Hubo días en los que no era necesario esperar tanto para hablar con Michael Sandel, pero quedaron en el pasado. Entre las 500 personas repartidas en las butacas del teatro, una recuerda esos años. Conoció al autor antes de que se convirtiera en “el profesor más popular del mundo” y “el filósofo vivo más distinguido”; antes, incluso, de que su libro Lo que el dinero no puede comprar, un best seller, fuera siquiera un proyecto. Antes de que asesores y asistentes lo rodearan casi a todo momento. Lo conoció como estudiante en Oxford y dice que mucho del estilo interactivo de ‘Justicia’, el curso que Sandel realiza en Harvard y que se viraliza en internet, tiene raíces en un profesor que ambos compartieron en esos tiempos, cuando no había que esperar que el académico terminara de firmar un centenar de copias de su libro para acercarse a conversar de aquel pasado.

La tarde se hace noche en el Teatro Municipal de Las Condes, una de las comunas acomodadas de Santiago de Chile, y el profesor Sandel no tiene tiempo de sentarse. Los siete días que lleva en el país han sido de bastante movimiento, en especial los últimos dos: ayer abrió el Congreso del Futuro con una charla de unos 30 minutos que giró en torno al tema de su última publicación: los límites del mercado. En esa oportunidad, en el salón de honor del ex Congreso Nacional en Santiago, Sandel pronunció la palabra inequidad decenas de veces. Hoy, ante una audiencia menos heterogénea, brilló por su ausencia. ¿Simbólico? El autor dice que no. “Creo que la inequidad fue el tema, aunque la palabra no se pronunciara directamente. ¿Tú no?”, pregunta, sin abandonar el hablar pausado de sus clases. Y agrega, “con los ejemplos que dimos apuntábamos a la inequidad”.

Para él, la inequidad es un problema, y uno serio: en un año en que el 1% más rico del mundo pasó a tener más recursos que el 99% restante y hablando desde un país que ha sido sacudido por escándalos de financiamiento irregular de campañas políticas y colusión entre empresas para fijar precios, el académico dice que la inequidad no es sólo un problema de justicia, sino también de democracia.

“Creo que la calidad de la democracia sufre cuando hay demasiada diferencia entre los ricos y los pobres”, dice. “En nuestras sociedades, los que tienen más compran una salida de los lugares y las instituciones públicas, porque pueden pagarlo”. El problema es que “hay un sacrificio en la creación de formas de vida separadas: perdemos el sentido de un compartir de la ciudadanía en democracia. Crearemos una sociedad más sana para todos y una democracia más sana para todos si encontramos la forma de reforzar los espacios públicos y comunes”.

- Chile fue un laboratorio para el neoliberalismo, con la influencia de los Chicago Boys en su política económica durante la dictadura de Augusto Pinochet. ¿Cómo evalúa el resultado?

- El resultado es mixto. Chile ha sido una historia de éxito económico en Latinoamérica, gracias, en parte, a las políticas de mercado. Aunque es importante recordar que el crecimiento económico más importante ocurrió tras la restauración de la democracia. Al mismo tiempo, hay una inequidad creciente y una tendencia hacia una forma de vida individualista que puede corroer el sentido de comunidad y solidaridad. Es el momento de lidiar con el desafío de la desigualdad y restaurar un sentido de comunidad fuerte.

- ¿Ve ese problema en el resto de América Latina?

- La desigualdad es un desafío en toda Latinoamérica, pero también en Estados Unidos y, hasta cierto punto, en Europa. Todas las economías de mercado tienen una inequidad creciente. Nosotros (en EE.UU. ciertamente no hemos resuelto este problema. Algunos países en el norte europeo lo han hecho mejor, pero aún hay mucho por hacer.

- ¿Se puede confiar en la autoregulación de los mercados?

- No. Aprendimos con la crisis financiera que es un mito que los mercados puedan autoregularse. La economía global casi se destruyó con ese mito. No hemos establecido los tipos de regulación que necesitamos para evitar un retorno de la crisis financiera: aún existe el ‘too big to fail’ y creo que tenemos que llegar más lejos para prevenir crisis futuras.

Los espacios comunes

Cuando Michael Sandel era un niño, en la década del 60, su padre solía llevarlo a partidos de béisbol. Recuerda que en esos tiempos la diferencia entre los boletos más caros y los más baratos era de apenas algunos dólares. “La consecuencia era que CEO y auxiliares de aseo se sentaban más o menos cerca, gritaban con pasión y, cuando llovía, todos se mojaban”. Eso no tardó mucho en cambiar. El autor recuerda que, ya en  los 80 y 90, los estadios se construían con palcos VIP. Los fanáticos de mayores ingresos comenzaron a sentarse en las llamadas skyboxes, lejos de la multitud. “La experiencia de ir a un evento deportivo tenía menos de mezcla de clases y ya no era verdad que la lluvia nos mojaba a todos”, dice.

El autor ocupa ese ejemplo para ilustrar el escape de las clases más acomodadas de los espacios comunes de la democracia. “No importaría mucho que esto sólo pasara en los eventos deportivos, pero pasa en toda la sociedad. Cada vez más, cuando el dinero compra más y más, la gente de más ingresos y la más modestas vive más separada: residimos, trabajamos, compramos y jugamos en lugares distintos. Enviamos a nuestros niños a escuelas distintas. Es la ‘palconización’ de la vida social”.

Eso, que Sandel llama la ‘palconización’ de la vida social, es consecuencia de lo que define como una sociedad de mercado, diferente, para él, de una economía de mercado. “Casi todo se vende. Los valores de mercado comienzan a entrar a todos los aspectos de la vida social, más allá de los bienes materiales: la salud, la educación, los medios, la ley, la política. La vida cívica. Ponerle precio a todo genera que haya menos y menos lugares que unan a las personas”.

¿Por qué es preocupante? Dos razones, dice Sandel. “Primero es la desigualdad. Si el dinero sólo compra lujos, no sería importante, pero si determina acceso a los ingredientes esenciales de una buena vida, como una buena educación o salud o influencia política, entonces sí importa, y mucho. La segunda razón es que los valores de mercado tienden a corromper a los valores esenciales que no son de mercado. El dinero no puede comprar amigos o votos, porque disuelve el bien que busca, cambia el carácter de lo comprado”.

La ‘palconización’, esa segregación entre clase sociales en todos los aspectos de la vida, preocupa al filósofo. “No es bueno para la democracia ni es una forma satisfactoria de vivir, incluso para quienes pueden pagar una salida de los espacios compartidos. La democracia no necesita igualdad perfecta, pero sí necesita que las personas de diferentes contextos sociales se encuentren los unos y los otros en la vida cotidiana, porque así aprendemos a negociar, a vivir con las diferencias. Así llegamos a preocuparnos del bien común”.

Comprar la política

En una improvisada entrevista en vivo con el editor del diario británico The Observer, John Mullholand, Sandel habló de un país efervescente. En once días en Chile, visitó la austral Punta Arenas, el Parque Nacional Torres del Paine y la Antártica chilena, y cenó con la presidenta Michelle Bachelet, gran parte con fondos de la Fundación RAD, ligada al sector empresarial chileno y que colaboró con el Congreso del Futuro. Mullholand estuvo entre la audiencia el día de su presentación en el Congreso Nacional en Santiago y los organizadores pidieron al periodista que condujera la entrevista para la transmisión oficial. Él no se negó. Casi al inicio de la conversación, el profesor de Harvard se refirió al contexto chileno: el anuncio de una nueva Constitución y escándalos políticos y empresariales que estaban frescos en la memoria. “Es un momento especial, quizá histórico. Es un momento de gran creatividad democrática”, dijo.

El financiamiento de las campañas políticas, manifestó Sandel, es uno de los problemas sin resolver. “Creo que esto es un gran ejemplo del rol que el dinero y los mercados tienen en lugares a los que no pertenecen, como la institución democrática y política. Uno de los grandes desafíos es limitar el rol del dinero en la política, evitar que las corporaciones hagan contribuciones políticas y limitar la suma con la que cualquier individuo pueda contribuir, porque si no hay límites habrá corrupción. En este caso, el dinero corrompe la confianza de los ciudadanos ante los partidos políticos”.

Para el autor, Estados Unidos no lo ha hecho mucho mejor. “Uno podría decir que el sistema de financiamiento de campañas permite la compra y venta de votos: la Corte Suprema ha abolido incluso las restricciones más modestas para el financiamiento de campañas. Ya casi no hay restricciones y el sistema lleva a la corrupción. La política está en venta, pero no hay una solución única a ello”.

A falta de una respuesta final, el consejo de Sandel es el debate y la conversación en torno a cómo queremos vivir y cuáles son los límites del mercado. Un diálogo, quizá, parecido al que él mismo practica al enseñar Justicia y, también, ante esas 500 personas en el Teatro Municipal de Las Condes. Allí, interpelada por sus preguntas, la audiencia se engancha con un estilo que alguien conecta con las aulas de Oxford, con un Sandel menos famoso, menos asediado y con un acercamiento al tiempo más cercano a sus comienzos, cuando no era casi oro.