Es buena noticia que la reunión del G7 en Biarritz haya terminado en relativa paz y sin que Donald Trump agraviara a ninguno de sus pares europeos: el cetro de villano invitado (in absentia, eso sí) se lo llevó esta vez el presidente brasileño Jair Bolsonaro. Trump pasó casi inadvertido si se lo compara con la reunión anterior de G7, realizada en Canadá en 2018, cuando insultó al premier canadiense, Justin Trudeau y se negó a firmar la declaración conjunta.

Esta vez, el anfitrión Emmanuel Macron decidió que era mejor no terminar con una declaración conjunta para evitar un bochorno. Y los otros jefes de estado participantes tuvieron cuidado de no criticar a Trump, quien ya sabemos no es tolerante a la crítica. Lo más fuerte que tuvo que soportar fue una ironía del nuevo primer ministro británico Boris Johnson, quien dijo que al Reino Unido le ha funcionado bien el libre comercio en los últimos 200 años.

Un bajón en la economía estadounidense --para qué hablar de una recesión-- es lo último que necesita Trump con su reelección jugándose el próximo año. Terco como una mula, no ha querido reconocer el impacto de su guerra comercial con China en la actual coyuntura económica local y global, insistiendo en que la responsabilidad es de la Fed,acusándola de frenar la economía estadounidense con una política monetaria muy tímida.

Pero a pesar de lo pacífica que fue el G7  --el punto de mayor tensión fue la visita inesperada del ministro de relaciones exteriores de Irán, Javad Zarif--, es preocupante ver cómo han surgido focos de inestabilidad política en el mundo en los últimos dos años, lo cual se debe a fuerzas desestabilizadoras como el creciente nacionalismo, que ha llevado a fenómenos como el Brexit en el Reino Unido y el secesionismo catalán en España.

Focos renovados de inestabilidad incluyen la disputa entre India y Pakistán por Cachemira, donde ha llegado a haber intercambio de balazos, situación que resulta grave si se piensa que ambos países son potencias nucleares. También está el conflicto entre Japón y Corea del Sur, que ha llegado al extremo de negarse a comerciar. Y la beligerancia israelí con Irán, a la cual se sumó Estados Unidos luego de que Trump se retirara del tratado nuclear multilateral con ese país. Otro ejemplo: las intenciones israelíes de anexarse la Cisjordania, poniendo fin a la esperanza del estado palestino.

Conflictos ha habido siempre, pero en los últimos 75 años, desde fines de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha desempeñado un papel de relativa contención de ellos. Esta potencia construyó un sistema global de organizaciones multilaterales que impulsaron creciente intercambio comercial, sistemas democráticos y economías de mercado.

Ese sistema multilateral, liderado por Estados Unidos, ha sido socavado por Donald Trump en sus dos años de gobierno. Su unilateralismo nacionalista y su activismo anticomercio han minado la visión multilateral que dio a Estados Unidos el liderazgo mundial en muchas áreas de la política internacional.

Esa falta de liderazgo hasta ahora no era amenazante para el mundo porque las noticias económicas eran buenas. Estados Unidos y el mundo han estado gozando de un crecimiento económico sostenido desde fines de la crisis subprime en 2009. Han sido 10 años de buenas noticias que han ayudado a sobrellevar la inestabilidad política.

Fast forward al escenario de hoy. La guerra comercial de Estados Unidos con China, iniciada por Donald Trump, se ha agudizado en los último días con anuncios de nuevos aranceles cruzados, lo cual ha traído inestabilidad en los mercados mundiales, alcanzando niveles de volatilidad que han convertido a las bolsas en una verdadera montaña rusa, junto a un fortalecimiento de precio del dólar en todo el mundo. Según la Reserva Federal (Fed) del Estados Unidos, el riesgo de una recesión global llegó a 31,4%, pocos puntos por debajo del 34,5% que alcanzó a fines de 2007, meses antes de la Gran Recesión provocada por la crisis sub prime.

Ocho países de economías grandes en el mundo están al borde de una recesión: Alemania, el Reino Unido, Italia, México, Brasil, Singapur, Corea del Sur y Rusia. Mientras, China está dando claros síntomas de desaceleración.

La debilitada posición económica global se debe en gran medida a una reducción en los flujos de comercio, situación influida por las alzas de aranceles entre Estados Unidos y China, lanzada en 2017 por el presidente Donald Trump.
La economía de Estados Unidos es una economía de servicios y depende en un 70% de la demanda interna, de modo que hasta ahora ha estado relativamente a salvo de las preocupantes señales externas. Pero la reciente caída de la Bolsa no augura nada bueno.

Por otro lado, las tasas de interés de los bonos de largo plazo cayeron por debajo de las de corto plazo, indicador que en los últimos 50 años siempre ha precedido a una recesión. No es la única señal preocupante. El gobierno estadounidense va a gastar este año US$ 1 billón (millón de millones) más que lo que recaudará, inflando el déficit fiscal. Y la inversión privada ha comenzado a decaer, en gran medida por la incertidumbre causada por la guerra comercial. Los anuncios de contrataciones e inversiones que se apilaban al comienzo de la era Trump, así como los anuncios de bonos y alzas salariales que surgieron tras los recortes tributarios de 2017, hace tiempo que ya dejaron de verse.

Trump no da su brazo a torcer con la guerra comercial y se ha lanzado contra la Reserva Federal, exigiendo una baja de tasas de un punto porcentual completo, de 2,25% a 1,25% para estimular la economía. Sus tweets contra el presidente de la Fed, Jerome Powell, se han vuelto cada vez más vociferantes, llamándolo "enemigo" y poniéndolo a la par del premier chino, Xi Jinping, como antagonista de la economía norteamericana.

Un bajón en la economía estadounidense --para qué hablar de una recesión-- es lo último que necesita Trump con su reelección jugándose el próximo año. Terco como una mula, no ha querido reconocer el impacto de su guerra comercial con China en la actual coyuntura económica local y global, insistiendo en que la responsabilidad es de la Fed,acusándola de frenar la economía estadounidense con una política monetaria muy tímida.

O quizá tenga conflicto de intereses. Como sugiere The Washington Post el 24 de agosto, no es descartable que su interés desmedido en una baja fuerte de tasas se deba a que le ahorraría millones en pagos de intereses por los créditos que sus empresas tienen con la banca.

En definitiva, en un mundo donde se multiplican los conflictos políticos y se levanta el fantasma de una recesión global, dan ganas de empezar a decir sálvese quien pueda.