Para los que cantaron victoria en marzo al conocerse que el presidente Donald Trump poseía un módico 36% de apoyo, un balde de agua fría: el magnate inmobiliario no es particularmente impopular. De hecho, en comparación con los 12 presidentes que lo han antecedido, hubo siete menos queridos que él (ver cuadro), lo que incluye al buenazo de Jimmy Carter (que tuvo la mala suerte de recibir un shock de alzas de precios del petróleo) y a Harry Truman, el mandatario que terminó de ganar la II Guerra Mundial.

De hecho, el magnate inmobiliario, que hizo su fortuna a base de juicios mañosos, dinero ajeno y fama mediática, es apenas 1% más popular que Ronald Reagan, en retrospectiva considerado el arquitecto de la caída de la Unión Soviética, y apenas 2% más impopular que en el peor momento de Barack Obama y 1% más impopular que Bill Clinton, mandatarios a quienes se puede acusar de muchas cosas, pero a quienes la Historia tiende a sonreírles.

Es cierto que en Trump ya se querría la “impopularidad” de John Kennedy y Dwigth Eisenhower, dos casos que son un buen ejemplo de lo fácil que es no ser querido en Estados Unidos: ambos fueron presidentes cuando ese país dominaba el planeta y vivía un largo e igualitario boom económico y social. Kennedy, por mencionar un único logro, había salvado al mundo al resistir la tentación de iniciar una guerra nuclear. Aún así, un 44% de los estadounidenses llegó a desaprobarlo (contra el 64% que desaprueba a Trump) y murió asesinado.

Para los anti-Trump el consuelo es que el magnate-presidente tiene mucho tiempo para seguir cayendo. Pero tampoco eso es seguro: una guerra exitosa contra Corea del Norte revertiría sus “bonos”. Y si hay algo en que todos los presidentes de Estados Unidos se parecen es en su facilidad de lanzarse a conflictos bélicos: en 2015, de sus 235 años de existencia, el país del Destino Manifiesto había estado en guerra durante 214 años.