Pocos creen que el cambio de gobierno en Cuba signifique un cambio de régimen. Raúl Castro ha sido reemplazado como presidente, pero sigue a la cabeza del Partido Comunista y de las Fuerzas Armadas.

La presidencia de la república en Cuba ha sido a veces un cargo honorífico cuando no va acompañado del control del partido y de las fuerzas armadas. Tanto así que el nuevo presidente, Miguel Díaz-Canel (58), no es el primero no apellidado Castro que ocupa el cargo. Entre 1959 y 1976 el presidente de Cuba fue Osvaldo Dorticós, y el hecho de que pocos lo recuerden muestra su irrelevancia.

Los Castro, además, siguen en posiciones de control. El único hijo de Raúl, Alejandro Castro (52), está a cargo de la inteligencia y seguridad interna en el ejército y el ministerio del Interior, la operación militar que espía y censura a los cubanos. El yerno de Raúl, general Luis Alberto Rodríguez, es el de facto CEO de Cuba, al encabezar Gaesa, el holding del ejército que maneja las empresas estatales y las inversiones de Cuba, que constituyen el 60% de la economía del país.

Pero  a los 86 años, Raúl ha dado la primera muestra de que comienza a ceder el poder. O al menos, al nombrar presidente de Cuba a Díaz-Canel, confirma lo que planteó al reemplazar en el poder a su hermano Fidel en 2008: que quiere ser Vietnam o China en lugar de Corea del Norte. Que busca la apertura de la economía sin apertura política, que ve el futuro de Cuba en manos de una burocracia en lugar de una dinastía familiar, aunque su familia sin duda seguiría entre los privilegiados.

Occidente, empezando por Estados Unidos e incluyendo a América Latina, debe mantener la puerta abierta e intentar hacer negocios con y en Cuba donde sea posible. En todo problema hay una oportunidad y las empresas de la región debieran hallarlas. Nuestros gobiernos deberían establecer o ampliar acuerdos marco, porque los negocios y la interdependencia económica podrían ayudar en el mediano plazo a la apertura política de isla, que es lo que todos queremos y esperamos.

Castro está renunciando a todas las reuniones con jefes de estado extranjeros en representación de Cuba. Desde hoy, esa labor recae en Díaz-Canel, incluyendo las conversaciones con Estados Unidos. El nuevo presidente es el nuevo rostro del gobierno, y Díaz-Canel es quien hará los discursos y recibirá los aplausos y las rechiflas de la comunidad internacional y el pueblo cubano.

A los 58 años recién cumplidos, el ingeniero Miguel Díaz-Canel no ha mostrado tener pensamiento político o económico propio, lo cual con certeza lo ayudó a ser nombrado en el cargo. Las únicas “modernidades” que ha mostrado son que quiere ampliar el acceso a internet en la isla (aunque censurado), le gusta andar en bicicleta y muestra una discreta simpatía por las causas LGBT.

En lo central, y como era de esperar, el nuevo presidente se ha mostrado “raulista”, lo cual significa continuar con la timidez aperturista que mostró su predecesor.

Seguir con la apertura está bien pero no será suficiente para sacar a los cubanos de la pobreza. Es verdad que ya hay 201 especialidades en que el gobierno otorga licencias para el ejercicio libre de una actividad, de la peluquería a la contabilidad y especialmente los servicios para el turismo. Esa forma de autoempleo beneficia ya al 12% de la fuerza laboral del país, pero el año pasado el régimen mostró que le tiene miedo al posible surgimiento de una clase adinerada que traería desigualdad de ingreso a la isla y, de paso, podría convertirse en una burguesía capaz de alzarse como alternativa de poder. En agosto del año pasado, el gobierno  dejó de otorgar licencias para nuevos restaurantes y hostales. A los pocos meses, restringió las licencias a una actividad por persona.

El restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos que puso en marcha el presidente Barack Obama, al tiempo que relajaba el embargo económico y comercial, ayudó a llevar dólares a la isla, fomentando al mismo tiempo mayor apertura económica. Donald Trump revirtió esa iniciativa, lo cual ha ayudado a la dictadura cubana de dos maneras: le quita a los cubanos mayores tentaciones capitalistas provenientes del norte y vuelve a poner a Estados Unidos como el villano causante de todos los males de la isla, incluyendo la pobreza de sus habitantes.

La economía cubana sigue en estado de coma y no da señales de volver en sí. A pesar de cuantiosos perdonazos de deuda, Cuba sigue endeudada hasta la camisa. La verdad es que ha vivido toda la vida de la caridad ajena, disfrazada de solidaridad socialista. Durante décadas el protector fue Rusia y después llegó al rescate Venezuela, pero esos pozos se han secado. Hoy por hoy, las fábricas no producen casi nada, el campo tampoco, muchos productos de consumo masivo son inexistentes -está prohibido importarlos- y los cubanos se han acostumbrado a los cortes de energía eléctrica. El Estado todavía da alimentación, educación y alguna atención de salud a sus ciudadanos, pero le alcanza apenas.

Sin apertura y sin subsidio solidario de ultramar, hasta esas conquistas del socialismo se verán en peligro. ¿Qué debiera hacer Díaz-Canel si pudiera y quisiera? Para empezar, establecer una política cambiaria  que unifique los dos sistemas monetarios actuales, y una franca apertura a la inversión extranjera. Tal cual funciona el sistema ahora, las empresas del Estado consiguen dólares casi gratis y así pueden seguir operando con una ineficiencia proverbial, mientras los exportadores privados deben pagar un ojo de la cara por cada dólar que les llega del exterior.

Pero una medida así le quitaría poder al complejo productivo militar del régimen. Privatizar las actividades productivas reduce el control estatal de las actividades productivas.

Sin embargo, es posible conservar el control político y al mismo tiempo abrir la economía, como lo demuestran China y Vietnam y como el propio Raúl Castro proclamó que haría. Pero, el gobierno cubano ha anunciado aperturas antes y nunca se ha atrevido a hacerlo en serio. El capitalismo trae riqueza y desigualdad de ingreso e, irónicamente, amenaza la
igualdad en la pobreza de la sociedad cubana.

Cuba ya tiene ricos muy exitosos. Todos están en el exilio, casi todos en Miami. Los cubanos tienen el control político de esa ciudad de Florida y han desarrollado allí una economía con un PIB similar al de Colombia y mayor que el de Chile. De hecho Miami, tomado fuera de Estados Unidos, sería la cuarta economía de América Latina después de Brasil, México y Argentina.

Las remesas de cubanos de Estados Unidos a sus familiares en Cuba son la mayor fuente de divisas que tiene la gente en la isla. Las empresas de cubanos en Estados Unidos, si pudieran y quisieran hacer negocios con la isla, darían un impulso espectacular a su desarrollo.

Occidente, empezando por Estados Unidos e incluyendo a América Latina, debe mantener la puerta abierta e intentar hacer negocios con y en Cuba donde sea posible. En todo problema hay una oportunidad y las empresas de la región debieran hallarlas. Nuestros gobiernos deberían establecer o ampliar acuerdos marco, porque los negocios y la interdependencia económica podrían ayudar en el mediano plazo a la apertura política de isla, que es lo que todos queremos y esperamos. Todo esto dependerá sin duda de la voluntad de Raúl  Castro de implementar cambios económicos significativos en la dirección de integrar a Cuba a la economía mundial. Podría ser que Raúl Castro deje hacer a Díaz-Canel cosas que él no se permitió. Por lo visto hasta ahora, tenemos fundadas dudas respecto de la voluntad real de Raúl Castro de llevar a cabo una nueva política económica que saque a Cuba a lo menos de la profunda pobreza en que está sumida. Ojalá estemos equivocados, por el bien de Cuba.