Editorial

Dilema para Dilma

  • Vie, 06/01/2012 - 19:03
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Brasil es el país del futuro, dice un viejo chiste, y lo seguirá siendo.

Hace unos días, la filial brasileña de Mercedes Benz Brasil decidió despedir temporalmente a 1.500 empleados, 10% de su fuerza laboral, en respuesta al debilitamiento de la demanda local: en abril, el stock de vehículos no vendidos llegó a su punto más alto desde noviembre de 2008.

La anécdota tiene mar de fondo. Uno de los motores del saludable crecimiento brasileño de los últimos años ha sido el empuje de su demanda interna, y los despidos en Mercedes Benz dicen que la demanda interna ya no es lo que era.

Peor: el crecimiento ya no es lo que era.

Brasil ha crecido a una tasa promedio de 4,2% anual desde 2006, lo que llevó al país a superar al Reino Unido como la sexta economía del mundo. Pero esa economía casi se detuvo el año pasado y el gobierno acaba de rebajar a 4% su meta para este año.

El FMI cree que esa cifra es todavía muy optimista y que el país crecerá apenas 2,7% en 2012. Mejor que Estados Unidos y Europa, por cierto, pero muy por debajo de las grandes economías emergentes entre las cuales quiere estar.

Hace dos años, inversionistas y analistas concordaban en que la hora de Brasil por fin había llegado, mirando su estabilidad macroeconómica y el hambre global por sus productos básicos. Pero hoy las opiniones se han vuelto pesimistas. Hay quienes opinan que el supuesto milagro brasileño se debe exclusivamente al alto precio de los commodities y que, cuando esos precios bajen, el milagro terminará.

Esa opinión es exagerada. El año pasado, la inversión extranjera llegó a la cifra récord de US$67.000 millones, más que el PIB de Ecuador. El crédito bancario despegó finalmente tras décadas de cautela por el fantasma de la hiperinflación. El desempleo es bajo y los salarios han mejorado. El sector agrícola es altamente productivo y el país acaba de encontrar abundantes nuevas reservas petroleras. Además, en Brasil reina el imperio de la ley mucho más claramente que en China, Rusia e incluso la India.

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Si la presidenta quiere que Brasil crezca al 4% o más -y necesita hacerlo si quiere seguir reduciendo la pobreza y la desigualdad- debe simplificar el endemoniado sistema de impuestos y derechamente reducir la carga tributaria, que llega hoy al 36% del producto.

Pero el real está sobrevaluado, minando la competitividad de las industrias brasileñas. La ciudad de Sao Paulo se ha vuelto más cara que Nueva York. El chorro de crédito bancario que aceitó los negocios y el consumo hasta 2011 ha comenzado a secarse. Y cuando Dilma Rousseff asumió la presidencia, en enero de 2012, la tasa de interés estaba en 12,5%, entre las más altas del mundo.

Dilma ha diagnosticado acertadamente que las tasas de interés y el sobrevaluado real están frenando el crecimiento. Y ha reducido la tasa de interés siete veces desde agosto pasado. La última baja, el 30 de mayo, llevó la tasa a terreno desconocido para Brasil: un mínimo histórico de 8,5%.

Esta última baja fue posible gracias a la decisión de Dilma de desindexar las cuentas de ahorro con garantía estatal, que aseguraban rentabilidad a los ahorristas y ponían piso a las tasas de interés.

El real ha bajado, en parte por esta acción del gobierno y en parte por la situación de los mercados internacionales de divisas, que han derrumbado al euro y casi todas las monedas del mundo frente al dólar.

Las medidas de política monetaria que hasta ahora ha tomado Dilma son razonables y adecuadas, quizá necesarias. Pero no suficientes.

Si la presidenta quiere que Brasil crezca al 4% o más -y necesita hacerlo si quiere seguir reduciendo la pobreza y la desigualdad- debe simplificar el endemoniado sistema de impuestos y derechamente reducir la carga tributaria, que llega hoy al 36% del producto.

El actual laberinto tributario fomenta además la corrupción, uno de los problemas endémicos de Brasil. La mano del Estado sigue presente en casi todos los rincones de la actividad económica, generando áreas de ineficiencia y corrupción que Dilma ha tratado de combatir despidiendo a los funcionarios corruptos. Pero eso no basta. Debe reformar el Estado disminuyendo su presencia y dando más libertad a la actividad privada.

También debe reformar el increíble sistema de pensiones brasileño, uno de los más generosos del mundo, que ya le cuesta al fisco 13% del PIB. El sistema, que parecería sacado de un modelo escandinavo, hace que los hombres brasileños jubilen en promedio a los 54 años de edad y las mujeres a los 52. Uno de cada diez brasileños de 45 años de edad recibe hoy jubilación.

La generosidad del sistema de pensiones hace que muy pocos brasileños mayores de 60 años de edad estén por debajo de la línea de pobreza, mientras uno de cada tres niños lo está. Y ahí está la cuarta tarea que tiene Dilma por delante: ampliar el alcance y la calidad de la educación, principalmente la educación primaria, y aumentar el gasto en investigación y desarrollo.

Dilma entiende los problemas de la economía brasileña, sabe lo que hay que hacer para resolverlos, y puede lograr que se resuelvan.

Pero no tiene mucho tiempo para hacerlo. Y todavía no muestra la resolución que le exigen los tiempos.

Si no lo hace ahora, Brasil no dará el salto que necesita para estar en las ligas mayores de la economía mundial.

Si no lo hace ahora, Brasil seguirá siendo el país del futuro.

*Fotografía: www.sxc.hu.

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