Esta vez las encuestas no se equivocaron: nadie sacó mayoría absoluta en las elecciones presidenciales colombianas del 27 de mayo. Y los resultados muestran que se ha acentuado la polarización en el país.

Los dos contendores para la segunda vuelta del 17 de junio son los que están en los extremos del abanico político del país. El candidato apoyado por la derecha conservadora y la ultraderecha Iván Duque (41) y el populista de izquierda Gustavo Petro (58). Cualquiera de los dos que gane la presidencia del país hasta 2024 tendrá por delante más dificultades para gobernar que si hubiera ganado alguno de los candidatos  con una posición más cercana al centro.

Con más de 39% de los sufragios, Duque es delfín del controvertido ex presidente Álvaro Uribe, enemigo acérrimo del acuerdo de paz con la guerrilla iniciado en 2016. El ex alcalde de Bogotá y ex guerrillero Petro, con su 25% de los votos, se convierte en el primer izquierdista con posibilidades reales de llegar democráticamente a la presidencia del país.

AméricaEconomía piensa que se ha configurado un mal escenario para el futuro de Colombia, ya que en la actual coyuntura los colombianos deberán elegir entre dos alternativas extremas. Esperamos, sí, que tras la lucha electoral, cualquiera sea el elegido, modere su posición. La historia de las últimas décadas muestra que Colombia es un país moderado y que las fuerzas más extremistas han operado siempre en los márgenes del sistema.

La primera mayoría obtenida por Duque se sustenta, principalmente, en el descontento de muchos colombianos con el acuerdo de paz que puso fin a una guerra civil de 50 años negociado y puesto en marcha por el saliente Juan Manuel Santos. El acuerdo de paz, que le dio a Santos el Premio Nobel de la Paz en 2017 y fue alabado en todos los foros internacionales, fue controvertido en Colombia en su concepción y puesta en marcha.

La paz puso fin a un conflicto armado entre el principal grupo guerrillero de Colombia (FARC) y el Estado colombiano, que causó más de 200.000 muertos y forzó el desplazamiento de unos 7 millones de personas que huyeron de las zonas en conflicto. El acuerdo exigía a los guerrilleros a renunciar a la vía armada y hacer un acto público de contrición, al tiempo que obligaba a la sociedad colombiana a perdonarlos y darles un lugar en la vida civil y política del país. Santos buscó legitimar su plan con un plebiscito en octubre de 2016, pero los colombianos lo rechazaron por leve mayoría, considerando que era demasiado generoso con los guerrilleros. Un acuerdo revisado, poco más estricto que el original, fue firmado un mes más tarde sin ratificación popular.

El derechista Duque ancló su campaña en el descontento de muchos colombianos con el acuerdo de paz, quienes siguen considerando que las FARC se la han llevado demasiado fácil, con beneficios que para algunos rayan en la impunidad. Duque ha prometido echar pie atrás en varios puntos del acuerdo, incluyendo el que permite a las FARC convertirse en partido político y participar en la vida política del país, garantizándoles incluso unos pocos puestos en el Poder Legislativo.

También ayudó a Duque la crisis de refugiados venezolanos que ha afectado a Colombia, más que a ningún otro país del mundo. Más de un millón de venezolanos han cruzado la frontera en los últimos años, muchos de ellos descendientes de colombianos que emigraron a la “Venezuela Saudita” de los años 70 y 80. La ola inmigratoria ha tenido un fuerte impacto en el desempleo, ya complicado por el flujo de población rural a las ciudades. El desempleo ha subido sostenidamente llegando a 11,8% en marzo pasado. La agenda liberal de Duque promete mayor crecimiento económico y una simplificación del código tributario, además de la completa erradicación de las plantaciones de coca y una guerra sin cuartel contra el narcotráfico.

La candidatura de Petro, por su parte, atrajo a los jóvenes y a los pobres con su discurso antiestablishment y anticorrupción. La máquina latinoamericana de sobornos de la brasileña Odebrecht ha afectado a políticos de todos los sectores políticos en Colombia, y la plataforma anticorrupción de Petro incluye un componente clave: asegurar la plena independencia del poder judicial, pieza fundamental no sólo para combatir la corrupción sino también para consolidar la democracia y establecer la igualdad de los colombianos ante la ley. En materia de lucha contra la pobreza, Petro ha prometido mejorar las condiciones laborales, nacionalizar la salud e introducir una reforma agraria destinada a beneficiar a los pobres de las zonas rurales.

Habría sido mejor para Colombia que no hubieran llegado a la segunda vuelta ni Duque ni Petro, sino candidatos más moderados, como el centrista Sergio Fajardo o Germán Vargas Lleras, el candidato continuador del saliente Juan Manuel Santos. Con uno de ellos, Colombia habría seguido con más facilidad el  camino de continuidad y moderación que le dio crecimiento y estabilidad en los últimos diez años. El acuerdo de paz puede sonar injusto a muchos colombianos, pero ha logrado su objetivo, cosa que se pensaba imposible hasta hace poco tiempo.

No hay duda que dados los resultados de la primera vuelta electoral la lucha entre Duque y Petro será despiadada, ya que de los casi 20 millones que votaron  - una cifra récord de participación en el país- más del 35% no votó ni por Duque ni Petro, lo que deja abierto los resultados del balotaje. Duque insistirá en asociar a Petro al “castrochavismo”, lo cual, sin duda, es una caricatura, pero que en la actual coyuntura puede funcionar. No debemos olvidar que en la  campaña presidencial de Chile, a finales del año pasado, el slogan de Chilezuela ayudó a la candidatura del presidente Sebastián  Piñera, y eso que Chile queda bastante más lejos de Venezuela que Colombia, que el candidato de la centro Izquierda chilena no era un ex guerrillero, y que su coalición de centro izquierda gobernó Chile por 20 años con mucha moderación y éxito.

Petro, por su parte, tendrá que moderar su discurso anti sistema para intentar capturar los votos de Fajardo y Vargas Lleras. De hecho, en sus primeras declaraciones una vez conocidos los resultados, tendió puentes hacia ambos. No obstante, Fajardo, el tercero más votado con 23,7%, no ha reaccionado a las declaraciones de Petro y no sabemos cuál  será su posición al respecto.

El otro fenómeno importante que marca  esta elección en Colombia es el fin de la era de los partidos tradicionales -Conservador y Liberal-,  los cuales obtuvieron resultados desastrosos, lo que sin duda, abre una incógnita sobre cómo se va a reconfigurar el ecosistema político en Colombia de aquí en adelante.

AméricaEconomía piensa que se ha configurado un mal escenario para el futuro de Colombia, ya que en la actual coyuntura los colombianos deberán elegir entre dos alternativas extremas. Esperamos sí, que una vez pasada la lucha electoral, cualquiera que sea el elegido, éste modere su posición, ya que las elecciones de ayer y la historia de las últimas décadas muestran que Colombia es un país moderado y que las fuerzas más extremistas han operado siempre en los márgenes del sistema.