El pasado domingo 30 de julio el régimen de Maduro terminó por hundir la democracia venezolana al orquestar la elección fraudulenta a una Asamblea Constituyente con plenos poderes. Arrastrados por la máquina de miedo del madurismo, se dice que habrían votado algo más de dos millones de personas (el régimen anuncia más de ocho millones), que se comparan con los 7,2 millones del referéndum de la oposición dos semanas antes.

Esta elección ha sido repudiada como anti-democrática, ilegal y viciada por la Unión Europea, por Colombia, Perú, Brasil, México, Panamá, Estados Unidos, Argentina, Chile (más tímidamente) y otros gobiernos. En nuestro barrio sólo la han aplaudido los gobiernos de Bolivia, Ecuador, Cuba y El Salvador, demostrando una vez más su falta de vocación democrática y humanitaria.

Los gobiernos latinoamericanos, de la Unión Europea y los Estados Unidos, deben declarar que no reconocerán a la Asamblea Constituyente fraudulenta como un poder del estado venezolano. Y que, en cambio, reconocen a la Asamblea Nacional elegida democráticamente como el único representante legítimo del pueblo venezolano.

A dos día de la farsa electoral, la dictadura ya arremetió, encarcelando nuevamente a dos de los principales líderes de la oposición, Antonio Ledezma y Leopoldo López, que se suman así a los más de 400 presos políticos de Maduro. En los próximos días se espera el enfrentamiento entre la Asamblea Constituyente fraudulenta, y la Asamblea Nacional legítima, elegida democráticamente en 2015 y con mayoría opositora. Se teme que, con el apoyo violento de las Fuerzas Armadas y de seguridad, la Asamblea Nacional legítima sea desbandada y sustituida por la Constituyente del fraude. Con eso parecería que el triunfo de Maduro sería asegurado. La Constituyente tiene atribuciones para reescribir la Constitución y, entre otras cosas, podría permitir que Maduro –u otro de su banda- sea reelegido cuantas veces quiera.

Se podría pensar que con esto el régimen de Maduro se consolida como dictadura, que tiene todo a su haber y que se puede prolongar por años y años; que a la oposición no le queda más camino que el doblegarse o exiliarse; o que la única forma de derribarlo sea por la pura fuerza de las armas, por la vía de una guerra civil abierta o un golpe de estado militar. No podemos descartar que finalmente alguno de esos sea el curso que tomen los acontecimientos. Y que si la dictadura se consolida, Venezuela se termine de estructurar como un estado fallido, un narco-estado aliado de las Coreas del Norte de este mundo.

Pero nos parece precipitado sacar esas conclusiones. Pues aún hay una muy viva y sólida resistencia nacional, popular, a la dictadura de Maduro. Por más de tres meses se ha desarrollado en las calles una manifestación continua contra el régimen. A ello se agregan la solidaridad y la condena a este fraude electoral por parte de la enorme mayoría de estados latinoamericanos, de Estados Unidos y de la Unión Europea.

Esa solidaridad hoy tiene que demostrarse con hechos concretos. Si no se implementan rápidamente, se le facilitará a Maduro consolidar su dictadura. Entre estas medidas, creemos que las siguientes urgen:

- Declaración de los gobiernos latinoamericanos, la Unión Europea y los Estados Unidos de que no reconocerán a la Asamblea Constituyente fraudulenta como un poder del estado venezolano.

- Que, en cambio, reconocen a la Asamblea Nacional elegida democráticamente como el único representante legítimo del pueblo venezolano.

- Que por ello repudian la entronización dictatorial del régimen de Nicolás Maduro y lo emplazan a entregar el poder a la Asamblea Nacional, al tiempo a que lo invitan a negociar su retiro en condiciones que le aseguren una salida prudente y segura para él, su familia y sus colaboradores.

- Que le solicitan a la Asamblea Nacional organizar a la brevedad elecciones libres para presidente bajo la Constitución venezolana actual.

- Que conminan a las FFAA y de Seguridad de Venezuela a dejar de reprimir al pueblo venezolano, liberar ya a los presos políticos, y a cautelar este proceso de recuperación democrática.

 Para dar fuerza a un programa de recuperación democrática como éste, los estados de América Latina (claro, con la excepción de los sospechosos de siempre), Europa y Estados Unidos deberían:

- Congelar las relaciones diplomáticas con el régimen de Maduro. Retirar a sus embajadores, como ya lo ha hecho Colombia.

- Cortar todos los mecanismos de financiamiento, público, multilateral y privado, utilizados por el estado venezolano y Pdvsa para reciclar y aumentar su deuda externa. El Banco Mundial y el BID deben cerrar las puertas a nuevos préstamos para Venezuela, con la sola excepción de líneas de crédito destinadas a mitigar la crisis humanitaria que vive el país. Debe iniciarse una campaña para evitar que la banca privada internacional siga financiando a la dictadura, por disitntas vías. Sin apoyo financiero, Venezuela va hacia un default que desestabilizará a la dictadura.

- Los países de la región deben terminar sus acuerdos económicos y comerciales con la dictadura y congelar sus relaciones económicas y comerciales privadas con Venezuela, a excepción de aquellos acuerdos o intercambios que signifiquen flujo de alimentos y de medicamentos para el pueblo venezolano.

Junto con reconocer y apoyar a la Asamblea Nacional y otras organizaciones de oposición, los países latinoamericanos deben abrir sus puertas a inmigrantes venezolanos.

Todas estas medidas están dirigidas finalmente a exigirle a Nicolás Maduro que entregue el poder. Y ofrecerle una salida, porque no se irá a la buena de otra forma. A él y a su corte de sicofantes hay que ofrecerles una jubilación cómoda en las cadenciosas playas de Cuba, en la ribera iraní del Mar Caspio, o al borde del Neva en San Petersburgo. Raúl Castro, tan involucrado pero cuyo negocio venezolano se ha ido a pique hace ya un rato, se haría un bien a sí mismo, a Venezuela y a la región si le abre las puertas de Cuba a Maduro y sus compinches. Aceptar una salida así sería el gran gesto generoso que podría dar la oposición. A veces hay que pagar un precio por la democracia y por la construcción del futuro.

Pero que quede claro: América Latina no acepta más dictaduras. Y a esta se la podría derribar pacíficamente.