Los resultados del domingo pasado en la primera vuelta de las elecciones francesas dieron como ganador a Emmanuel Macron con el 24,0% de los votos. Macron, un ex banquero pro europeo con gran llegada en los sectores urbanos más sofisticados y educados, fue ministro de Economía del actual presidente Francois Hollande, pero abandonó el gobierno para crear su propio partido político, En marche!, y postularse a la presidencia de Francia. Su plataforma política está basada en una mirada pro europea, una modernización del Estado que pasa por su reducción, de modo de que sea más ágil y eficiente, y permitir así cortar el gasto público que asfixia a la economía francesa y le ha hecho perder competitividad en los últimos 20 años. Macron es también pro emprendimiento y busca traer de regreso a una gran cantidad de emprendedores franceses que, frustrados por la tremenda burocracia francesa, se han relocalizado en Londres, para desde allí, una tierra más amistosa con los negocios y con menos regulación, emprender la conquista de Europa.

El segundo lugar lo obtuvo la ultranacionalista Marine Le Pen, con 21,3% de los votos, del Frente Nacional fundado por su padre, Jean Marie Le Pen, por muchos catalogado como un nazi de tomo y lomo. Marine, sí, ha ido construyendo una versión del Frente Nacional algo más moderada que su padre, a quien expulsó del partido hace dos años. Su programa es anti inmigrantes, anti globalización y anti europeo, favoreciendo salir de la Unión Europea (el llamado Frexit) y abandonar el euro. Muchos en Francia y en el resto del mundo temían que Marine Le Pen obtuviera el primer lugar en esta primera vuelta, sumándose a resultados como el referéndum a favor del Brexit, las elecciones que dieron el triunfo a Trump, y en general a la ola nacionalista, anti globalización y anti inmigrantes que está transformando la política en muchos países europeos y que se apoya en los sectores dejados de lado por la globalización, particularmente los sectores rurales y de menor educación. Como dicen algunos, parafraseando el Manifiesto Comunista, ”un fantasma recorre el mundo, el fantasma del nacionalismo”.

El resultado de la primera vuelta en Francia, el domingo pasado, con la primacía de Macron, es una buena noticia para los que creemos en una Europa unificada e integrada al mundo en lo comercial y político, con valores universales como la democracia, los derechos humanos y la solidaridad. Pero esta buena noticia conlleva riesgos importantes...

El tercer lugar, con 20,0%, lo obtuvo Francois Fillion, candidato de la derecha republicana, ultracatólico y conservador, con una receta thatcheriana en lo político y ultraconservador en lo valórico, al más puro estilo de los republicanos evangélicos de los EE.UU. Y en el cuarto lugar estuvo Jean-Luc Mélenchon, que fue realmente la revelación de la primera vuelta electoral francesa alcanzando el no despreciable 19,6% de los votos con una propuesta anti sistema y anti europea de corte ultraizquierdista, quien se declara admirador de Chávez y del socialismo bolivariano del siglo 21. Muy abajo figuró el candidato del Partido Socialista, el partido del actual gobierno, con apenas 6,4%, un derrumbe histórico.

En consecuencia, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial no habrá en la segunda vuelta presidencial ni un candidato republicano (centroderecha) ni tampoco uno socialista, los dos partidos tradicionales y pilares de la Quinta República creada en 1958. Así, la primera vuelta ha puesto de manifiesto el agotamiento del establishment político francés y la búsqueda de parte del electorado de un camino distinto. Por otro lado, es muy significativo el que dos candidatos fuertemente anti sistema -Le Pen y Mélenchon- hayan conseguido aproximadamente el 40% de los votos, y que el voto anti europeo –al que concurren otros partidos menores- sume más del 46%. Eso anuncia las fuertes dificultades que enfrentaría Macron para gobernar en caso de ser elegido, lo que según los pronósticos es lo más probable.

El resultado de la primera vuelta en Francia, el domingo pasado, con la primacía de Macron, es una buena noticia para los que creemos en una Europa unificada e integrada al mundo en lo comercial y político, con valores universales como la democracia, los derechos humanos y la solidaridad. Pero esta buena noticia conlleva riesgos importantes. El primero es que a pesar de su baja probabilidad, no se puede descartar un triunfo de Marine Le Pen en la segunda vuelta. Algunos cálculos indican que una parte relevante de los votantes de Jean-Luc Mélechon se podrían traspasar a Le Pen, por la afinidad anti sistema que comparten ambos candidatos así como la posición anti europea. De hecho, Mélenchon no ha llamado a votar por Macron contra Le Pen, aunque su partido dice que no se debe votar por Le Pen. Por otro lado, se calcula que una parte sustancial –se dice que al menos un tercio- de los votos más conservadores de Francois Fillon podrían votar ahora por Le Pen.

Pero si como esperamos, Macron triunfa en segunda vuelta, su gobierno no la tendrá fácil. Los resultados muestran una Francia profundamente dividida entre dos visiones muy opuestas: un Macron decididamente pro Europa versus una Le Pen rabiosamente nacionalista. La Francia abierta al mundo de Macron versus una Francia encerrada en sí misma y proteccionista de Le Pen. Tras estas visiones existe un país dividido: por un lado la llamada France profonde, rural y de provincias, versus la Francia de las ciudades más modernas e integradas a la economía global; la Francia educada y liberal versus aquella con baja educación y conservadora; y, como han develado ciertas encuestas, una Francia optimista y feliz, enfrentada a una Francia pesimista y enrabiada.

Asimismo, el candidato de la ultraizquierda Melenchon, envalentonado por su buen resultado electoral, ya amenazó con una “tercera vuelta” en la calles, anunciando movilizaciones contra las eventuales reformas liberales de un gobierno de Macron. Frente a esto hay una seria incógnita de cómo y con qué apoyo gobernaría Macron, que encabeza un partido construido hace apenas un año. Las elecciones legislativas que tendrán lugar en junio de este año serán por ello clave para el eventual gobierno de Macron. La pregunta es cómo y si acaso un presidente sin experiencia, con un partido político recién formado, podrá asegurar una mayoría parlamentaria -o al menos una sólida alianza- que le permita hacer las reformas que Francia necesita con urgencia. Eso, mientras enfrenta potenciales movilizaciones de la ultraizquierda y el continuado y amenazador ascenso de las fuerzas ultranacionalistas y ultraderechistas que representa Marine Le Pen, y que sueñan el sueño imposible de volver a la Francia de los años 50.

Difícil panorama, particularmente en un país que se ha mostrado refractario a las reformas, lo que ha hecho a algunos llamarla la Francia irreformable. Por el bien de Francia, esperamos que Emmanuel Macron logre una victoria en la segunda vuelta este próximo 8 de mayo, y que sea capaz de abrir un camino que vuelva a dinamizar a Francia, a superar sus divisiones y a darle confianza en sí y en Europa.