La pandemia del coronavirus Covid-19 ya afecta a lo menos 150 países y 220.000 personas han sido diagnosticadas. Es probable que esta cifra sea en realidad de 6 a 8 veces mayor, dada la gran cantidad de gente que es asintomática o no ha podido ser diagnosticada por la escasez del test en un gran número de países -incluyendo EE.UU.-, pero que tiene la capacidad de contagiar a mucha gente.

El virus ya ha cobrado la muerte de aproximadamente 10.000 personas, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), y al día de hoy ya es Italia, y no China, quien tiene el amargo récord de fallecidos. Mientras, toda Europa se encuentra asolada por el virus. En Estados Unidos, ha comenzado con fuerza la propagación del coronavirus esta semana, y al 19 de marzo ya hay 12.000 casos confirmados y 182 personas muertas. Cifras que están creciendo exponencialmente.

En América Latina, el problema está recién comenzando y se espera que lo peor ocurrira en los meses de abril y mayo, cuando llegue el invierno al hemisferio sur. Pero ya todos los países, en alguna medida, están tomando medidas para contener el virus, cerrando las fronteras, restringiendo la circulación de personas, cerrando los colegios y universidades, y en algunos casos decretando incluso toque de queda.

Al enorme costo humano en vidas se viene a sumar una brutal crisis económica mundial: el mundo está cerrado por enfermedad. Una primera idea del impacto posible lo dan las cifras de China, en enero y febrero, con la crisis ya desatada: caída de -13,5% del PIB, de -20,5% en ventas minoristas y de -24,5% en inversión en activos fijos. Y eso cuando el resto del mundo funcionaba.

En la que es quizá su frase más famosa, y más errada, Margaret Thatcher dijo que "no hay tal cosa como la sociedad: hay individuos y familias". Esta gigantesca crisis de salud y económica mundial nos viene a recordar que somos sociedad, y que nos organizamos y funcionamos gracias a instituciones. Y que el Estado tiene un rol insustituible y clave que jugar, no menor, sino que distinto y complementario al de las empresas e individuos.

Lo que no se sabe y genera máxima incertidumbre es cuánto tiempo permanecerá el Covid-19. Sectores como el turismo, la aviación comercial, restaurantes y retail presencial -con la excepción de supermercados y farmacias- han visto disminuir sus ventas de manera dramática en todo el mundo. La gente definitivamente no está comprando, no solo porque ha debido quedarse en sus casas, sino porque está en pánico. Las bolsas han caído estrepitosamente en todo el mundo: en torno al 25% el S&P 500; 33% el FTSE 100 de Londres; 44% el Bovespa de Sao Paulo; 25% el Ipsa de Santiago de Chile, y así...

América Latina recibe la ingrata visita del Covid-19 en un mal momento. Según estimaciones de Cepal, la región creció apenas 0,1 % en 2019, y sus pronósticos situaban la tasa de crecimiento en alrededor del 1,9 % en un escenario sin Covid-19. Es claro que en este nuevo escenario la región se contraerá fuertemente, afectada por factores internos y externos, como la caída del precio de las materias primas, que ya es un hecho. El petróleo está en precios dramáticamente bajos, al igual que los metales. Los dos grandes países de la región, México y Brasil, se verán afectados además por la interrupción de las cadenas globales de suministro a las cuales están muy integrados, especialmente México.

Frente a esta situación, los países están respondiendo con medidas de mitigación, de política fiscal y monetaria: baja de tasas de interés, aumento del gasto social focalizado en los más vulnerables, postergación de pago de impuestos, suspensión o prórroga de pago de créditos bancarios, subsidios para pagar salarios, apoyo a pequeñas y medianas empresas con líneas de crédito y otras medidas con el objeto de evitar un colapso masivo de la actividad económica.

Conscientes de que a la política monetaria ya no le quedaba mucho margen de maniobra -y a pesar que los bancos centrales de todo el mundo bajaron las tasas de interés a valores cercanos a cero-, los países están lanzando paquetes de medidas de política fiscal sin excepciones.

El gobierno de Donald Trump ha revelado que tiene un plan del orden de US$1 billón (un millón de millones), que representa aproximadamente 5 % del GDP del país. Este incluye medidas de salvataje de ciertas industrias, tales como la aviación comercial, el turismo. También incluye ayuda al sector de medianas y pequeñas empresas e ingresos directos a personas y familias por la vía de enviarles un cheque. En Europa, Alemania está proponiendo un paquete que llega al 16 % del GDP, y Francia del 14 % del GDP, aunque una parte muy importante de esto es de responsabilidad de sus bancos centrales, no política fiscal. El gobierno conservador del Reino Unido, reticente hasta ahora a actuar, acaba de anunciar un fuerte paquete de medidas que incluye hacerse cargo del pago de hasta 80% de los salarios de las empresas.

En este contexto de crisis planetaria se echa de menos un liderazgo que aliente la coordinación global, como se hizo en la crisis de 2008 bajo la fuerte conducción de Estados Unidos, con el presidente Barak Obama y la Fed a la cabeza. Consideramos vital el despliegue de acciones multilaterales potentes, tanto en lo sanitario como en lo económico, ya que sin ellas será muy difícil combatir la pandemia. Claro, no podemos tener ahora tal liderazgo de los Estados Unidos bajo la conducción del aislacionista Trump, que entre sus muchas atrocidades diarias calificó al Covid-19 de "virus chino". El deterioro que generó Trump en las relaciones con China y Europa Occidental será un pesado pasivo en la resolución de la crisis.

De cualquier manera, la historia nos enseña que esta crisis también pasará. Hoy se trata de minimizar sus daños y secuelas. Y tras la crisis, de seguro, muchas cosas cambiarán. En su paso, esperamos, se llevará prejuicios y creencias. Una de ellas probablemente será la idea, que aún muchos suscriben hoy en día, que siempre el Estado es parte del problema y no de la solución; el dogma de que necesitamos un Estado lo más pequeño posible. Los mismos jefes de grandes bancos que declamaban esto como artículo de fe, acudieron llorosos a implorar el apoyo del Estado para que sus bancos no quebraran tras la crisis de 2008, y lo obtuvieron. Hoy es toda la población la que exige, en primer lugar, sistemas de salud y apoyo estatal que den cuenta de la emergencia, mientras empresas y trabajadores acuden al Estado para que ayude a mitigar esta crisis que suma una crisis de oferta -por el quiebre de cadenas de suministro- con una crisis de demanda, por la caída del empleo, de las remuneraciones y la cuasi imposibilidad de consumir. Muchos economistas ya hablan del Estado como el demandante o comprador de última instancia, equivalente al rol de los bancos centrales como prestamista de última instancia.

En la que es quizá su frase más famosa, y más errada, Margaret Thatcher dijo que "no hay tal cosa como la sociedad: hay individuos y familias". Esta gigantesca crisis de salud y económica mundial nos viene a recordar que somos sociedad, y que nos organizamos y funcionamos gracias a instituciones. Y que el Estado tiene un rol insustituible y clave que jugar, no menor, sino que distinto y complementario al de las empresas e individuos.