Un desastre nacional al que los chilenos no han tomado el peso suficiente ha sido el escándalo en torno al fracasado censo de población y vivienda 2012, luego del reciente dictamen de una comisión investigadora que recomienda no usar sus resultados para las cifras oficiales y volver a efectuarlo en 2015.

El censo, que al iniciarse hace más de un año fue publicitado por el gobierno como “el mejor censo en la historia de Chile”, dejó sin censar a casi el 10% de los habitantes del país. Tantos eran sus errores que, cuando se comenzaron a procesar sus datos al interior del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), casi de inmediato surgieron quejas entre los profesionales encargados de producir sus resultados. Las quejas se filtraron a la prensa y estalló el escándalo. El director del INE fue obligado a renunciar y se nombró a la comisión investigadora que hoy recomienda partir de cero, botar a la basura un ejercicio censal que costó US$33 millones y hacer el censo de nuevo.

El resultado del mejor censo en la historia de Chile es que se ha perdido la fe en las estadísticas nacionales, lo cual significa que en alguna medida se ha perdido fe en el país.

En términos prácticos, esto significa que no hay cifras oficiales. Que al asignar partidas presupuestarias proporcionales a la población en regiones, provincias y comunas, habrá que usar las cifras del censo 2002 actualizadas por estimadores. Y habrá que ponerse de acuerdo en cuáles estimadores usar.

El desastre del censo impide también saber cuál es hoy el producto per cápita en Chile. Si la población es la que dice el impugnado censo 2012, entonces el producto bordearía los US$20.000 por persona. Si la población es más cercana a la proyecciones previas al censo, entonces estaríamos hablando de alrededor de US$18.000 per cápita.

La gravedad de tener un censo que provee información errada es obvia: si un país usa sus cifras erradas para asignar recursos, asigna erradamente sus recursos. Pero en el caso de Chile, el fracasado censo 2012 constituye un desastre nacional, porque a nivel local pone en entredicho todas las cifras provenientes del INE, como la inflación y el desempleo. Y a nivel internacional, tiende un velo de desconfianza en torno a todas las estadísticas del país.

En el concierto latinoamericano, Chile ha sido visto tradicionalmente como un país digno de confianza, de instituciones sólidas, marcos regulatorios estables y cuentas nacionales meticulosas. Sus estadísticas, bajo todos los gobiernos de que se tenga memoria, han sido uno de los pilares de esa imagen de solidez.

Como bien saben los estadísticos, las cifras son un acto de fe o, en el mejor de los casos, un acuerdo social. Se define una metodología, se hace la medición y el resultado se entrega como una aproximación acompañada de márgenes de error. Y la sociedad acepta ese resultado porque confía en que la metodología usada es la mejor posible, y porque tiene fe en que quienes hacen la medición lo hacen de la mejor manera posible. Siempre hay error en las cifras de población, desempleo, inflación, pobreza, pero la sociedad se pone de acuerdo en usar las cifras disponibles porque hay confianza en que, por malas que ellas sean, no hay mejores.

Ese acuerdo social se ha roto en Chile. Y se rompió, trágicamente, no porque el INE intentara alterar las estadísticas para dar dividendos políticos al gobierno de Sebastiàn Piñera. Nada de eso. La credibilidad se perdió porque, en un acto de soberbia, las autoridades del INE, nombradas por el gobierno de Sebastián Piñera, establecieron que la metodología censal anterior era mala, que ellos cambiarían a una metodología mejor y que, con esa nueva metodología, ellos harían el mejor censo en la historia de Chile.

El resultado del mejor censo en la historia de Chile es que se ha perdido la fe en las estadísticas nacionales, lo cual significa que en alguna medida se ha perdido fe en el país.

A estas alturas, para recuperar su credibilidad, lo único que le queda hacer a Chile es tomar un buen trago de humildad, botar a la basura los resultados de su censo 2012 y realizar un nuevo censo. Todo de nuevo.