Eduardo Rojas Briales es jefe del Departamento Forestal de la FAO y Subdirector General de la FAO.
Los bosques cubren actualmente 4.000 millones de hectáreas, lo que equivale a 31% de la Tierra. Su extensión se ha venido reduciendo en proporción al avance de la colonización humana, si bien la deforestación se desacopla del crecimiento demográfico cuando los países entran la senda de la industrialización y desarrollo. Europa frenó y revirtió la deforestación a lo largo del siglo XIX, Norteamérica algo más tarde, y recientemente se ha repetido el mismo fenómeno en Asia -con algunas excepciones- y Cercano Oriente. Globalmente se pierden en términos netos 5,2 millones de hectáreas anuales, fundamentalmente en Latinoamérica y África, aunque durante la década que acaba de finalizar se constata una reducción en las pérdidas de 37%, respecto de la década anterior.
Las causas inmediatas de la deforestación están relacionadas generalmente con la conversión de la tierra para usos agrícolas, pero la razón subyacente casi siempre se vincula a factores como la pobreza, el crecimiento demográfico incontrolado, la débil gobernanza, conflictos políticos o problemas de tenencia y ordenación del uso de la tierra.
Las políticas más exitosas han demostrado ser aquellas que combinan una actuación concertada sobre las causas subyacentes, a la vez que aprovechan todas las oportunidades para acelerar la intensificación sostenible de la producción agrícola.
Hay dos opciones extremas poco adecuadas que se aplican al recurso forestal a nivel mundial. La primera consiste en aplicar meros criterios contables que condenan al 90% de los bosques del planeta al abandono. En las condiciones de mercado actuales, y respetando criterios de sostenibilidad, únicamente los cultivos forestales intensivos (menos del 3% mundial) o los bosques capitalizados y accesibles como los escandinavos son económicamente viables.
¿Cuál es la solución? No hay más remedio que avanzar en la sinergia de una producción de calidad orientada a los mercados, que corra en paralelo al reconocimiento objetivo de los servicios ambientales que prestan los bosques.
La otra opción consiste en soñar que la protección estática sea la panacea que solucionará todos los problemas. Esta opción tampoco es realista dado que condena a las poblaciones que habitan las zonas forestales a la indigencia o emigración, excluye los flujos económicos necesarios para restaurar y gestionar sostenible y multifuncionalmente los espacios forestales, y pone trabas al aprovechamiento de un recurso natural renovable clave para el tránsito hacia la economía verde.
Las dos opciones extremas antes comentadas (criterio meramente económico o preservación estática) tienen el mismo efecto en el sentido que no son capaces de reconocer y retribuir los servicios vitales que los bosques prestan, y que incluyen la adaptación al cambio climático, la calidad del agua, la conservación de la biodiversidad, además de ser una fuente de trabajo y para millones de personas.
¿Cuál es la solución? No hay más remedio que avanzar en la sinergia de una producción de calidad orientada a los mercados, que corra en paralelo al reconocimiento objetivo de los servicios ambientales que prestan los bosques, sin distorsionar los mercados internacionales y con ello las opciones de desarrollo de los países y de las poblaciones que habitan y utilizan los bosques para sostener sus medios de vida.
Los bosques generan efectos ambientales positivos sobre el conjunto de la sociedad -sobre todo en términos de fijación de carbono atmosférico, protección del suelo y el agua y preservación de la biodiversidad. Esos beneficios deben ser reconocidos, valorados y recompensados.
Con el Año Internacional de los Bosques que celebramos en 2011, Naciones Unidas pretende elevar el interés de la sociedad respecto de los bosques y la correspondiente atención política. Es necesario que las decisiones a todos los niveles se tomen con la amplitud de miras, perspectiva temporal y consenso social que un recurso de tal relevancia territorial y ambiental requiere para poder ofrecer de forma permanente unos servicios clave a la sociedad. Ahora es el momento.
Creo que ya es el momento de valorar económicamente los servicios ambientales que prestan los bosques, así podríamos evitar la deforestación (responsable de hasta un 20% de los GEI) y la pérdida de biodiversidad; podríamos hacer de éste un mundo más verde. En una economía de mercado son muy importantes las señales de precios. Actualmente, en la mayoría de los casos, éstas indican que los bosques o no valen nada o que es mejor dedicar esas tierras o otros fines.
yo vivo en el amazonas y veo como la gente desmonta para poder sembrar y sobrevivir, sino hacen esto no comen. es dificil tener conciencia ambiental cuando hay hambre, se deberia crear mecanismos financieros de manera de pagar los servicios ambientales y que los que cuidan y son propietarios de las tierras donde hay arboles y no los desmontan reciban el dinero.
¡Increíble la capacidad del hemisfeiro norte de tirar para el sur los problemas del planeta! Por más de mil años destruyen el ambiente y por algo como sietecentos años destruyeron el ambiente de los colonizados países del tercer mundo... ¡Ahora nos quieren passar la cuenta! ¿Por que USA no firmó los protocolos de Tokio visto ser el país responsable por 25% de emisión de gases con efecto invernadero en el planeta? Un poco de honestidad no hace mal a nadie... Felicitaciones al comentarista nº2.
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