Ahora, cuesta abajo en mi rodada
Las ilusiones pasadas
Yo no las puedo arrancar
Sueño con el pasado que añoro
El tiempo viejo que lloro
Y que nunca volverá

(Tango de Carlos Gardel).

 

Se ha cumplido un año desde que Alberto Fernández asumió la presidencia de Argentina, marcado por una grave crisis económica que heredó del gobierno anterior de Mauricio Macri, y este del que lo antecedió, de los Kirchner. Pero el hecho es que A. Fernández no la ha sabido resolver. De hecho, se ha profundizado, sumada a una crisis sanitaria que ha golpeado a la tercera economía de la región con más fuerza que a sus vecinos. 

El primer año de Fernández será recordado como uno de los peores de la historia económica de Argentina, signado por recesión desde 2018, inflación galopante y endeudamiento irresponsable. En diciembre de 2019, Fernández tomó las riendas del país prometiendo reactivar la economía, desacelerar la inflación y reducir los niveles de pobreza. Pero en 2020, el PIB de Argentina habrá experimentado una caída de 12%, la peor tasa de desempeño económico de su historia, y bastante peor que otras economías de la región agobiadas por la pandemia.
 
La herencia incluía también los mayores niveles de inflación en 28 años, con una tasa de 54% en 2019, fuertes tensiones cambiarias, una deuda externa equivalente al 90% del PIB, desempleo en alza y un 40% de la población bajo la línea de la pobreza. Fernández y su joven ministro de Economía --el economista Martín Guzmán (38), discípulo de Joseph Stiglitz-- Premio Nobel de Economía y alineado con la izquierda del partido demócrata de EEUU-- estaban prácticamente recién asumidos cuando irrumpió el coronavirus. Las estrictas medidas de confinamiento sanitario decretadas por el gobierno a fines de marzo paralizaron la economía, dando paso a niveles estrepitosos de derrumbe en la industria y la construcción, desplome en el consumo, cierre de empresas, pérdida de empleos y aumento de la pobreza. Según datos de la consultora Analytica, este año se perdieron en el país 22.000 empresas y 3,7 millones de empleos. La estrategia sanitaria que ha resultado un fracaso también en la medida que hoy Argentina muestra niveles de contagio y muertes por Covid de las más altas de América Latina.
 
El país, que hasta hace pocos meses estaba a pasos del default de su deuda externa, no parece capaz de aprovechar el exceso de liquidez que hay en el mundo ni las bajas tasas de interés a nivel global. Ni tampoco el alza en sus commodities de exportación. Sigue en un círculo vicioso sin lograr resolver su exceso de gasto fiscal. El problema es que gasta el 42% del PIB y recauda el 38% del PIB. Mientras, sigue aumentando la legión de empleados públicos. La emergencia sanitaria y económica llevaron al gobierno a incrementar el gasto público, lo que se tradujo en un notable deterioro de las cuentas: Argentina cerrará el 2020 con un déficit fiscal cercano al 11% del PIB. 

Para financiar el déficit se recurrió a la emisión monetaria, lo cual, sumado a la desconfianza de los inversionistas y la necesidad de cobertura ante la alta inflación --en torno al 37% anual en 2020--, incentivó la demanda por dólares. Eso obligó al Banco Central a destinar buena parte de sus reservas a tratar de sostener el tipo de cambio. Para frenar la sangría de reservas, las autoridades en septiembre impusieron fuertes restricciones al acceso de empresas e individuos al mercado formal de divisas. Ese “cepo cambiario” trajo un alza rápida del precio del dólar en el mercado alternativo, con valores que llegaron a más que duplicar el tipo de cambio oficial. Argentina entra en 2021 con un stock de reservas netas por menos de US$ 4.000 millones. 

El país, que hasta hace pocos meses estaba a pasos del default de su deuda externa, no parece capaz de aprovechar el exceso de liquidez que hay en el mundo ni las bajas tasas de interés a nivel global. Ni tampoco el alza en sus commodities de exportación. Sigue en un círculo vicioso sin lograr resolver su exceso de gasto fiscal. El problema es que gasta el 42% del PIB y recauda el 38% del PIB.

Argentina ocupó el puesto 139 en una reciente lista de 141 países rankeados por su estabilidad económica por el World Economic Forum. Al mismo tiempo, y para ser justos, el primer año de Fernández también tuvo un éxito en materia económica: la millonaria reestructuración de su deuda externa y el inicio de las negociaciones para refinanciar los vencimientos con el FMI. En septiembre, el país logró una adhesión del 93,6% a su oferta de canje de deuda externa, lo que le permitió reestructurar bonos por US$ 66.000 millones. Paralelamente logró reestructurar US$ 42.000 millones en bonos en moneda extranjera pero de ley local. Con ambas operaciones, Argentina logró renegociar casi US$ 110.000 millones y, aunque no redujo sustancialmente su deuda, sí logró extender los plazos de pago y reducir la tasa de interés. Con el FMI está el desafío pendiente de refinanciar la deuda de US$ 44.000 millones que Argentina tiene con el organismo.
 
Las negociaciones con el Fondo son el evento que ayudará a ver hacia dónde va la dinámica cambiaria y, de ser exitosas, establecerán un programa económico que podría regenerar la confianza de los mercados en el país. Pero el acuerdo con los acreedores internacionales no logró mejorar la fe de los inversionistas ni la total falta de confianza en el peso. El dólar en el mercado paralelo sigue duplicando su precio oficial. Suponiendo una rápida y efectiva campaña de vacunación contra el Covid, la suerte de 2021 dependerá de la batalla cambiaria. Si la corrida no cede y hay una devaluación, la situación empeorará. Sin crédito y sin moneda, no es muy lejos donde puede llegar. Mientras tanto, la pobreza ha aumentado al 44% de la población. 

En el área política, la alianza peronista entre Fernández y su vicepresidenta, Cristina Fernández de Kirchner, no se ha desmoronado, aunque la prensa local dice que hay tensión y casi no se hablan. No es para sorprenderse: Cristina es una populista acérrima y Alberto tiende a ser un un social demócrata moderado; pero tod indica que es quien Cristina mantiene su poder en el peronismo, opacando el del presidente. Sus partidarios -comandados por su hijo Máximo Kirchner- controlan el Parlamento y están tratando de tomar el control del Poder Judicial. Ella está furiosa de que Fernández no haya detenido los cargos de corrupción en su contra. Cristina ha criticado en público al gobierno de Fernández, hablando de “funcionarios que no funcionan”, instándolos a que busquen otro trabajo si no son capaces de soportar las presiones de los poderes económicos y políticos opositores al gobierno. “Les digo a todos aquellos que tengan miedo”, dijo en un discurso, “que hay otras ocupaciones además de ser ministros, ministras, legisladores, legisladoras. Vayan a buscar otro laburo”, ataque que repitió con fuerza esta semana. El presidente, claro, ha salido en defensa de su equipo. “Sólo tengo gratitud y reconocimiento para cada ministro mío”, dijo.

Al mismo tiempo, la oposición ha acusado a Cristina de dar un golpe a la Constitución con sus ataques al Tribunal Supremo, pero una amenaza de acusación constitucional en su contra por estos hechos no tiene visos de prosperar en la Cámara de Diputados, donde los peronistas --fieles a Cristina-- tienen mayoría. La vicepresidenta, en una carta, acusó a la Corte Suprema de “proteger y garantizar la impunidad a los funcionarios macristas que durante su gobierno no dejaron delitos por cometer, saqueando y endeudando al país y persiguiendo, espiando y encarcelando a opositores políticos”.
 
El gobierno ha aumentado el impuesto a las exportaciones y ahora ha logrado pasar en el Congreso un proyecto de impuesto a la riqueza, que, por una sola vez, grava con hasta un 3,5% a las personas con un patrimonio superior a los US$ 2,3 millones. Ese proyecto y los controles cambiarios están desincentivando la inversión. El gobierno también ha prohibido los despidos. Multinacionales como Walmart, Latam, BASF y parte de la industria local del software, han hecho las maletas y se han ido de Argentina. Honda dejó de fabricar automóviles en el país en mayo y Alsea, la multilatina mexicana que opera franquicias de comida rápida en la región, ha cerrado 37 cafés Starbucks en forma temporal y otras 8 locaciones en forma permanente. Y muchas de las grandes compañías que permanecen en Argentina están archivando sus planes de inversión. Volkswagen ha cancelado su proyecto de fabricar camionetas en el país. Todo parece indicar que la economía marcada por la desconfianza de los inversionistas y la total falta de fe en la moneda argentina (el peso), más el empate político entre Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, no resuelto después de un año de gobierno, hacen imposible que Alberto Fernández pueda gobernar, sumiendo su gobierno en una parálisis política y condenando a Argentina a seguir dando tumbos y rodando cuesta abajo. Pareciera ser que el destino trágico de Argentina es similar al que lamenta el inmortal tango de Gardel. 

 

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