Análisis & Opinión

Los dos estereotipos sobre América Latina

Abraham F. Lowenthal

Abraham F. Lowenthal, profesor de relaciones internacionales de la Universidad de Southern California y presidente emérito del Pacific Council on Internactional Policy.

  • Mar, 07/20/2010 - 13:12

Es importante superar dos estereotipos acerca de América Latina que son demasiado comunes en Estados Unidos. Uno es la visión excesivamente optimista acerca de la región, que muchas veces proviene de proyectar la ideología y la experiencia de EE.UU. El otro es una visión excesivamente pesimista de la región, que muchas veces se basa en nociones de una superioridad estadounidense.

La perspectiva optimista cree en una supuesta convergencia entre América Latina y EE.UU. Esta visión sostiene que Latinoamérica se ha vuelto completamente democrática (con la excepción de Cuba), celebra que la región haya adoptado reformas de mercado y liberalizaciones económicas, y hace llamados para formar amplias alianzas interamericanas en asuntos de comercio y en las “guerras” contra el terrorismo y el narcotráfico.

Esta visión emergió de la Cumbre de las Américas en 1994, en Miami, cuando los presidentes y primeros ministros de todos los países del hemisferio occidental (salvo Cuba) proclamaron su compromiso con un Área de Libre Comercio de las América (FTAA, por sus siglas en inglés) hacia 2005.

Sin embargo, desde el principio la visión de Miami estaba medio coja. Se exageraron la profundidad y el alcance del compromiso latinoamericano con el libre comercio hemisférico, como también se exageró con la voluntad de EE.UU. de superar su propio proteccionismo. Llegó y pasó 2005 sin acuerdo alguno y, desde entonces, el proyecto de la FTAA ha desaparecido.

Los latinoamericanos siguen prefiriendo la democracia y casi todos los países en la región hoy celebran elecciones libres y limpias. Sin embargo, las instituciones legislativas y judiciales, así como una prensa independiente y libre, siguen siendo débiles, y no sólo en Cuba, sino también en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador.

El libre mercado en sí mismo no es la solución para todos los problemas de la región.

Hay que atenuar la satisfacción por la propagación de la democracia en las Américas con una conciencia realista acerca de los muchos obstáculos que persisten para una forma de gobernar democrática, en especial en países donde se necesita incorporar a grandes poblaciones indígenas que históricamente han sido excluidas. Hay que reconocer que el libre mercado en sí mismo no es la solución para todos los problemas.

El éxito de Chile en alcanzar tanto el crecimiento económico como el ejercicio democrático demuestra en realidad el valor de combinar de manera pragmática reformas de mercado con una vigorosa acción del Estado, y no adoptar el fundamentalismo de mercado.
Los países de toda la región están tratando de afinar y fortalecer la competencia del Estado, no de debilitarla; tratan de corregir las consecuencias del mercado mediante políticas públicas concertadas, y tratan de encontrar formas efectivas de abordar la pobreza, desigualdad y exclusión.

Pero también es importante superar la otra visión que sostiene que América Latina es una región irremediablemente atrasada. Muchas veces se la describe como una región de trabajadores poco motivados, de líderes empresariales que prefieren sus negocios rentistas en vez de la creatividad emprendedora, y de políticos demagogos: una región contenida por los privilegios incrustados y una corrupción generalizada.

Estos estereotipos están demasiado extendidos, pese a la laboriosidad de los trabajadores de São Paulo, la competitividad global de los sectores de nicho de Chile, la agricultura moderna de Argentina y los muchos inmigrantes sacrificados que vienen a EE.UU. desde México, el Caribe y Centroamérica.

Los estereotipos persisten, pese a que la región cuenta con multinacionales competitivas como Embraer, Vale y Cemex; pese a contar con líderes políticos de clase mundial, como Fernando Henrique Cardoso, Lula da Silva y Ricardo Lagos. Y siguen pese a la abundante evidencia de que la corrupción emerge siempre y en cualquier
lugar si no existe un fuerte contrapeso regulatorio, periodismo investigativo y un poder judicial independiente.

A veces, estas imágenes están incrustadas en teorías “culturales”. Muchas veces se basan en impresiones anecdóticas, que se agravan con prejuicios e incluso racismo. Cualquiera sea su origen, hay que corregir estos estereotipos al prestar una mayor atención a las historias de éxito de América Latina, enfatizar más los asuntos estructurales e institucionales y mediante una mayor conciencia acerca de las fallas y los fracasos de EE.UU. Ello sería un importante paso para mejorar el entendimiento y las políticas que EE.UU. tiene hacia América Latina.

Abraham F. Lowenthal

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