
Quienes creen que nunca pasa nada -o que siempre pasa lo mismo- en las cumbres presidenciales deberían poner mas atención a lo que pasó en la reunión del G-20 que acaba de concluir en el balneario mexicano de Los Cabos, en Baja California.
La reunión tuvo a los jefes de estado de los países poderosos apuntando dedos acusadores unos a otros mientras los presidentes de algunos paises en desarrollo, como Brasil y México, sacaban la billetera y regalaban US$10.000 millones cada uno a un fondo para rescatar a la aristocrática Europa.
La cita puede no haber dado solución definitiva a la crisis europea ni menos dinamizar la esclerótica economía estadounidense, pero claramente ha mostrado un cambio radical en el equilibrio de poder global.
Quedó claro que Estados Unidos y Europa no están en posición de decirle al mundo lo que hay que hacer. La verdad es que es difícil imaginar lo que serían hoy Estados Unidos y Europa sin la potencia y la demanda de la economía china, que el año pasado superó a la japonesa como la segunda mayor del mundo, al tiempo que Brasil sobrepasaba al Reino Unido en el sexto lugar.
China le firmó a Europa un cheque por US$43.000 millones en Los Cabos, al tiempo que los restantes BRICs y otras naciones -India, Rusia y Sudáfrica además de Brasil y México- aportaban US$10.000 millones cada uno.
Hemos comenzado a financiar los programas de ajuste estructural de los países desarrollados, ellos ya no tienen derecho a decirnos lo que tenemos que hacer. Pero los países emergentes no hemos presentado una receta para decirles a ellos lo que tienen que hacer.
El propio anfitrión de la cita, el saliente presidente mexicano Felipe Calderón, enfatizó la realidad del nuevo orden económico internacional, al mencionar los aportes del mundo en desarrollo al fondo de US$470.000 millones aprobado en la cumbre para el FMI, destinado básicamente a la operación salvataje de Europa. No sin ironía, Calderón mencionó que el aporte de Estados Unidos a ese fondo sería de cero dólares.

Los billones que los países emergentes hemos dado al FMI no son gratis, ni debieran serlo: nuestros niveles de pobreza y necesidades fiscales son grandes.
Pero estamos ayudando a salvar a Europa y, al hacerlo, estamos ayudando a salvar a Estados Unidos. Y al hacerlo, nos estamos ayudando a nosotros mismos. Nuestras tasas de crecimiento han empezado a sufrir por el desastre de Europa y el estancamiento de Norteamérica y Japón.
No menos importante, estamos comprando poder político en la arena global. En la cita de Los Cabos, los BRICs comenzaron a hablar golpeado, demandando un rol más protagónico en la conducción del Fondo, que hasta ahora ha estado en manos europeas.
Hemos comenzado a financiar los programas de ajuste estructural de los países desarrollados, ellos ya no tienen derecho a decirnos lo que tenemos que hacer. Pero los países emergentes no hemos presentado una receta para decirles a ellos lo que tienen que hacer.
Esa puede ser nuestra tarea pendiente para la próxima cumbre global.
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