“Volveré”, amenazó Donald Trump al abandonar la Casa Blanca como virtual expresidente. “De un modo u otro”, agregó.

Trump deja un país tremendamente polarizado, sumido en una pandemia pésimamente manejada y con más de 400.000 muertos, una economía encogida. Si bien las instituciones resistieron los intentos de Trump por desconocer su derrota y el ataque directo de sus secuaces al Capitolio, la victoria del presidente Joe Biden es considerada fraudulenta por la mayoría de los 74 millones de votantes de Trump. Mientras, el Partido Republicano parece dividirse entre los ultraTrumpistas y una minoría más moderada.

Cuando Trump fue elegido hace cuatro años atrás, dijimos en estas páginas que no era un accidente; que reflejaba una de las formas posibles en que se manifestaba la pérdida de poder relativo de EEUU en la escena mundial ante el ascenso de China, junto con la frustración y agobio de amplias capas de la población estadounidense por el estancamiento de su nivel de vida y la desigualdad multiplicada en los últimos 40 años en ese país.

Si bien Biden es lo opuesto como personalidad al mussoliniano Trump, las condiciones que generaron a Trump no solo permanecen, sino que se han agudizado. Cuando Trump fue elegido, corrió un chiste en China: “a nosotros nos gustan los planes: los quinquenales, los a 10 años, y tenemos uno a 25 años para llegar a ser la primera potencia mundial; ¡pero ahora este último lo estamos adelantando a plan quinquenal!” Mientras Trump deja a un EEUU maltrecho, su salida coincide con los anuncios de China --en cosa de pocas semanas-- de la creación bajo su liderazgo en Asia del RCEP, el más grande bloque de libre comercio -que suma a países como Japón y Corea del Sur- y la firma con la Unión Europea un acuerdo de protección de inversiones, mientras se anuncia que China es el único país importante del mundo cuya economía crecerá en el 2021.

Lo que se está terminando es el dominio unipolar de EEUU en la escena mundial, muy sólido en la postguerra y acentuado desde el fin de la Guerra Fría con la ex URSS. Entramos en un mundo más complejo. Con unos EEUU muy poderosos en el terreno económico, tecnológico y militar, no nos engañemos. Pero que ya no ejerce un indisputado liderazgo en las instituciones globales, ni genera confianza en sus aliados históricos en Europa y Asia. El “Volveré” de Trump está presente en los cálculos de las cancillerías mundiales: si EEUU eligió una vez a tal personaje, ¿por qué no lo haría nuevamente con alguien similar?

Trump debilitó también seriamente la institucionalidad de gobernanza global, si bien es muy probable que con Biden se recuperen ciertas alianzas con Europa y países de Asia, y se fortalezcan en cierta medida las instituciones multilaterales. Por otro lado, todo indica que el nuevo presidente mantendrá la política de confrontación con China que inició Trump. Biden ha sugerido en sus primeros días de gobierno que su política ante China no será de contención (término usado para definir la política contra la URSS en la Guerra Fría y que describe bien lo hecho por Trump contra China en lo económico), sino de competencia. Veremos. 

En todo caso, un mundo multipolar no es para nada una mala noticia, pues permite un juego distinto a tener al frente a una potencia sin contrapeso, especialmente para países más débiles. En realidad, el ascenso de China tiene un doble significado para los propios EEUU: claro, le compite en muchos terrenos; pero es también el primer o segundo mayor mercado para sus bienes, servicios e inversiones. Sin el crecimiento de China en las últimas décadas, EEUU sería menos de lo que hoy es. Eso no impide que aceptar el descenso en su poder relativo sea fácil para los estadounidenses.

En esta disputa entre EEUU y China, la disyuntiva latinoamericana no es estar en una esfera de influencia u otra, como lo fue en la Guerra Fría EEUU-URSS. Es impulsar, con pragmatismo, políticas que les permitan a los países de la región obtener los beneficios del comercio y la inversión tanto de EEUU, como de China y Europa.

En este mundo más complejo, ¿qué lugar ocupa América Latina? ¿Y qué políticas le conviene desplegar? El predominio estadounidense en la región, incontestado hace casi dos siglos, ya comenzó a cambiar. Para muchos países, especialmente de Sudamérica, China es ya el principal socio comercial; y en algunos de ellos, como Chile, China es ya el principal proveedor de nueva inversión directa. En el Norte, México está plenamente integrado a la economía estadounidense, mientras Centroamérica y en buena medida Colombia conservan lazos especiales con EEUU.

En esta disputa entre EEUU y China, la disyuntiva latinoamericana no es estar en una esfera de influencia u otra, como lo fue en la Guerra Fría EEUU-URSS.  Es impulsar, con pragmatismo, políticas que les permitan a los países de la región obtener los beneficios del comercio y la inversión tanto de EEUU, como de China y Europa. Claro, habrá intentos de alinear a los gobiernos tras la política estadounidense, como su esfuerzo por cerrarle el paso a Huawei en Brasil, que parece estar fracasando. Creemos que ese tipo de presiones, de cualquier lado, deben ser resistidos por nuestros gobiernos. 

Para países no poderosos como los nuestros, el ideal es que existan vigorosas instituciones internacionales y un orden internacional respetado. Es clave contar con instituciones y acuerdos en temas de índole global como el medio ambiente, las armas nucleares, la salud, el comercio y las inversiones. Es muy probable que el gobierno de Biden ayude a recomponer algunas de estas instituciones, como la Organización Mundial de Comercio, el Acuerdo de París, la Organización Mundial de la Salud, y las negociaciones sobre armas nucleares Start III. 

¿Y qué con los derechos humanos y la democracia? Hoy el Consejo de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas es un chiste cruel. Está compuesto por países como Cuba, Rusia, China, Barhein, Somalia… Estados Unidos ha denunciado la violación de derechos humanos en China, en especial su política en Hong Kong y en Xinjiang contra la minoría Uighur. Pero es el mismo país que lanzó una desastrosa guerra contra Irak sin ningún fundamento real y contra el voto de la ONU, y que hoy apoya incondicionalmente a regímenes como el de Arabia Saudita, o las políticas de tipo apartheid de Israel en Palestina.
 
En un reciente libro sobre el ocaso del liberalismo, The Light That Failed, sus autores Ivan Krastev y Stephen Holmes señalan que estamos ante el inicio de un mundo de Hipocresía Cero; con acuerdos comerciales y de inversión sin ataduras o condiciones ideológicas. China, en efecto, no pide que cambiemos nuestros regímenes para comerciar con ella. Sin dejar de defender los derechos humanos y la democracia en los foros internacionales, es quizá el tipo de camino que debemos seguir los países latinoamericanos: tragarnos algunos sapos y culebras (como lo hemos hecho ya antes con relación a Estados Unidos) y abrirnos al comercio y la inversión sin exigir certificados de buena conducta política de nuestros socios. Es lo que, en buena medida, están haciendo con pragmatismo países como Alemania: mientras defiende la democracia en su país de amenazas como los neonazis y ha hecho esfuerzos notables por desarrollar una política inmigratoria humanitaria, no se erige en juez de China, que es un socio comercial y de inversiones clave para la economía germana.

El nuevo gobierno estadounidense mejora el ambiente internacional, que duda cabe. Y sería estupendo celebrar la llegada de Joe Biden como el fin de la Era Trump, y respirar tranquilos. Pero los cambios profundos en EEUU y el mundo que produjeron a Trump están ahí. América Latina debe, con realismo, buscar su lugar en este nuevo y más complejo escenario global, que trae nuevas amenazas pero también nuevas oportunidades.