Fue una ovación cerrada y de pie. Así celebraron los líderes empresariales presentes en la reciente cumbre de APEC –latinoamericanos en su mayoría-, el vehemente compromiso del presidente de China, Xi Jinping, de impulsar el libre comercio y favorecer las inversiones en la Cuenca del Pacífico.

Mientras Donald Trump desconoce tratados y amenaza con guerra comercial, China aprovecha de ocupar los espacios que Estados Unidos está dejando en la región, como lo demuestra la presencia de Xi Jinping en la reunión de Lima, en noviembre, y sus recientes viajes a Chile y Ecuador. China ha ofrecido también un acuerdo de libre comercio en la zona Asia Pacífico, mientras Trump anuncia que dará muerte al TPP, el acuerdo de libre comercio transpacífico liderado por Estados Unidos que deja fuera a China.

El mundo está cambiando rápido ante nuestros ojos. Algunos dirían demasiado rápido, pensando en Donald Trump, cómo irrumpió en la escena política  y cómo ganó el cargo más importante del mundo.  Pero otra señal de cambio rápido, más esperanzadora, fue el aplauso cerrado y de pie que los empresarios latinoamericanos dieron al presidente chino en la cumbre de la APEC. Es hora de que los gobiernos de América Latina se despabilen y muevan sus piezas con la rapidez que el momento histórico necesita. A abrocharse los cinturones de seguridad, el viaje va a ser movidito.

Brasil, Perú y Chile ya exportan más a China que a Estados Unidos. El país asiático es el segundo destino de las exportaciones de Argentina y Colombia, y ha anunciado que duplicará el comercio con la región en los próximos diez años. China está invirtiendo unos US$10.000 millones anuales en América Latina, con una inversión acumulada de US$90.000 millones que espera duplicar en una década. Hoy China ya tiene más créditos colocados en América Latina que el BID y el Banco Mundial sumados.

Pero el peso de EE.UU. como socio comercial y como inversionista en la región es enorme. Sus multinacionales y sus marcas están en todas partes. Por ello, las bravatas proteccionistas de Trump -que podrían dejar de ser sólo bravatas tras la designación de Wilbur Ross como secretario de Comercio con amplios poderes- son pésima noticia para la región. México enfrenta una tragedia en ciernes, ya que el 82% de sus exportaciones va a Estados Unidos. Trump ya ha declarado la guerra comercial a su socio y vecino del sur; mañana podría imponer aranceles a los productos de Brasil, Colombia, Argentina o cualquier otro país latinoamericano.

Una nueva estrategia comercial latinoamericana 

La región debe enfrentar esta agresión norteamericana con una estrategia basada en dos puntales.

El primero, claro, es resistir las medidas proteccionistas de Trump. Los gobernantes y empresas latinoamericanos deben cerrar filas para oponerse a Trump y luchar contra sus edictos por todos los medios posibles. Es fuerte la tentación de coincidir con el ex canciller mexicano Jorge Castañeda, quien -en una columna del New York Times- afirma que México debería negarse a renegociar el Nafta. Sin embargo, una renegociación debe pasar por el Congreso estadounidense, donde hay más chances de cordura. Allí los mexicanos pueden movilizar a sus aliados comerciales y de negocios, incluyendo probablemente a un número no despreciable de congresistas republicanos, y también al gobierno de Canadá, el tercer socio del Nafta. Si México se niega a renegociar, le deja a Trump el poder ejecutivo presidencial para matar el Nafta con seis meses de aviso. 

El segundo puntal de resistencia a la agresión norteamericana debe ser un rápido fortalecimiento de las relaciones de América Latina con la zona Asia-Pacífico, especialmente con China. Eso ligaría más estrechamente a la región con el área de comercio que más crece en el mundo y a la que América Latina pertenece en forma natural por su costa Pacífico. Apostar por Asia, además, fortalecería la posición negociadora de la región frente a Estados Unidos. 

Hay avances: China ya tiene acuerdos de libre comercio con Chile, Perú y Costa Rica, y está negociando tratados similares con Colombia y Uruguay. Por otra parte, Trump ha anunciado que matará el TPP, iniciativa de la administración Obama que incluye a doce países de la Cuenca del Pacífico y deja fuera a China. El país asiático ha aprovechado el repliegue norteamericano para relanzar su Regional Comprehensive Economic Partnership (RCEP), que reúne a los diez miembros de ASEAN y a otros seis países, incluyendo China, Japón, Corea e India. El RCEP cubre el 36% de las exportaciones mundiales, comparado con el 28% del agónico TPP. A partir del RCEP y en la propia APEC, China está impulsando la Free Trade Area of the Asia Pacific (FTAAP) que incluiría tentativamente a Chile, Perú y México. Todos los países latinoamericanos del Pacífico debieran manifestar ya su voluntad de ingresar a este pacto. Y, por qué no, también los del Atlántico.

Alianza del Pacífico + Mercosur

Mientras EE.UU. y Europa tienen espasmos proteccionistas y nacionalistas, Asia y América Latina profundizan su apertura al comercio y la globalización. Ese estandarte ha sido más claramente levantado por la Alianza del Pacífico (AP), que integran México, Colombia, Perú y Chile. Esa es la unión hoy más promisoria para seguir liberalizando el comercio y formar una plataforma homogénea, armónica y atractiva para las inversiones cruzadas y las de fuera de la región. Sus empresarios están formando una creciente cofradía multilatina, con inversiones mutuas y relevantes proyectos.

La AP debe ser el puntal de una estrategia latinoamericana de mayor acercamiento a China y Asia en general, y de negociación para sumarse a la RCEP o al FTAAP. Y es ya hora de intentar sumar a esta iniciativa al nuevo Mercosur, ahora que se ha desembarazado de la Venezuela de Maduro y cuando los cancilleres de Brasil y Argentina anuncian conjuntamente su intención de abrirse al mundo. Un acuerdo AP-Mercosur potenciaría los intercambios internos, así como las posiciones negociadoras de América Latina frente a Estados Unidos, Europa y la propia Asia.

El Mercosur busca hoy un nuevo destino. Una unión con la Alianza del Pacífico basada en la constatación de que la apertura comercial funciona más que el proteccionismo, puede traer nueva prosperidad y beneficiosa estabilidad a la región.

Más que un simple acuerdo tarifario, un bloque así podría crear una plataforma de integración a las cadenas de suministro globales, que dinamizan el comercio y estimulan las inversiones,  y ayudaría a los países de la región a depender menos de las materias primas. Si se excluye a México -el único país latinoamericano que realmente integró su industria a las cadenas de suministro globales por obra y gracias del Nafta- la participación de América Latina en el comercio mundial ha caído de 4,0% a 2,9% en los últimos 20 años. 

Hay que ser realistas, sin embargo. Acercarse a Asia y construir una plataforma comercial y productiva AP + Mercosur, por exitosas que fueran ambas iniciativas, no solucionarán todos los problemas que trae en el corto plazo el proteccionismo a la Trump.

El desafío es más que grande para México. La versión optimista dice que bueno, cuatro años pasan rápido, y las empresas de EE.UU. impedirán que el gobierno se dispare un balazo en su propio pie. Pero la llegada del reino Trump debiera ser un grito de alerta. México, que se la jugó entera por el Nafta, debe diversificar sus exportaciones. China, tercer destino de sus exportaciones, significa apenas el 1,5% de sus ventas externas. Esto es  difícil, porque el comercio tiene su propia ley de gravedad: el intercambio es directamente proporcional a la masa y la cercanía de los socios. Pero un rol más protagónico de la Alianza del Pacífico asociada al nuevo Mercosur, sumado a un acercamiento a Asia, podrían permitir a las empresas mexicanas ocupar nuevas posiciones en las cadenas de valor globales más allá de EE.UU. Las reformas estructurales que ha lanzado México en los últimos años ayudarán a lograrlo: una empresa china se adjudicó hace poco una importante concesión petrolera licitada por Pemex en el Golfo de México. Recientes acercamientos comerciales entre China y México son también una buena señal.

El mundo está cambiando rápido ante nuestros ojos. Algunos dirían demasiado rápido, pensando en Donald Trump, cómo irrumpió en la escena política  y cómo ganó el cargo más importante del mundo.  Pero otra señal de cambio rápido, más esperanzadora, fue el aplauso cerrado y de pie que los empresarios latinoamericanos dieron al presidente chino en la cumbre de la APEC. Es hora de que los gobiernos de América Latina se despabilen y muevan sus piezas con la rapidez que el momento histórico necesita. A abrocharse los cinturones de seguridad, el viaje va a ser movidito.