Un suspiro de alivio surgió de la reunión de G20 en Buenos Aires el sábado 1 de diciembre cuando Estados Unidos anunció que ha postergado por 90 días una nueva alza de aranceles para productos que China exporta a Estados Unidos. No hay duda que Trump, asustado por la alta volatilidad de los mercados en EE.UU. y por el coro de voces de analistas que dicen que EE.UU. estaría ad portas de una contracción económica o al menos una desaceleración, debe de haber calculado que su reelección en 2020 se pone en peligro si la situación económica se complica. Y decidió comprar tiempo, por ahora.

El acuerdo, anunciado tras una reunión bilateral entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el premier chino, Xi Jinping, da un respiro de tres meses a los US$200.000 millones en bienes chinos que EE.UU. importa hoy con un arancel de 10% y que a partir del 1 de enero iban a ser gravados con 25%.

Esta postergación da tiempo a que ambos países prosigan negociaciones sobre sus diferendos comerciales. Pero, en un comunicado oficial, la Casa Blanca advirtió que si no se llega a un acuerdo en ese plazo, se elevarán los aranceles a la cifra amenazante.

Se trata, entonces, de un cese al fuego -y no la paz- en la guerra comercial entre los dos países que constituyen la relación bilateral más importante del mundo.

El acuerdo, anunciado tras una reunión bilateral entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el premier chino, Xi Jinping, da un respiro de tres meses a los US$200.000 millones en bienes chinos que EE.UU. importa hoy con un arancel de 10% y que a partir del 1 de enero iban a ser gravados con 25%.

EE.UU. dijo también que China ha acordado a comprar una cantidad “aún no acordada pero muy sustancial” de productos agrícolas, energéticos, industriales y otros de Estados
Unidos”, a fin de reducir la brecha comercial entre ambos países.

Estados Unidos compró US$506.000 millones de China el año pasado y le vendió US$130.000 millones. La ya gran brecha a favor de China se ha acrecentado este año a pesar
de la política de Trump, quien ha reclamado consistentemente contra el déficit desde que era candidato, con el grito de guerra de “fair trade” (comercio justo) en lugar de “free
trade” (comercio libre). Estados Unidos ya impuso aranceles de 10% a la importación de bienes chinos por US$250.000 millones y China ha respondido con aranceles a bienes estadounidenses por US$110.000 millones.

Según la Casa Blanca, ambos países también acordaron iniciar negociaciones en los temas de transferencia tecnológica, propiedad intelectual, barreras no arancelarias,
espionaje digital y ciberdelito. Esta arista de la penetración china afecta a todo el mundo, no sólo a Estados Unidos, y requiere una solución global.

China, sin embargo, fue bastante más lacónica en sus declaraciones después de anunciado el acuerdo. En una breve declaración, el canciller Wang Yi dijo que el acuerdo
ha prevenido un aumento de la fricción entre ambos países y abre un nuevo espacio para la cooperación. Como si fuese un éxito de Xi Jinping.

El acuerdo se podría considerar positivo pero lo único bueno que tiene es que no empeora las cosas. La guerra de aranceles con China y la imposición de aranceles estadounidenses al acero y al aluminio urbi et orbi han convertido en “nuevo normal” un orden internacional que acepta el proteccionismo estadounidense y parece haberse olvidado del libre comercio. De hecho, la declaración final del G20 no condena el proteccionismo, algo que debió hacer.

Otra concesión al unilateralismo estadounidense fue el hecho de que los 20 firmantes, en lugar de hacer un llamado a defender la Organización Mundial del Comercio como plataforma para resolver los diferendos comerciales en un marco multilateral, acordaron ver la posibilidad de reformar la institución. Esa reforma de la OMC es algo que está exigiendo EE.UU. so pena de retirarse de la organización.

El otro hito de la cita cumbre de Buenos Aires fue la firma del nuevo tratado comercial entre Estados Unidos, México y Canadá, que reemplaza al Nafta.  Otra vez más, lo que se celebra es que al menos se haya firmado algo y el mundo se alegra de no tener algo más que lamentar. Pero el hecho es que el nuevo Nafta no es un acuerdo de libre comercio, responde al proteccionismo de Donad Trump y no ayuda a la construcción de una Norteamérica económicamente saludable, en un contexto internacional en que se necesita tener buena salud económica para enfrentar los vientos malos que vienen en el panorama económico global.

Para algunos será un consuelo que al menos haya habido declaración conjunta. Este año, tanto en la cumbre de los países industrializados de G7, como en la reunión de los países de la cuenca del Pacífico (APEC), el unilateralismo estadounidense sonó tan fuerte que no hubo acuerdo para una declaración conjunta.

Pero la debilidad de los acuerdos en G20 fue tan grande que, lamentablemente, sólo muestra los malos tiempos que corren para el multilateralismo y el libre comercio.