Editorial

Lo que viene en China

  • Dom, 11/11/2012 - 21:40

El inicio de las deliberaciones del 18° Congreso Nacional del Partido Comunista Chino, el 8 de noviembre pasado en Beijing, fue probablemente uno de los momentos noticiosos más importantes del año.

Cuando el congreso termine, en los próximos días, la segunda potencia mundial después de Estados Unidos tendrá un nuevo presidente electo, Xi Jinping, y se habrán renovado casi completamente los miembros del Politburo, el organismo supremo de gobierno.

El cambio no será democrático, por cierto. Pero si las decisiones del actual presidente, Hu Jintao, en los últimos diez años han sido prueba de su buen criterio en favor e su país, sólo queda esperar que el nombramiento de Xi Jiping sea un acierto.

Lo que necesita hoy China para seguir creciendo y hacer del siglo XXI el siglo chino, es más crecimiento, más y mejor educación, libertad para emprender y libre competencia, un Banco Central independiente, un Poder Judicial independiente, un Poder Legislativo independiente, una prensa libre e independiente, y un gobierno elegido por voto popular.

Los cambios que impuso Deng Xiaping en 1992, y que Hu Jintao profundizó al asumir en 2002, han transformado a China de tal manera que ya nadie recuerda cómo era hace 30 años. El tamaño de su economía se cuadruplicó en los últimos diez años para escalar cinco puestos en el ranking mundial y llegar al número dos. China es hoy el mayor país exportador del mundo. El país se urbaniza aceleradamente y ya tiene 170 ciudades con más de un millón de habitantes. Hay un nuevo sistema de seguridad social que provee cobertura de salud básica al 95% de los 1.300 millones de chinos. Shanghai está plagada de tiendas Louis Vuitton y la ciudad tiene el único tren de levitación magnética de alta velocidad que funciona comercialmente en el mundo. China está incluso planeando enviar una misión tripulada a la Luna.

Pero es precisamente en el alto crecimiento y creciente bienestar donde puede estar ahora la semilla de la inestabilidad. Hasta hace poco, los chinos estaban demasiado ocupados ganando mejores sueldos como para preocuparse de otra cosa. Y si bien los medios de comunicación tradicionales y las redes sociales de Occidente, como Facebook y Twitter, están férreamente controlados o bloqueados por el gobierno, ha surgido una gran cantidad de mini blogs y redes sociales locales donde se ventilan abiertamente denuncias, quejas y reclamos.

Una activista de los derechos de la mujer, por ejemplo, decidió hace unos meses hacer trabajo voluntario como prostituta en la ciudad de Yulin, provincia de Guangxi, con el objetivo de apoyar la demanda de las 8 millones de prostitutas chinas de que su actividad sea legalizada y se les den beneficios de salud laboral. La activista describió en detalle su experiencias en el microblog chino Weibo y recibió 73.000 comentarios. Como consecuencia, una abogada presentó al Congreso Nacional del Pueblo, el Parlamento chino, un proyecto de ley para legalizar la prostitución.

Las redes sociales chinas incluso están luchando contra la corrupción y el abuso de poder, y a veces hasta tienen éxito. En septiembre pasado varios microblogueros circularon fotografías de un burócrata que aparecía sonriente y despreocupado mientras miraba un accidente de tránsito que había dejado varios muertos. A los pocos días, el burócrata fue despedido.

Nada de esto significa que haya en China real apertura política. Su sistema político es tan vertical como un regimiento, donde el jefe da las órdenes y los subordinados obedecen sin cuestionar las órdenes.

Con creciente disconformidad social y tasas de crecimiento más lentas -poco más de 8% este año y 7,5% estimado para el próximo-, Xi Jiping y los nuevos miembros del Politburó deben decidir si permitirán que continúe la efervescencia en las redes sociales e incluso más, iniciar un proceso de apertura política, o bien mantener el sistema político cerrado y en manos de una aristocracia iluminada, silenciando los gritos que vienen de abajo. Sea como fuere, la decisión que tomen Xi Jiping y su equipo afectarán a todo el mundo, incluyendo a América Latina, que es uno de los principales proveedores de productos básicos del gigante asiático. En gran medida, el saludable crecimiento económico de los países de la región ha sido producto del hambre china por nuestras materias primas.

En Occidente ha estado de moda decir que a China no se le pueden aplicar los estándares occidentales, y que si en los últimos 20 años lo han hecho tan bien, no hay que tratar de darles lecciones de democracia o de igualdad ante la ley. Algunos académicos han llegado a decir que el propio sistema ha producido una virtuosa meritocracia que hace que los mejores lleguen a las esferas más altas del poder.

Pero por muy iluminada que sea hoy la cúpula del Partido Comunista chino, es iluso pensar que las buenas prácticas y las virtudes de la buena gobernanza van a flotar siempre hacia arriba en un sistema político como el chino, donde las ideas, opiniones y acciones fluyen de arriba hacia abajo pero nunca en el otro sentido. Creer que un gobierno como el chino siempre será bueno es desconocer la naturaleza humana.

Lo que necesita hoy China para seguir creciendo y hacer del siglo XXI el siglo chino, es más crecimiento, más y mejor educación, libertad para emprender y libre competencia, un Banco Central independiente, un Poder Judiial independiente, un Poder Legislativo independiente, una prensa libre e independiente, y un gobierno elegido por voto popular.

A China le falta mucho, pero ha cambiado tanto en tan poco tiempo, que nada es imposible. En todo caso, es grande la tarea que Xi Jiping tiene por delante.

  • Dom, 11/11/2012 - 21:40

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