
El paquete de estímulo que acaba de anunciar la Reserva Federal (FED) para fortalecer a la economìa estadounidense dejó en evidencia casi de inmediato la enorme brecha que existe hoy entre México y los demás países de América Latina.
Mientras México aplaudía con entusiasmo la decisión de la FED de comenzar a emitir US$ 40.000 millones mensuales y lanzarlos a la calle comprando bonos hipotecarios, Brasil aprontaba un arsenal de nuevas medidas para combatir lo que tema se convierta en una fuerte apreciación del real. En Chile, Colombia, Perú y otros países sudamericanos hubo voces de cautela o de alarma ante la medida.
El aumento del circulante en EE.UU., a una tasa de US$ 40.000 millones al mes hasta 2015, busca estimular la demanda interna en ese país, dinamizando por efecto la industria productiva estadounidense y aumentando el empleo. Pero un aumento en la masa de dólares tiene por corolario una baja en el precio del dólar o, lo que es lo mismo, un aumento en el precio de las otras monedas respecto del dólar.
A todos conviene que la economìa estadounidense se recupere lo màs pronto posible y AméricaEconomía hace votos para que así suceda. Pero no al costo de dañar a las economías de América Latina.
Un aumento en el precio del real dañaría profundamente a Brasil, que ha bajado su ritmo de crecimiento a menos de 3% anual, en gran medida porque su moneda ya estaba apreciada muy por encima de lo conveniente. Con su economía estancada hoy casi tanto como la norteamericana, el país sudamericano está enfrascado desde hace meses en su propio paquete de estímulo. Y su respuesta a la acción del FED no se hizo esperar: al día siguiente del anuncio estadounidense, el Banco Central brasileño intervino dos veces el mercado cambiario.
La situación brasileña es totalmente distinta de la de México, país que está creciendo a tasas que son el doble de la de Brasil. La economía mexicana está atada estrechamente a la estadounidense y su industria manufacturera abastece de automóviles, televisores y cientos de otros productos de consumo masivo al mercado de Estados Unidos, de modo que cualquier paquete de estímulo a la economía norteamericana también estimula la economìa mexicana.
Pero con la excepción de México, la expectativa de que las monedas locales sigan subiendo de precio se ve como una seria amenaza, ya que mientras más cara es la moneda de un país, más difícil resulta exportar. Y en lo que va corrido del año, antes del anuncio del FED, la moneda chilena se había apreciado en 10%, la colombiana había subido 8% y la peruana 4%.
Cuando el FED lanzó su anterior paquete de estímulo de la economía, desde fines de 2010 hasta mediados de 2011, la lluvia de dólares hizo subir 12% el real, mientras empujaba 8% hacia arriba los precios del peso mexicano y el peso chileno.
Analistas y funcionarios en Chile y Colombia han comenzado ya a discutir la necesidad de que los bancos centrales intervengan los mercados con su propia lluvia de moneda local a fin de debilitar su precio.
Hacerlo tiene sus riesgos. La emisión tiende a empujar hacia arriba la inflación, por ejemplo. Pero creer en la libre flotación del dólar como un mantra inapelable es absurdo, sobre todo si el mayor jugador del mercado estará inundando la plaza global con US$ 40.000 millones de aquí al 2015.
A todos conviene que la economìa estadounidense se recupere lo màs pronto posible y AméricaEconomía hace votos para que así suceda. Pero no al costo de dañar a las economías de América Latina.