
Anacrónicas pueden haber sonado las palabras que pronunció esta semana el presidente boliviano Evo Morales en las Naciones Unidas, al sorprender a la Asamblea General exigiendo que se revisarán los términos de un tratado de paz que Bolivia firmó con Chile en 1904. El centenario tratado de paz bilateral, que puso fin a una guerra entre ambos países, dejó a Bolivia sin los 400 kilómetros de costa que tenía antes del conflicto.
Al día siguiente, la respuesta del presidente chileno, Sebastián Piñera, sonó beligerante. Contestó a su colega boliviano que "los tratados se firman para cumplirlos", agregando que estaba dispuesto a defender, con toda la fuerza del mundo, “nuestro territorio, nuestro mar, nuestro cielo y nuestra soberanía”.
Es probable que ambos jefes de Estado hayan estado apelando a las fibras más nacionalistas de su mercado interno que hablando ante la comunidad internacional, y de ahí el tono marcial y el patrioterismo casi chauvinista de sus discursos. Mal que mal, Chile inicia en estos días un largo período eleccionario que empieza con comicios comunales y culmina con la elección presidencial de noviembre de 2013, y nada cierra filas en el pueblo boliviano y chileno como un llamado a la integridad territorial.
Un primer paso sería sentarse a conversar con agenda abierta, sin temas excluidos. Hacerlo le daría al impopular Sebastián Piñera la oportunidad de pasar a la historia como estadista.
Pero más allá de la anécdota, esta escaramuza entre Bolivia y Chile, que se repite con variantes cada cierto tiempo, no importa quiénes sean los presidentes, evidencia un problema entre ambos que no ha encontrado solución.
Y la solución es fácil: que Chile decida dar una salida al mar a Bolivia.
Más allá de los tratados o de las consideraciones de derecho internacional, darle mar a Bolivia le conviene económicamente a ambos países.
En el norte de Chile escasea el agua y su industria minera enfrenta crecientes problemas de energía, mientras en Bolivia abunda el agua y su industria de gas natural necesita tener nuevos clientes. Muchas empresas chilenas querrían invertir en Bolivia como ya lo han hecho en Argentina, Colombia y Perú, mientras otras se beneficiarían de conquistar un nuevo mercado para sus productos de exportación.
Y la creación de un puerto marítimo boliviano construiría un nuevo polo de desarrollo para Bolivia y una oportunidad de negocios para empresas de ingeniería, navieras y otros contratistas chilenos.
Para Chile, la decisión política debiera ser fácil. De hecho, el país ya había decidido dar salida al mar a Bolivia en 1978, durante el gobierno del más nacionalista de los nacionalistas, el general Augusto Pinochet. El acuerdo ya estaba listo, el mapa trazado, cuando la negociación fracasó por la oposición de Perú, ya que una parte del trozo de tierra y mar ofrecido a Bolivia tocaba también el territorio peruano. Y desde entonces, no hay embajada boliviana en Santiago ni embajada chilena en La Paz.
Pero si entonces se vio posible y hasta inminente una solución, ¿por qué no ahora, que es mucho más conveniente para ambos países? El diablo está en los detalles, por supuesto. Pero un primer paso sería sentarse a conversar con agenda abierta, sin temas excluidos. Hacerlo le daría al impopular Sebastián Piñera la oportunidad de pasar a la historia como estadista.