Casi todos sabíamos que el ultraderechista Jair Bolsonaro iba a ganar la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas. Lo que sorprendió fue la magnitud de su triunfo: casi 50 millones de brasileños votaron por él, dándole el 46% de las preferencias, casi suficientes para convertirlo en presidente de la mayor democracia de América Latina y la novena mayor economía del mundo.

Habrá segunda vuelta el 28 de octubre y hay que empezar a asumir que Bolsonaro la ganará. Su contendor Fernando Haddad, del izquierdista Partido de los Trabajadores (PT), obtuvo el 29% de los sufragios en la primera vuelta. Necesita convencer a otro 21% de los electores para vencer en primera vuelta, mientras Bolsonaro tiene que ganarse apenas a un 4% adicional.

Haddad logrará casi con certeza recibir el apoyo del centroizquierdista Ciro Gomes, quien llegó en tercer lugar con un 12,5% de los votos. Pero sabiendo cómo funciona la política de alianzas en Brasil, el candidato con más probabilidades de ganar consigue más apoyo de los partidos minoritarios, a cambio de ofrecerles alianzas de participación en el gobierno.

Es posible también, pero no probable, que Haddad logre llevar a las urnas a quienes no votaron el 7 de octubre, o que convenza a quienes anularon su voto. Blancos, nulos y abstenciones suman 29% de los votos posibles. Pero el tsunami Bolsonaro parece difícil de contener.

Esto es mala noticia para Brasil. Bolsonaro, quien ha reconocido públicamente que no entiende nada de economía, hasta hace poco tiempo era estatista y es sólo el oportunismo electoral el que lo ha convertido en un adalid del libre mercado que promete cortar drásticamente el gasto y privatizar todas las empresas del Estado. Ha dejado todos los anuncios de política económica en manos de su candidato a ministro de Hacienda, el economista de Chicago, Paulo Guedes. Pero Bolsonaro entró en contradicción durante la campaña, tanto con Guedes como con su candidato a vicepresidente, el general en retiro Hamilton Mourao, quien ha hecho declaraciones que Bolsonaro ha tenido que desmentir.

En lo que no ha habido contradicciones ni desmentidos de Bolsonaro es en su desdén por la democracia y su amor por la dictadura pasada, por la tortura del Estado y en sus ataques a negros, homosexuales y mujeres, todos seres inferiores para este capitán de Ejército violento e ignorante.

No está claro, entonces, cuál será la política económica del gobierno de Bolsonaro. Como senador, ayudó a demoler el proyecto de reforma de las pensiones de Michel Temer, una reforma urgente e imprescindible para la futura viabilidad fiscal de Brasil. Ha dicho que reducirá ese gasto, pero hasta ahora no ha dicho cómo lo hará.

Los empresarios saben todo esto pero han decidido taparse la nariz, mirar el corto plazo y votar igual por Bolsonaro. Y el pueblo brasileño también. Lo que quieren es un cambio, que no haya más corruptela ni recesión ni inseguridad ciudadana. Bolsonaro promete terminar con las tres.

Más que nada, es la carta que impide el regreso del PT al poder. Si hay una cosa que prueba el casi 50% que sacó Bolsonaro en la primera vuelta, es que no quieren el regreso del PT ni de Lula, tras 13 años de gobierno marcados por la crisis económica, la corrupción y el desmadre de la delincuencia.

Y hay que reconocerlo: el PT es obra de Lula; el PT es Lula. El hombre que presidió Brasil, entre 2003 y 2011, y que hoy está en prisión condenado por corrupción, es en gran medida responsable del entuerto político en que está sumido el país. Y si Dilma es responsable por haber profundizado una recesión que tuvo causas externas -el fin del super ciclo de altos precios de los commodities-, los errores de Dilma también son atribuibles a Lula, ya que la nombró su heredera justamente por ser inepta políticamente y nada de brillante, de modo que no opacara su regreso.

Haddad ha sido hasta ahora fiel al rol de delfín de Lula en estas elecciones, un grueso error electoral, pero probablemente irremediable, pues fue Lula quien lo puso en esta posición por el poder de su dedo. Y Haddad sigue profundizando el error al ir a visitarlo a la cárcel el día siguiente de la elección. Brasil no quiere a Lula ni al PT. Queda hoy muy claro que Lula no le habría ganado a Bolsonaro, ya que el voto de este es en gran medida un voto de rechazo al PT y a Lula. Para más pruebas, basta ver que la ex presidenta del PT, Dilma Rousseff, no solo no fue electa senadora, sino que llego en un vergonzoso cuarto lugar en su distrito. En eso queda el discurso de Lula destinado a convencer al mundo que si le hubieran permitido postularse, habría ganado la elección.  

En este contexto, la única forma que tendría Haddad de tener alguna chance de disputarle terreno a Bolsonaro sería demarcándose de Lula. Y también abandonando el nefasto programa económico del PT, que llama a seguir gastando y profundizando el déficit fiscal, y a estatizar más empresas, creando más Petrobrases que ordeñar.

Haddad tiene a su favor un decente track record como alcalde de Sao Paulo, cargo en el que demostró ser un sensato administrador fiscalmente responsable. Y, a diferencia de Bolsonaro, es un demócrata. Tiene muy pocas probabilidades de ganar, es cierto, pero al lado de Bolsonaro, sigue siendo un mejor candidato a presidente para Brasil.