión tributaria con fuerza, aumenten el gasto en educación y salud, y creen redes de apoyo a los más vulnerables.

Otro sensible es Lawrence Summer, profesor de la Universidad de Harvard, que afirmó con fuerza en el foro que el surgimiento del populismo en su país (en alusión al ya presidente Trump) se debe a la desigualdad de ingresos y a la sensación indeleble que tiene la clase media de que ha perdido el control de su futuro. 

Otra razón que también ha contribuido a despertar la atención sobre los temas sociales es el cambio tecnológico y en particular el desarrollo rápido de la inteligencia artificial, avance que podría desplazar de su trabajo a millones de personas, por ejemplo, en el sector de trasporte, donde una aplicación en desarrollo son los vehículos que no necesitarían conductor; o las aplicaciones en medicina que podrían por una parte abaratar y permitir el acceso a servicios médicos a millones de personas, pero a su vez desplazar de sus trabajos a una suma equivalente de gente. 

Tal es la preocupacion de las empresas de tecnología, no crear pánico respecto del desarrollo de la inteligencia artificial, que la CEO Global de IBM, Ginni Romeetty, en una sesión sobre el tema, se encargó de aclarar que "están trabajando en hacer que la inteligencia artificial no reemplace al trabajo humano, sino que aumente las capacidades del hombre, estableciéndose entre la máquina y el ser humano una relación simbiótica". Sentir humanista que se vincula con la motivación de un grupo de trabajo establecido en Sillicon Valley, patrocinado por las grandes empresas tecnológicas, que está trabajando en el tema de ingreso garantizado (cuando el Estado entrega ingreso mínimo a una parte de la población). 

Sin embargo, David Hanson, experto en robótica, puso las alarmas. Contó como quien menciona una historia para hacer dormir a los niños, que Sophia, su robot, de aquí a cinco años podría no solo hacer muchas de las tareas que realizan los humanos, sino ser capaz de emocionarse como cualquier persona humana. Realidad o ciencia ficción, lo cierto es que la inteligencia artificial y la robótica serán una nueva fuente de desigualdad en el mundo, dentro o entre países desarrollados y países en desarrollo. En la medida en que desplacen millones de puestos de trabajo -pese a que crearán otros nuevos empleos-, aquellos desplazados por edad o nivel educacional, quedarán atrapados e irascibles contra el nuevo progreso.

Sentir compartido por Meg Whitman, presidenta ejecutiva de Hewlett Packard Enterprise, quien vaticinó que "se perderán empleos, se desarrollarán empleos y esta revolución va a ser eterna, no va a tener en cuenta las clases y va a afectar a todos". 

Este fenómeno aumentaría también la participación del capital respecto del trabajo en la distribución del ingreso, ya que las grandes empresas, dueñas de las máquinas y los softwares, se quedarán con la tajada grande de estos nuevos negocios; probablemente serán empresas internacionales localizadas en el primer mundo, con lo cual aumentaría la desigualdad entre el mundo en desarrollo y el mundo desarrollado.

¿Qué opción tenemos ante tal devenir? ¿Ser apocalípticos o integrados? Pese a todo, no debemos oponernos a la globalización y al progreso. Hay que reconocer en Latinoamérica algo que dijo Henrique Mireilles, ministro de Economía y Finanzas de Brasil, otro asistente aquí al Foro de Davos: "la globalización le ha permitido a una gran cantidad de gente en Brasil, y otros países emergentes, salir de la pobreza, por eso creo que el efecto neto de la globalización es positivo".

La gran conclusión aquí en Davos es que si queremos continuar por el camino de la globalización y el desarrollo tecnológico, para traer más progreso a la Humanidad, debemos realizar reformas al modelo actual, en la dirección correcta, de manera de transformarlo en una senda sostenible. Estas reformas deben incluir políticas públicas que lleven los beneficios a todo el mundo y no solo a algunos países; beneficios que lleguen, sobre todo, a los más vulnerables. Asimismo, necesitamos dar más poder de negociación a los trabajadores para que la participación entre capital y trabajo sea más justa. Debemos hacernos cargo de educar a nuestros jóvenes, sin miedo, en las nuevas tecnologías.

La tarea es ardua y difícil, qué duda cabe. Pero hay un fuego fatuo que contamina todos los debates y los asuntos públicos. Por eso es necesario dejar atrás el eslogan creativo del equipo R&R Partners, "what happens here, stays here", en referencia a la trastornada Las Vegas. Hoy es necesario que la elite global regrese a sus países con sobrepeso, un equipaje cargado de tareas acuciantes y urgentes. De lo contrario, Trump y los populistas del mundo, hábiles en captar solo el desconectanto global, nos harán ingresar a una hoguera de inmanejables dimensiones.