Sorprendiendo a todos, el billonario derechista Sebastián Piñera ha ganado la elección presidencial en segunda vuelta en Chile, consiguiendo un holgado 55% de los votos contra el 45% del candidato de gobierno, el senador Alejandro Guillier.

El resultado no es malo para Chile, como tampoco lo habría sido si hubiera ganado el candidato perdedor. Ninguno de los dos obtuvo la mayoría absoluta en la primera vuelta, cuyos resultados también sorprendieron a todos, aunque por motivos distintos. Lo que caracterizó al primer resultado fue la alta votación de los extremos: la ultraderecha pinochetista y una izquierda polimorfa cuya bandera unificadora era el rechazo al modelo capitalista de desarrollo chileno que en 30 años ha convertido a ese país en el más rico de América Latina, pero que no ha sido capaz de reducir la pronunciada desigualdad de ingreso que hay en el país: Chile tiene un ingreso de US$ 24.000 anuales por habitante, y sin embargo, la mitad de los chilenos integrados a la economía formal ganan menos de US$ 5.000 al año.

Para aprobar sus proyectos de ley, el gobierno de Sebastián Piñera necesitará más diálogo y más negociaciones que a las que estuvo acostumbrado en su primer período. La gobernabilidad puede serle esquiva, lo cual es un obstáculo, pero también debiera ser un desafío estimulante. Dialogar y llegar a acuerdos con fuerzas de distinto signo es el corazón de la democracia y la política es el arte de lo posible.

Lo que sorprendió en la segunda vuelta fue una reversión de los resultados de la primera. Piñera, sumando sus votos a los de la ultraderecha, que era de esperar lo apoyaría, obtuvo el 45% de los votos en primera vuelta. Los votos que obtuvo Guillier, sumados a los de los candidatos de izquierda que se esperaba lo apoyarían, llegaron en primera vuelta al 55%. Y los resultados de la segunda vuelta fueron casi exactamente al revés.

No era complicado interpretar resultados tan claros. En el momento decisivo entre dos modelos de conducción de país, los chilenos optaron por el capitalismo con guiños sociales de Piñera al modelo mixto y continuista de Guillier. Es claro que Piñera leyó mejor a los chilenos que Gullier. Los chilenos, como resultados de la modernizacion capitalista de los últimos 30 años están contentos, con el acceso al mercado ganado en todos estos años, la posibilidad de tener un automóvil, bienes durables, un computador, etc., etc. No obstante, les angustia la vejez, y por tanto, aspiran a un sistema de pensiones que les garantice seguridad económica en los últimos anos de su vida; también les angustia la educación de sus hijos y la salud. Piñera entendió todo esto y en una voltereta impresionante ofreció para la segunda vuelta educación superior gratuita para el 60 % más pobre y se abrió a cambios en el sistema de pensiones chileno, basado en el ahorro individual, que no está brindando pensiones dignas a la gran mayoria de la población. Por otro lado, Guiller tratando de capturar la alta votación obtenida por el Frente Amplio, hizo guiños hacia la izquierda, creyendo que la votación del Frente Amplio era un voto duro de izquierda. La realidad demostró que no era un voto tan duro. De hecho, se estima que aproximadamente un 8% de los votantes de Beatriz Sánchez, candidata del Frente Amplio, votaron en el balotaje por Piñera. Al mismo tiempo, mucho de los votantes más a la izquierda del Frente Amplio no fueron a votar al balotaje.

Los programas de gobierno, los modelos de sociedad, los planteamientos políticos y económicos de ambos candidatos son uno de los componentes del resultado, pero no el único, por supuesto. Piñera, quien llega a la presidencia por segunda vez, fue mejor candidato que el novato Guillier, quien no supo articular una personalidad mediática convincente ni enarbolar banderas que le definieran. Guillier tuvo que cargar además con el peso de ser el abanderado de un gobierno saliente, con bajo rating de popularidad durante la mayor parte de su mandato. Piñera tuvo el apoyo decidido de los partidos de derecha, sobre todo para la segunda vuelta, mientras Guillier batallaba con los empujones y tironeos que en uno y otro sentido le daban los partidos de la coalición de gobierno, una alianza política en plena desintegración y que tendra que recorrer un largo camino de recomposcion si quiere volver al gobierno. La campaña de Piñera fue consistente, abundante en recursos y fuerte en los medios y en el casa a casa. La de Guillier fue improvisada y se centró en los medios, sin suficiente contacto directo con los votantes.

La baja popularidad del gobierno saliente, encabezado por Michele Bachelet, se debe en gran medida a que Chile empezó a bajar su ritmo de crecimiento el año en que la presidenta saliente fue elegida para un segundo período. Pero esa desaceleración se debe principalmente a la baja significativa en el precio internacional del cobre que tuvo que enfrentar el gobierno de Bachelet desde sus inicios, una variable completamente externa. El 40% de las divisas que recibe Chile vienen de las exportaciones de cobre, lo cual permite entender la fuerte desaleracion de la economía chilena durante los ultimos cuatro años del gobierno de Bachelet; tampoco es casualidad que en los últimos meses el gobierno actual fue mejorando su nivel de aprobación, justo cuando el precio del cobre ha empezado a subir de manera importante.

Mirándolo en retrospectiva, el gobierno de Michele Bachelet cumplió con casi todas las promesas de campaña, desde el fin del sistema electoral binominal a la legalización del aborto terapéutico. Algunas de sus reformas fueron controvertidas, como las reformas educacional y tributaria, pero más por sus problemas de secuenciamiento, alcance y puesta en marcha que por su concepción. Los errores de Bachelet se debieron más a que diseñó sus reformas en condiciones económicas más holgadas y en que no supo leer la coyuntura, aferrándose a un plan original de reformas que no se sostenían con una baja de ingresos ante el menor precio del cobre. Tampoco la ayudó no reaccionar con energía frente a una serie de casos de corrupción que afectaron al gobierno, al Poder Legislativo, a instituciones del Estado y hasta a su propia familia. Producto de estas torpezas y azares, la socialista Bachelet, por segunda vez, deberá entregarle la banda al centroderechista Sebastián Piñera. No obstante lo anterior, el verdadero legado de la presidenta Bachelet es haber puesto en el tapete la gratuidad en la educacion y la necesidad de garantizar ciertos derechos sociales. La mejor prueba de esto es que el presidente electo, Sebastián Piñera, en sus primeros dias de haber sido elegido, está mostrando que su compromiso con la gratuidad de la educación no fue solo una promesa de campaña.

En efecto, en sus primeras declaraciones como presidente electo, Piñera no se ha envalentonado con su holgada victoria y ha apuntado al centro. Sabia decisión, porque deberá gobernar con un Parlamento mucho más fragmentado que el que ha tenido Chile desde su recomposición tras el retorno a la democracia en 1990. Las dos coaliciones que dominaron el Poder Legislativo chileno se han convertido en cuatro, tal como señaló AméricaEconomía hace un mes, comentando en un editorial los resultados de la primera vuelta electoral. Para aprobar sus proyectos de ley, el gobierno de Sebastián Piñera necesitará más diálogo y más negociaciones que a las que estuvo acostumbrado en su primer período. La gobernabilidad puede serle esquiva, lo cual es un obstáculo, pero también debiera ser un desafío estimulante. Dialogar y llegar a acuerdos con fuerzas de distinto signo es el corazón de la democracia y la política es el arte de lo posible.