Editorial

Voto latino y política migratoria

Redaccion América Economía


Redacción América Economía.

  • Lun, 09/10/2012 - 10:25
  • 0 Comentarios

Si el padre mexicano de Mitt Romney hubiera sido deportado o no hubiera podido entrar a los EE.UU. en julio de 1912, el candidato republicano a la presidencia no habría nacido en Detroit el 12 de marzo de 1947, Bain Capital no existiría y, probablemente, los ciudadanos del estado de Massachussetts no tendrían el sistema de salud casi universal que Romney puso en marcha cuando fue su gobernador, entre 2003 y 2007. Sin embargo, es todavía más destacable que aquel niño de cinco años que llegó a EE.UU. huyendo de la Revolución Mexicana, George Wilcken Romney, quién debió soportar las burlas y el apodo de “Mex” puesto por sus compañeros escolares en Los Ángeles, ascendiera a CEO de la American Motor Corporation, a gobernador de Michigan –donde fue un fuerte propulsor de los derechos civiles por la igualdad racial– y le disputase la candidatura presidencial republicana a Richard Nixon en 1968.

Con 12 millones de votantes latinos esperados para las elecciones de noviembre próximo y considerando que el republicano John McCain perdió frente a  Obama, en 2008, por conseguir solamente el 31% de esos votos frente al 40% que le había dado su apoyo (y la victoria) a George W. Bush cuatro años antes, ¿por qué Romney no utiliza esta historia de esfuerzo y éxito inmigratorio para seducirlos? Las razones básicas son tres. Primero la más obvia: el republicano no es de ascendencia latina y el por qué su familia estaba en México es un asunto ligado a la poligamia que resulta demasiado sutil y polémico en tiempos electorales. Luego, las más relevantes: su partido está dividido frente a la inmigración. El sector más dinámico e ideologizado se opone a ella de manera tan frontal que la plataforma oficial de gobierno de los republicanos incluye ahora la extensión a toda la frontera entre EE.UU. y México del muro fronterizo que hoy se levanta sólo en algunos puntos críticos y la puesta en marcha de un sistema obligatorio de verificación de status migratorio de los empleados para todas las empresas y la declaración del inglés como lengua oficial. Finalmente, los republicanos, pero también algunos demócratas, en estas épocas de penuria económica donde los puestos de trabajo no alcanzan para todos, sufren una amnesia interesada: olvidan que la presencia de los inmigrantes es vital en varios sectores de la economía, potenciando el crecimiento en los buenos tiempos, al abaratar la oferta de servicios y crear un verdadero campo de cultivo de emprendedores que dinamiza la economía. Es una postura que no cabe calificar sino de desleal con quienes aportan mucho más de lo que se habla a la prosperidad estadounidense.

En este escenario el presidente Obama no aparece demasiado dispuesto a convertirse en el heraldo entusiasta de los estadounidenses de origen hispano ni reafirmar la tradición de tierra abierta de su país. En apariencia confía en que el 65% de apoyo que los votantes latinos le aseguran en las últimas encuestas será suficiente. La verdad es que el líder demócrata no pudo avanzar en la resolución del tema de la inmigración durante su gobierno. La Dream Act no pasó en el Congreso. En agosto pasado puso en marcha la única medida relevante asociada al tema: una amnistía temporal de dos años para  cerca de un par de millones de jóvenes indocumentados, menores a 30 años, quienes al aplicar a ella pueden obtener un permiso de trabajo. Tal acción, dado el clima de alta ideologización de EE.UU. que recuerda al de Latinoamérica en los años 60, le valió ser acusado de emitir “edictos imperiales” por parte del ala dura de los republicanos.

Si bien EE.UU. no puede recibir a todo el mundo, tampoco puede cerrarse como una fortaleza medieval. EE.UU. necesita una ley migratoria moderna y práctica. Las normas actuales producen absurdos al borde de la comicidad.

Lamentablemente en este tema, como en otros, la fantasía del “excepcionalismo americano” que alimenta tanto a demócratas como a republicanos, lleva a posiciones irreales y extremas. Si bien EE.UU. no puede recibir a todo el mundo, tampoco puede cerrarse como una fortaleza medieval. EE.UU. necesita una ley migratoria moderna y práctica. Las normas actuales producen absurdos al borde de la comicidad. Una sociedad que posee uno de los sistema de seguridad más complejos del mundo, se niega a reconocer a millones de ciudadanos en la práctica, quienes pueden llevar un cuarto de siglo viviendo normalmente y, de pronto, son expulsados, por azar o por una campaña de un político local, junto a sus hijos que ya son ciudadanos de pleno derecho y serán vistos como extranjeros en los países de sus padres.

Es sólo un ejemplo de las distorsiones que provoca la inexistencia de una norma migratoria coherente, la cual tiene que ser creada lo antes posible. Esta debe ser generosa con aquellos que ya llevan en las sombras años aportando a la generación de riqueza del país. Debe ser realista en sus metas al considerar la innegable calidad de imán que conlleva ser la economía más rica del planeta  rodeada de naciones pobres en su frontera sur. Debe ser clara y justa, eximiendo de elementos racistas o religiosos su aplicación y penas. ¿Es pedir demasiado? No debería serlo para los políticos de un país que, una y otra vez, apelan a su misión de liderazgo en un planeta que tiene problemas bastante más complejos que éste. Que no lo discutan con claridad y racionalidad en tiempos electorales es comprensible, pero una mala señal tanto sobre la calidad de la política interna estadounidense, como sobre la importancia que se le da a las naciones de Latinoamérica de dónde parten los inmigrantes.

Redaccion América Economía

Ver más columnas del autor

Comentarios