Editorial

Después de Chávez

  • Lun, 12/17/2012 - 01:13

Si en algo están de acuerdo los venezolanos partidarios del gobierno y los de la oposición, es en que la vida cotidiana en Venezuela es una seguidilla interminable de frustraciones innecesarias.

Algunos ejemplos recientes: deficiencias portuarias retrasaron varias semanas la llegada de pinos navideños importados de Canadá esta temporada, encareciéndolos al punto de que ahora vale cientos de dólares cada uno. Casi no hay repuestos para automóviles en el mercado. Las viviendas de bajo precio que entrega el gobierno se fabrican tan rápido que no hay control de calidad y sus tuberías gotean por todas partes.

¿Cómo se explica entonces que el enfermo Hugo Chávez haya sido reelecto con amplio margen en octubre pasado?

La tragedia para Venezuela es que en cualquiera de los escenarios probables, los vacíos de poder y la debilidad institucional tenderán a traducirse en batallas y rencillas en el aparato de gobierno, debilitado por Chávez al gobernar como caudillo en lugar de hacerlo como presidente.

La respuesta está en la personalidad de Chávez y su capacidad de seducción y en el dinero que ha sabido regalar con iguales dosis de generosidad e irresponsabilidad. Como todos los caudillos de la historia -ejemplos hay muchos y de todos hay que sospechar-, logró convencer a la mayoría de sus ciudadanos de que no hay jefe como él. Los ha convencido de que su revolución bolivariana es buena, y que él, Chávez, es sinónimo de esa revolución. Y si la realidad no calza con esa convicción, pues no es culpa de él, sino del imperialismo norteamericano. O de la oposición. O de los mandos medios en el gobierno que no supieron llevar a la práctica sus ideas.

Hay otras causas que llevaron al chavismo, como la corrupción, la decadencia de los partidos políticos tradicionales y la falta de instituciones sólidas. Chávez y el chavismo son un prodcuto de la historia de Venezuela.

Pero ahora que Chávez se enfrenta a su propia muerte, enfrenta también la muerte de su propio proyecto político. Tal como ha sucedido con todos los caudillos en la historia.

Un gobernante que desprecia las estructuras de gobierno puede desmantelarlas solo si construye otras en su reemplazo. Pero los autócratas desconfían de las estructuras porque ellas requieren confiar en el criterio de otras personas, y los autócratas por definición desconfían de los demás y quieren tomar todas las decisiones y dar todas las órdenes.

La responsabilidad del gobernante, más que dar todas las órdenes y tomar todas las decisiones, consiste en liderar a un grupo de personas para que lleven a cabo un programa de gobierno colectivo. Gobernar un país, más que cualquier otra cosa, es un trabajo de equipo.

Chávez nunca entendió esto. Al aferrarse a tomar todas las decisiones y rodearse de yes men, debilitó las instituciones políticas, económicas y administrativas de Venezuela, y su actitud de “después de mí el diluvio” se convierte en una profecía autocumplida.

Oncólogos que han seguido las cirugías, radioterapias y quimioterapias de Chávez concuerdan en que su sintomatología, recurrencia y tratamiento son consistentes con un diagnóstico de sarcoma, una rara forma de cáncer muy difícil de extirpar que ataca músculos y ligamentos de la zona pélvica. El gobierno venezolano ha guardado estricto silencio sobre los detalles clínicos de la salud del caudillo, pero un par de médicos estadounidenses expertos en sarcoma, entrevistados por The Wall Street Journal, le han dado a Chavéz 50% de probabilidad de morir antes de seis meses.

Venezuela se prepara entonces para un Chávez muerto en los próximos meses, si es que llega a asumir su tercer período el 10 de enero. Eso significa, según la Constitución venezolana, elecciones presidenciales 30 días después de su muerte.

Chávez ha nombrado como sucesor a su leal vicepresidente, Nicolás Maduro, quien precisamente por su lealtad, es incapaz de reemplazarlo como gobernante ni como candidato. Maduro representa al “ala civil”, más socialista, del chavismo. Otro sector del oficialismo, vinculado a las fuerzas armadas, es más nacionalista que socialista, se ha distanciado de La Habana y ya tiene como potencial candidato al ex militar, diputado y presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello.

La oposición, dividida en innumerables facciones desde el comienzo del gobierno de Chávez en 1999, se unió finalmente en torno a Henrique Capriles para las elecciones presidenciales de octubre pasado y obtuvo el 45% de los votos. Esa unidad probablemente se mantendrá si Capriles vuelve a ser candidato presidencial, cosa probable tras haber sido reelecto gobernador del estado de Miranda.

La tragedia para Venezuela es que en cualquiera de los escenarios probables, los vacíos de poder y la debilidad institucional tenderán a traducirse en batallas y rencillas en el aparato de gobierno, debilitado por Chávez al gobernar como caudillo en lugar de hacerlo como presidente. El gobierno tenderá a la atomización y las fuerzas armadas se atrincherarán en los bastiones de poder económico donde se han enquistado. Los militares hoy día controlan empresas y negocios como no ocurre en ningún otro país latinoamericano, y esa es una variable política que tendrá peso en cualquiera de los futuros escenarios políticos de Venezuela.

Todo esto sucede cuando empieza un año que todos pronostican difícil en lo económico después del despilfarro de 2012, con devaluación del bolívar, mayor inflación y una tasa de crecimiento mucho menor que la el expansivo 2012.

Incluso si la oposición se mantiene unida y logra llevar a Henrique Capriles a la presidencia en 2013 ó 2014, convertir a Venezuela en una verdadera democracia no será tarea fácil.

  • Lun, 12/17/2012 - 01:13

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