Años más, años menos, Argentina se encuentra en crisis desde hace varias décadas. El lento y progresivo deterioro de su economía no se ha resuelto porque, en los sucesivos gobiernos que ha tenido el país, nunca ha enfrentado su problema de fondo: gasta más de lo que tiene. El "corralito" y default de 2001 hizo pensar que el país había tocado fondo, pero 18 años más tarde el real problema sigue sin resolverse.

Hoy la crisis vuelve a agravarse. A una inflación de 54,7% anual y una recesión que le quita 5 puntos al PIB se agregan fuertes caídas del peso y la bolsa. La pobreza urbana llega al 32%, la deuda pública llega al 78% del PIB -la más alta de América Latina- y el índice de riesgo país de J.P. Morgan se empina por encima de los 1.000 puntos base, de lejos el más alto de la región, con excepción de Venezuela.

¿Qué pasó entonces con las esperanzas puestas en el gobierno de Mauricio Macri? El liberal mandatario llegó al poder en 2015 como el primer presidente elegido no peronista ni radical desde 1916, y como respuesta al fracaso de los políticos tradicionales, contando con la confianza de los mercados en su promesa de instalar una economía de mercado en el país.

Macri no cumplió, tal vez porque calculó mal. O porque al comienzo pensó más en la reelección que en lo que necesitaba Argentina. Se suponía que revertiría las políticas de su predecesora, Cristina Fernández de Kirchner. Pero no lo hizo con la determinación y profundidad necesarias, quizá calculando que las medidas duras que se precisaban las dejaría para después de ser reelecto, y confiando en el influjo de inversión extranjera para paliar los problemas del corto plazo. Pensó que el crecimiento licuaría la deuda pública. En definitiva, le faltó coraje para avanzar una verdadera política económica renovada, y su timorato gradualismo terminó por hundir a la economía y a su propia popularidad.

Se equivocó Macri, no hay duda, y es legítimo preguntarse por qué los inversionistas vendrían corriendo a Argentina a invertir solo porque ahora iba a gobernar él. ¿Acaso no había Argentina ya decepcionado a los inversionistas muchas veces en años anteriores bajo gobiernos de distintos signos?

Lo concreto es que las platas no llegaron. El alza de las tasas de interés en Estados Unidos, el año pasado, trajo una corrida del peso, primera gran señal de que Macri estaba perdiendo la confianza de los mercados. Esa crisis se resolvió momentáneamente con un préstamo récord de US$ 57.000 millones del FMI, pero esa acción no fue suficiente para estabilizar la economía.

En la última semana de abril, el peso perdió un 9% de su valor frente al dólar. Los bonos argentinos denominados en dólares están actualmente dando 10 puntos porcentuales más que los bonos del Tesoro estadounidense. Esto no había sucedido nunca en el gobierno de Macri y evidencia la actual desconfianza de los mercados financieros internacionales en los valores argentinos.

En las últimas semanas, además, Macri ha recurrido a controles de precios para tratar de contener la inflación, a postergar alzas anunciadas de precios de servicios públicos y otras medidas esperables de su predecesora Cristina Fernández y muy lejos de sus promesas de ortodoxia de mercado. Otro ejemplo es la mantención de impuestos a las exportaciones.

La verdad es que podría ser peor. El petróleo y gas de la provincia de Neuquén están boyantes y el alza reciente en el precio de la soya ha traído ingresos adicionales, pero eso no basta para sostener todo el país.

EL FMI ha decidido aceptar que el Banco Central intervenga para sostener el peso antes y con más fuerza que lo que se había acordado en el préstamo del año pasado. Eso ayuda a moderar la inflación, pero también vuelve menos competitivas las exportaciones. Y el acuerdo del año pasado con el FMI requiere que el gobierno elimine este año el "déficit primario", que en 2018 llegó al 2,6% del PIB, algo que ya no se sabe si se va a lograr.

El gobierno de Macri no logró al comienzo recibir el flujo de inversión extranjera que esperaba y eso ha ayudado a desatar la actual crisis. Pero hoy quizá el quid de la situación está en el escenario política: la posibilidad de que el peronismo vuelva al poder en las elecciones presidenciales de octubre. A pesar de las acusaciones de corrupción en su contra, Cristina Fernández de Kirchner supera en las encuestas a Macri, quien va a la reelección. Se ha generado un efecto perverso, ya que a medida que la situación económica empeora, Cristina sube en las encuestas. Esto hace que los mercados, en forma inconsciente, toman acciones que aumentan el riesgo país, siguen alzando la inflación y hacen subir el dólar. Esto a su vez causa que Cristina suba en las encuestas y que la popularidad del gobierno baje, creando una espiral de profecía autocumplida que puede terminar con Cristina en la presidencia.

Para los mercados, un regreso de Cristina al poder es la peor noticia posible, levantando el fantasma de que Argentina vuelva a caer en default. Eso no solo sería mala noticia para los mercados: sería una pésima noticia para la propia Argentina.

Con todo lo malo que ha sido el gobierno de Macri, y dado que hasta el momento no aparece una figura o movimiento capaz de reunir fuerzas electorales suficientes para alzarse como tercera vía, entre Mauricio Macri y Cristina, la opción menos mala -aunque duela- sigue siendo Macri.