Siria es el centro de una de las guerras más sangrientas del siglo XXI por el control de la producción, el comercio y el transporte del gas en el Medio Oriente. Su territorio es paso obligado de los futuros gasoductos que transportarán el gas de los centros de producción de los países de la órbita rusa y de los aliados norteamericanos en el Oriente Medio hacia los mercados europeos.

Los seis años de guerra arroja cifras desgarradoras. Entre 320.000 y 450.000 personas han muerto, más de 1.500.000 han resultado heridas, cinco millones han emigrado hacia países vecinos y Europa, y más del 50% de las infraestructuras del país ha sido completamente destruida.

Siria es un país devastado y en ruinas por una guerra donde lo que está en disputa entre las potenciases un nuevo orden mundial en materia de energía. En su territorio se vive una encarnizada lucha de las potencias europeas, Estados Unidos, Rusia y China por definir sus intereses estratégicos, entorno a la geopolítica del gas en el Medio Oriente.

Siria es un país devastado y en ruinas por una guerra donde lo que está en disputa entre las potenciases un nuevo orden mundial en materia de energía. En su territorio se vive una encarnizada lucha de las potencias europeas, Estados Unidos, Rusia y China por definir sus intereses estratégicos, entorno a la geopolítica del gas en el Medio Oriente. De hecho, gran parte de los gasoductos que se proyectan para las exportaciones de gas de las principales reservas mundiales que están en Rusia, Irán, Qatar, tienen que pasar por Siria.

La guerra es un pulso entre los intereses de Estados Unidos y las potencias europeas en contra de los intereses estratégicos de Rusia y China. En virtud de que el territorio sirio es un enclave vital en la geopolítica energética del Oriente Medio. Por un lado, por ser la entrada de Asia a Europa y de acceso a las rutas del Cáucaso y a los mares Negro y Caspio, territorios que tienen grandes reservas de gas. Del otro, por ser la bisagra del paso del gas del Mediterráneo, el Caspio, el Mar Negro y el Golfo Pérsico.

En el caso de Rusia, desarrolla su política gasífera hacia Europa sobre la base de dos grandes gasoductos. Uno que conectará a Rusia-Alemania a través del Mar Báltico, sin pasar por Bielorrusia, Ucrania y Polonia. El otro la une con Bulgaria y tendrá dos ramales, uno que pasa por Grecia y el sur de Italia, y el otro por Hungría y Austria. En cambio, Estados Unidos y la Unión Europea impulsan un gasoducto que parte en Irak-Siria, Turquía, Mar Negro-Rumania, Hungría y Austria, con conexión con Croacia, Eslovenia e Italia. Gasoducto que está en veremos por la oposición del régimen sirio. Por consiguiente, es allí parte de la encrucijada de la guerra: el régimen sirio de Bashar al-Asad apoya los proyectos gasíferos de Rusia que favorecen al eje Rusia, Irán y China. Entre tanto, se ha convertido en el palo en la rueda de los planes gasíferos de Estados Unidos y la Unión Europea.

Hace poco Rusia firmó acuerdos con el régimen sirio para garantizar durante 49 años su presencia en la base naval en Tartus, para construir otra base en Latakia y para explotar las reservas de petróleo y gas en la costa siria del Mediterráneo. En cambio, la teocracia iraní logró del régimen sirio una centenaria concesión para explotar minas de fosfato en Palmira y establecer un puerto en la costa mediterránea para exportar su petróleo hacia los mercados europeos, a través de un oleoducto que atravesaría desde Irak hasta Siria. Más de la mitad del gas que consume Europa proviene de Rusia. La apuesta de Estados Unidos y la UE es la de reconfigurar un nuevo mapa en la seguridad energética de Europa para sacudirse de la dependencia de Rusia; y en la guerra lo que buscan es asegurar el tránsito por el territorio sirio de las importaciones de gas de Qatar hacia los mercados europeos.

Las potencias, Estados Unidos, sus aliados de la UE y de la región como Arabía Saudita y Turquía, al igual que Rusia y su eje con Irán y China, lo que buscan en el fondo es dividirse el territorio sirio en zonas de influencias para garantizar sus intereses estratégicos. En conclusión: la potencia que controle el territorio sirio tendrá el dominio más estratégico en el Medio Oriente.