
La decisión del presidente colombiano Juan Manuel Santos de iniciar conversaciones para negociar la paz entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) no sorprendieron a nadie en los círculos políticos de Bogotá. Ha habido conversaciones informales desde febrero y el anuncio sólo formaliza la situación, la vuelve más transparente y la somete a un calendario sujeto al escrutinio público: la primera ronda de conversaciones oficiales se hará en Oslo, Noruega, a comienzos de octubre, bajo los auspicios de Chile, Cuba, Noruega y Venezuela.
A primera vista, la decisión de Santos de sentarse a conversar con las FARC podría parecer ilusa. El conflicto armado dura ya casi 50 años, y en todas las oportunidades en que el gobierno ha acordado una tregua o establecido un cese el fuego para iniciar conversaciones, la guerrilla ha usado la paz para tratar de ganar la guerra.
El mejor ejemplo de esto es el más reciente. En 1998, el conciliador presidente Andrés Pastrana cedió a las FARC un trozo de territorio tan grande como Suiza antes de empezar a conversar, además de declarar un cese el fuego, y aceptar conversaciones con agenda abierta. Las FARC aprovecharon la tregua y el territorio para aumentar su participación en el narcotráfico, incrementar los secuestros y entrenar más guerrilleros. A medida que pasaban los años sin que las conversaciones llegaran a parte alguna, gobierno y guerrilla se armaban hasta los dientes preparándose para el inevitable reinicio de la guerra, que estalló en 2002.
La sostenida acción militar del gobierno de Alvaro Uribe debilitó a las FARC, al punto que los 16.000 combatientes que tenían hace diez años se han reducido hoy a la mitad.
La sostenida acción militar del gobierno de Alvaro Uribe debilitó a las FARC, al punto que los 16.000 combatientes que tenían hace diez años se han reducido hoy a la mitad. Muchos de sus cabecillas han sido muertos o aprehendidos, controlan un territorio mucho más reducido y han perdido apoyo popular. La mayoría de los colombianos hoy no estarían en desacuerdo con el Departamento de Estados Unidos, que ha dicho que las FARC son hoy el mayor cartel de drogas del mundo.
Por todo esto, el proceso de paz anunciado por Santos y las FARC es totalmente distinto a la fracasada iniciativa de Pastrana. De hecho, éste parece ser el más serio esfuerzo de paz en que se embarcan ambas partes desde que se iniciara la guerra a comienzos de los años 60.
Para empezar, las debilitadas FARC parecen realmente buscar la paz, quizá ante la certeza de que ya nunca ganarán la guerra. Y se muestran dispuestas a conversar aunque el gobierno no les ha dado ni refugio territorial ni la ventaja de un alto el fuego. De hecho, al día siguiente del anuncio, las fuerzas armadas colombiana mataron en un enfrentamiento a 15 guerrilleros de las FARC.
Las conversaciones que se inician en Oslo en octubre tienen ya una agenda clara de cinco puntos que, por primera vez, incluyen el difícil tema de la reintegración de las FARC a la vida civil. Y las conversaciones no podrán tener duración indefinida. El propio Santos dijo que el proceso se medirá en meses y no en años.
El presidente colombiano está iniciando la negociación desde una posición de fuerza y tiene a su favor no sólo la actual debilidad de la guerrilla sino también su propia experiencia: fue ministro de Defensa durante el gobierno de Uribe, cuando las FARC comenzaron a sufrir la seguidilla de fuertes derrotas que las llevaron a su debilitada posición actual.
Santos ha confidenciado que le gustaría ser recordado como el presidente que trajo la pacificación a Colombia. Como se están dando las cosas, es posible que lo logre.