La ruptura de relaciones diplomáticas y el bloqueo de Qatar resuelto por Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Bahrein y Egipto, concebido y liderado por Arabia Saudita, es el resultado de la reciente visita de Donald Trump a dicho país.

Una visita llena de simbolismo, al ser el primer país visitado por Donald Trump en su presidencia. El discurso de Trump en Arabia Saudita no dejó ninguna duda de que en la disputa regional por el liderazgo árabe en el Medio Oriente, entre la corriente islámica chiita liderada por Irán y la corriente sunitas liderada por Arabia Saudita, EE.UU. tomaba derechamente partido por el este último reino. Esto marca un cambio dramático en la política de EE.UU. hacia el mundo árabe en Medio Oriente, ya que desde la época del gobierno de Nixon y su secretario de Estado Henry Kissinger, EE.UU. ha tratado de no tomar partido por ninguna de las potencias del mundo árabe, cuidando la frágil y volátil estabilidad de la región a través de un juego de ajedrez con pocos grados de libertad y limitado a cuidar la estabilidad de la zona.

Si el gobierno de Trump quiere realmente estabilizar el Medio Oriente y contener el terrorismo extremista yihadista, debe aceptar y reconocer la importancia de Irán como un player relevante de la región. En particular, debiese tomar ventaja de que en la última elección fue reelegido un presidente moderado en Irán, el mismo que forjó junto al presidente Obama y gobiernos de otros países el acuerdo que limita la producción de material radiactivo que podría ser utilizado para producir una bomba atómica iraní.

El único caso en que no se respetó dicha norma fue la invasión de Irak liderada por George W Bush , cuyas consecuencias fueron desastrosas para la estabilidad del Medio Oriente y con las cuales convivimos hasta la fecha. En efecto, dicha guerra cambió el equilibrio de poder entre chiitas y sunitas, ya que el Irak de Saddam Hussein que había sido gobernado por una minoría sunnita desde su fundación como Estado, pasó a ser gobernado por los chiitas, mayoritarios en Irak , con lo cual la influencia de Irán ha crecido sustantivamente en dicho país. Consecuentemente, Irak forma parte hoy de la órbita chiita liderada por Irán a pesar de tener todavía presencia de tropas norteamericanas, aunque en pequeña cantidad y básicamente entrenando al ejército iraquí. Las fuerzas iraquíes son hoy claves en la expulsión del Ejército Islámico (ISIS) de Mosul, ciudad que permaneció durante mucho tiempo capturada por ISIS y en la que todavía el grupo yihadista mantiene algunos puntos de control.

El apoyo irrestricto de EE.UU. a Arabia Saudita anunciado por Trump, hace un par de semanas, tendrá un efecto desestabilizador de consecuencias dramáticas en la zona. El bloqueo de Qatar es la primera de ellas. Los sauditas han dado como razón para la ruptura con Qatar el presunto financiamiento de éste último a grupos terroristas, lo cual es más cierto para Arabia Saudita que para Qatar. Los saudíes han financiado a ISIS y otros grupos similares de manera indirecta en su lucha contra Al Assad en Siria. En cambio a Qatar, que también ha financiado grupos contra Al Assad, se le critica por su cercanía con Hamas y Hezbolla, dos organizaciones que reciben también financiamiento de Irán. Estas dos organizaciones están en la lista de entidades terroristas de EE.UU. y la Unión Europea, pero lo cierto es que son grupos que se parecen más a lo que es un ejército de liberación que a grupos terroristas como Al Qaeda o ISIS.

Si bien Arabia Saudita no lo reconoce, es probable que un elemento central en el bloqueo de Qatar, por parte de Arabia Saudita, tenga que ver con que Qatar, siendo un pequeño país, haya llegado a tener un rol tan significativo en la zona, al tener una gran base militar estadounidense; al contar con Al Jazeera, la cadena de TV del mundo árabe más influyente a nivel global, financiada por el Emir de Qatar; a ello se agrega el que Qatar, a pesar de ser sunita, tiene buenas relaciones con Irán y Turquía. Finalmente, aunque simbólico, el hecho que hayan conseguido ser la sede de la Copa Mundial de Fútbol del año 2022. Todo esto irrita a la monarquía saudita.

Si Trump piensa que tomando partido por Arabia Saudita y apoyándola a todo evento podrá terminar con el extremismo islámico, comete un error de grandes proporciones. Otro error brutal de Trump no nos llama la atención, porque ha sido la tónica de su corta presidencia en todos los frentes, tanto en política interna como exterior. Lo grave es que la animosidad entre Arabia Saudita e Irán va in crescendo. De hecho, ya se enfrentan ambos países militarmente a través de terceros en varios conflictos, como las guerras en Yemen y Siria, con toda su secuela de destrucción y muerte que aumenta día a día. Este enfrentamiento podrían llegar a hacerse más directo. Basta ver la reacción de Irán frente al atentado terrorista de la semana pasada en Teherán, el cual se atribuyó ISIS: Irán no dudó en culpar directamente a Arabia Saudita y la Guardia Revolucionaria (el cuerpo de elite del ejército iraní) juró venganza.

Si el gobierno de Trump quiere realmente estabilizar el Medio Oriente y contener el terrorismo extremista yihadista, debe aceptar y reconocer la importancia de Irán como un player relevante de la región. En particular, debiese tomar ventaja de que en la última elección fue reelegido un presidente moderado en Irán, el mismo que forjó junto al presidente Obama y gobiernos de otros países el acuerdo que limita la producción de material radiactivo que podría ser utilizado para producir una bomba atómica iraní. El bloqueó a Qatar ha puesto a EE.UU. también en contra de Turquía, que ha calificado la medida como una “condena a muerte” del emirato, otra potencia regional con la que EE.UU. debería trabajar de cerca por la estabilidad de la zona. EE.UU. tendría que ejercer un liderazgo fuerte, pasando un mensaje claro y rotundo de que hay espacio para todos en la región. La superpotencia estadounidense no puede darse el lujo irresponsable de alentar más conflictos, guerras y destrucción en esta azotada región.