El 7 de agosto próximo asumirá Iván Duque, el joven candidato derechista que ganó la segunda vuelta de la elección presidencial colombiana con un 54% de los votos. Pero no esperará hasta entonces para poner en marcha su gobierno. De hecho, en la misma noche de la elección anunció que va a hacer cambios en el plan de paz lanzado por el presidente saliente, Juan Manuel Santos, en 2016.

No fue una sorpresa. Duque es el delfín del ex presidente Alvaro Uribe (2002-2006 y 2006-2010), quien intensificó la acción armada contra la guerrilla izquierdista sin reprimir con igual celo a los grupos paramilitares que las combatían. Uribe debilitó a la guerrilla, lo cual facilitó que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) aceptaran las conversaciones de paz, pero sus métodos y su discurso también profundizaron la polarización existente hoy en Colombia, situación que dificultará el gobierno de Duque.

Uribe ha sido el opositor más acérrimo del proceso de paz iniciado por Santos, a quien acusa de ser demasiado generoso con la guerrilla y de haber puesto la paz por encima de la justicia.

La mayoría de los colombianos ha estado de acuerdo con Uribe dos veces: en el plebiscito de 2016, cuando votaron “No” al plan de paz de Santos (que fue finalmente firmado con algunas modificaciones y sin ratificación popular) y ahora, al elegir al candidato Duque.

El anuncio del presidente electo no habló de revertir el proceso de paz, como su padrino político Uribe habría querido. Duque habló de modificar el proceso de paz, alineándose con la posición uribista en principio, pero sin llegar al extremo de borrón y cuenta nueva.

Bien para él y para Colombia. La paz será difícil, pero no puede ser peor que un conflicto armado de 50 años, que mantuvo zonas del país en manos de ejércitos guerrilleros durante décadas, facilitó el narcotráfico y causó la muerte de más de 200.000 personas.

Y si bien la paz fue el punto más conflictivo de la campaña presidencial, y seguirá siéndolo para el gobierno de Duque, hay varios otros temas que están entrando a codazos en la agenda colombiana. La corrupción se ha convertido en problema visible, tras el destape de escándalos de sobornos y tráfico de influencias en Colombia al igual que casi todos los países de la región. El cultivo de coca ha aumentado en los últimos años, causando un problema adicional a los esfuerzos de paz. La crisis de refugiados venezolanos, que también se ha notado en todo el continente, en Colombia es un torrente que según algunas estimaciones llega a un total de 800.000 inmigrantes legales o ilegales que han entrado al país por la porosa frontera.

La tragedia venezolana ayudó a ganar a Duque, el candidato.representante de “la ley y el orden”, y a favor de los negocios. Su contendor en la segunda vuelta, el ex alcalde Gustavo Petro, estaba muy lejos de proponer el chavismo para Colombia, pero provenía de la izquierda y fue caricaturizado como el Maduro colombiano.

Las proyecciones macroeconómicas ayudan a Duque. El pronóstico de crecimiento del FMI para este año es del 2,7% y de 3,3% para 2019, con tasas de inflación inferiores al 3,5% anual. Colombia acaba de ser aceptado en ese club de países ricos que es la OCDE, agrupación que ya tiene entre sus miembros a otros dos países latinoamericanos, Chile y México.

Con esos dos países, más Perú, Colombia ha formado la Alianza del Pacífico, una exitosa plataforma multilateral de integración económica y comercial que se podría profundizar e integrar a la región como un bloque en la eventual alianza de cooperación de la cuenca del Pacífico que se constituya en los próximos años.

La plataforma económica del presidente electo es pura fidelidad al canon liberal: reducir el tamaño del estado, bajar los impuestos, seguir apostando al libre comercio, promover la actividad emprendedora.

Si no se vulnera la paz, esas medidas deberían dar a Colombia cuatro años de sostenido crecimiento. Pero como miembro de la OCDE, el país enfrenta un desafío económico nuevo que hasta ahora no ha priorizado: la desigualdad social y desigualdad de ingreso.

Colombia es el país con mayor desigualdad entre ricos y pobres de América del Sur. Un reciente estudio de la propia OCDE muestra que un niño colombiano nacido en un hogar pobre tarda en promedio 11 generaciones (o 300 años) en alcanzar un nivel medio de ingresos. En Chile, un país no precisamente igualitario, el niño pobre tarda en promedio 6 generaciones o 180 años en llegar a tener ingresos medios.

No son pocos los desafíos que tiene Duque por delante. A los 41 años de edad, es el presidente electo más joven en la historia de Colombia (cumple 42 una semana antes de asumir en agosto) y, con más de 10 millones de votos, es el candidato que más apoyo popular ha recibido en la historia de los comicios colombianos. Ambos hechos debieran ayudarlo a llevar a cabo su tarea y la juventud debiera ayudarlo a tener flexibilidad.

Que va a necesitar flexibilidad no hay duda. Si quiere gobernar para todos los colombianos, Duque debe acercarse al centro y alejarse un poco de su padrino político Alvaro Uribe, lo cual tampoco es fácil, porque fue el apoyo de Uribe lo que lo ha llevado a la presidencia de Colombia.

Si quiere gobernar para todos los colombianos, Duque tiene que tomar en cuenta a los más de ocho millones de electores que votaron por Gustavo Petro, la más alta votación que ha tenido la izquierda en la historia de Colombia. No solo eso: Petro ganó las elecciones en Bogotá. Si no piensa en los electores que no votaron por él, si no se mueve hacia el centro, Duque podría terminar entregándole el gobierno a la izquierda en 2022.

Sagacidad política ya ha demostrado tener y habilidad diplomática es algo que tiene que haber aprendido en los diez años que pasó como funcionario internacional en el Banco Interamericano de Desarrollo, antes de volver a Colombia para iniciar su carrera política en 2015.

También tiene en sus manos la paz de Colombia y el desafío de la igualdad. No es poca cosa. Y el diablo está en los detalles.