Muchas son las razones para felicitarnos por el triunfo de Emmanuel Macron en la segunda vuelta de la elección presidencial francesa.

Lo primero es que revierte los adelantos de ese fantasma que recorre el mundo, el nacionalismo antiglobalizador y xenofóbico que viene de la ultraderecha y que ha convencido a los pobres de que los liberales son la nueva elite opresora.

Acaso lo más importante de los resultados de la elección francesa es que constituyen un triunfo de la razón. La ola nacionalista y seudo-populista del brexit en el Reino Unido y del trumpismo en Estados Unidos se habría convertido en tsunami de haber ganado Marine Le Pen la elección francesa.

En segundo lugar, nos he devuelto la confianza en las encuestas de opinión. El hecho no es menor en un mundo donde la mentira de pronto se llama posverdad y donde el presidente del país más importante del mundo miente sin cesar al tiempo que acusa a algunos de los medios de comunicación más responsables del mundo de ser fake news.

Acaso lo más importante de los resultados de la elección francesa es que constituyen un triunfo de la razón. La ola nacionalista y seudo-populista del brexit en el Reino Unido y del trumpismo en Estados Unidos se habría convertido en tsunami de haber ganado Marine Le Pen la elección francesa. El arribo de Emmanuel Macron trae un suspiro de alivio a quienes sabemos que derribar muros y fronteras beneficia a todos los seres humanos porque facilita la comunicación, el comercio, el acceso, los negocios y el entendimiento.

El 66% de los franceses opinó de esta manera, dando un espaldarazo a Europa y a la integración. La Unión Europea sigue amenazada por varios frentes, pero la decisión de Francia mantiene vivo el proyecto y le da al país la posibilidad de liderarlo de la mano de Alemania.

Otro motivo de alegría es la figura esperanzadora de Macron. Es un rostro nuevo y un nombre nuevo, un afuerino que -a pesar de haber sido ministro de Economía del fracasado Francois Hollande- no proviene de las maquinarias partidistas tradicionales que provocan desconfianza en el electorado. A los 39 años, también es el presidente más joven que ha tenido Francia, otra señal esperanzadora para las generaciones desilusionadas de décadas de politiquería y alternancia en el poder de partidos que no han sabido renovarse.

El desafío es grande y las expectativas son altas. Afortunadamente, Macron sabe que en Francia es absolutamente necesario realizar cambios profundos y que el electorado le exigirá que los haga. Las promesas electorales no cumplidas por Hollande y quienes lo precedieron no pueden repetirse esta vez. La extrema derecha sacó un tercio de los votos, más que en ninguna otra elección presidencial. El descontento es real, fuerte, amenazador. Si Macron no satisface las expectativas, Le Pen o su sucesor podrían ganar las presidenciales de 2020.

Y gran parte del apoyo a Macron no es apoyo a Macron, sino rechazo a Le Pen. La izquierda francesa votó por lo que consideraron el mal menor.

Lo que se le pide al nuevo presidente de Francia no es nada de fácil. El flujo de inmigrantes ha hecho que algunas zonas de París hayan perdido totalmente su identidad francesa. La amenaza del radicalismo islámico es mucho más real en la capital de Francia que en Washington o en Nueva York. Es cierto que la globalización ha creado fracturas y perdedores a quienes el Estado no ha tendido la mano. Pero Francia necesita menos Estado y más iniciativa privada si quiere crecer.

Francia necesita liberalización interna que aliente el crecimiento y el empleo, necesita bajar los impuestos para estimular la actividad económica. Nada fácil en un país que hasta ahora ha sido reacio a las reformas. Y al mismo tiempo, debe destinar más recursos para ayudar a los postergados de la globalización.

En las pocas horas desde su victoria, Macron ha demostrado tener gran inteligencia mediática. Caminar por la plaza del Louvre hacia el escenario donde pronunciaría su discurso de aceptación, mientras sonaba el Himno a la Alegría de la Novena Sinfonía de Beethoven, fue simultáneamente un acto fundacional de emoción solemne, algo nuevo en la historia de Francia y un guiño a Alemania. Si maneja con esa maestría la economía, la política interna y las relaciones exteriores, será un conductor magistral para esa desafinada orquesta que se llama hoy Francia. Puede ser la última oportunidad.