El otro dinero mexicano

México

La falta de liquidez suele ser un freno para la creación de empleos, la adquisición de insumos o la venta y producción de materias primas. A menos que la comunidad afectada invente su propia moneda.

El uso de monedas complementarias requiere cierto entrenamiento.

  • Vie, 06/01/2012 - 18:58

La teoría indica que estas monedas activan la economía local al aumentar el medio de pago sin generar inflación. No es algo nuevo. Bernard Lietaer -un economista belga que ha estudiado el tema- contabilizó cerca de 4.000 experiencias a nivel mundial. En México existen, aparte del túmin, entre diez y doce.

Tradicionalmente las monedas han sido mal vistas por los bancos centrales. En 1930, durante la Gran Depresión, Max Hebecker montó una mina en Schwanenkirchen, Alemania, con el apoyo financiero de la red WÄRA, uno de los primeros experimentos de moneda complementaria. Durante poco más de un año dio empleo a 45 empleados, hasta que el gobierno alemán declaró ilegales todas estas “monedas de emergencia”. De hecho, Banco de México presentó una denuncia contra Juan Castro y todos aquellos que comercien con túmines.

Sin embargo, no todos los gobiernos reaccionan de la misma manera. En Suiza la cooperativa WIR funciona desde 1934 y a la fecha reúne a más de 60.000 afiliados, aunque ha sufrido modificaciones en el camino. En Venezuela, explica la economista y socióloga Claudia Yadira Caballero, existen 13 sistemas de multitrueque que son apoyados por el gobierno. Son equivalentes al bolívar, aunque no son intercambiables ni convertibles.

De igual manera, en Honduras operan desde 2004 las llamadas UDIS que sirven “para comprar productos campesinos, pagar a proveedores y prestadores de servicios locales y financiar una cartera de préstamos de apoyo a actividades agrícolas y agroindustriales”, según información de la Red Comal, ONG que impulsa esta opción.

Buena voluntad. En México la experiencia de moneda comunitaria con mayor antigüedad es el Tlaloc (nombre del Dios azteca de la lluvia). Todos señalan al ingeniero Luis Lopezllera -el fundador de la red- como una especie de mentor para todas las demás experiencias. Él, a su vez, reconoce el impulso de Marcos Kinney, quien los conectó con la población de Ithaca, de Nueva York, donde se puso en marcha una moneda complementaria que utiliza como valor de cuenta la hora laboral en el momento de su creación: el valor de un Ithaca-Hour es de US$10.

El Tlaloc siguió este ejemplo. En un inicio equivalía a MX$50, el salario mínimo en México; hoy equivale a MX $100, aunque en lo formal carece de valor alguno, según explica Lopezllera: cuando una persona se inscribe en la red recibe 500 vales que, en la parte frontal, cuentan con dos espacios para ser firmados al momento de la primera compra, uno por quien lo entrega y otro por quien lo recibe. En otras palabras, el Tlaloc adquiere valor al momento de consumarse el acto económico. “1 Tlaloc es igual a 1 acto de confianza”, reza una leyenda en la parte inferior del documento.

De esta manera se inicia un sistema llamado de multitrueque, que equivale a una especie de crédito y que tiene el mismo origen que el dinero fiduciario convencional: un acto de fe que vale no por el respaldo (en oro, metales preciosos u otro producto), sino por el valor que se le asigna. En el caso del túmin (que significa dinero en lengua totonaca) se le entregan a cada miembro 500 billetes que tienen una equivalencia de uno a uno con el peso. “El balance adecuado es que cada uno tenga entre 400 y 600 túmines”. Al no ser convertibles con la moneda local y sólo ser aceptados en Espinal (hoy ha crecido al red a otros poblados vecinos) no existen incentivos para el ahorro, sino más bien para su circulación.

A decir del doctor en economía y especialista en políticas monetarias, Alejandro Villagómez, este tipo de sistemas sólo funciona dentro de “una sociedad estable y estancada”, dado que es un grupo pequeño de socios con una emisión controlada de billetes que de antemano todos han acordado aceptar. Lopezllera puntualiza que los grupos no son cerrados y están abiertos siempre a nuevos socios.

“Sin embargo, cuando el grupo crece, se vuelve más complejo que todos cumplan las reglas, porque si bien hay un tema de solidaridad, está demostrado que en las sociedades siempre existen problemas de acción colectiva”, explica Villagómez. En algún momento habrá quien pretenda abusar del sistema.

Por su parte, la Dra. María Eugenia Santana Echeagaray, de la Universidad Autónoma de Chiapas, asegura que “el uso de monedas comunitarias requiere de cierto entrenamiento, pues aunque parece ser lo mismo que el dinero convencional, no lo es. El gasto desequilibrado de un participante ocasional puede producir un desfalco al sistema o, al menos, a algunos de sus miembros. Por eso cada nuevo miembro ha de conocer las obligaciones que adquiere”.

La visión capitalista. Si bien la mayoría de las monedas complementarias tienen un origen solidario y se componen por cooperativas o colectivos que recelan del capitalismo neoliberal, lo cierto es que también tienen un objetivo económico que algunos incluso han convertido en negocio. Y con comisiones o tasas más bajas que en el mercado financiero.

En México ese caso tiene a un representante en IBS, empresa fundada en el estado de Jalisco por José Luis Topete. Su unidad de medida es el IBS, paritario con el peso mexicano, pero no convertible como en el resto de los casos. La diferencia radica en cada operación con este sistema conlleva el 4.9% del valor de la transacción. De hecho Lopezllera y otros colectivos no consideran al IBS como una moneda comunitaria, sino que lo equiparan a las millas de los aviones o los puntos en los clubes de descuento u otros sistemas similares.

Luis Topete cuenta que partió en 1995 cuando un amigo suyo lo invitó a conocer un proyecto de moneda complementaria en EE.UU. En términos básicos, cada socio obtiene una tarjeta y se le incluye en un catálogo público donde se especifica el porcentaje de IBS que aceptan. Al realizar la primera compra se firma un voucher y, de esa manera, el comprador adquiere un crédito que se libera una vez que alguien adquiere uno de sus productos dentro de este sistema. Si después de tres meses no ha concretado ninguna operación de venta, entonces deberá pagarlo en moneda nacional, sin que le haya generado intereses.

Este sistema, al igual que el resto, permite sobre todo la adquisición de insumos básicos sin necesidad de tener efectivo, y eso aplica desde una mujer en una comunidad indígena que le faltan un par de pesos para la comida del día, o bien, una pequeña empresa a la que le falta liquidez para comprar papel para imprimir. Además, sostienen sus defensores, el hecho de que sean herramientas regionales regionales ayuda a que la riqueza se mueva entre los productores o empresarios locales.

Juan Castro asegura que la Procuraduría General de la República ha bajado el nivel de hostilidad que mantenía en su contra por la denuncia presentada por el Banco de México. El túmin, finalmente, es inofensivo en materia inflacionaria y hasta beneficioso desde el punto de vista social.

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David Santa Cruz

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