El pasado sábado 23 de febrero había una expectación continental, sino mundial, por lo que sucedería en las fronteras de Venezuela con Colombia y Brasil. En una prueba de fuerza, Juan Guaidó, el presidente de la Asamblea Nacional y autoproclamado presidente encargado (interino) de Venezuela, llamaba al ingreso de ayuda humanitaria a Venezuela, un acto que buscaba que las Fuerzas Armadas Bolivarianas desconocieran la autoridad del dictador Nicolás Maduro y abrieran así el paso a elecciones libres y al retorno a la democracia en el país.

Acertadamente, la reunión del Grupo de Lima declaró que la transición "debe ser conducida por los propios venezolanos, pacíficamente", sin uso de la fuerza, junto con llamar a todos los miembros de las fuerzas armadas "a reconocer al presidente encargado, Juan Guaidó, como su comandante en jefe".

Esa movilización no tuvo éxito. Las fuerzas armadas y de la represión policial no se plegaron a la autoridad de Juan Guaidó, reconocida por más de 50 países como legítima. Ni se dividieron. Así que fuera de escaramuzas, tres camiones quemados, algunas deserciones en las fuerzas armadas venezolanas y movilizaciones contenidas, no pasó mucho más ese día en Venezuela.

¿Se fortaleció Nicolás Maduro? No lo creemos. Venezuela es un país que agoniza bajo el peso de una dictadura que ha arrasado con el país, con una crisis económica en que la hiperinflación supera ya el millón por ciento anual y una recesión que durante los últimos cinco años ha jibarizado el PIB, llevándolo a una contracción acumulada del orden de 50%. No hay alimentos ni medicamentos en cantidades mínimamente suficientes para su población. Es impensable que el conductor de ese desastre se quede tranquilo considerándose victorioso, aunque ese día haya bailado rumba con su esposa ante las cámaras. Y menos aún cuando las medidas internacionales, políticas, diplomáticas y financieras contra su régimen se acentuarán, sin duda, en los próximos días y semanas.

Lo que revela este último episodio de la tragedia venezolana, creemos, es que el régimen venezolano es mucho más una dictadura militar que una dictadura cívico-militar. Maduro es mucho menos el conductor de este proceso, que su figura pública payasesca. Detrás de él están Diosdado Cabello –militar y presidente de la Asamblea Constituyente fake de Maduro- y Vladimir Padrino López -militar y Ministro de Defensa-, así como muchos oficiales de las Fuerzas Armadas Bolivarianas que han transformado ese país en un paraíso para sus negocios ilegales con el petróleo, el oro, las divisas y -de acuerdo a múltiples investigaciones- las drogas. No estamos frente a una típica dictadura militar latinoamericana, con oficiales que se alían con un sector de la población (generalmente de derecha, a veces de izquierda) y cobran por sus servicios ampliando enormemente los ámbitos de impunidad para actividades corruptas, lo que hemos visto desde Centroamérica hasta Chile, pasando por Brasil y Argentina. No, acá lo que sobrevive es una cúpula militar de unas fuerzas armadas profundamente transformadas y politizadas por el fallecido presidente Hugo Chávez, y reforzadas por la seguridad cubana, que se han ido convirtiendo en el curso de los años en una mafia profesional que se ha apoderado del aparato del Estado. Así, Venezuela se ha transformado en un Estado fallido.

Pero esta aceitada mafia castrense no impedirá que se pueda negociar en algún momento una salida. Hasta los grandes narcotraficantes han sabido negociar con las autoridades en ciertos momentos. Porque este régimen y sus representantes no son inmunes a la presión internacional ni al repudio de los ciudadanos venezolanos, que en su gran mayoría (70% se estima conservadoramente) apoyan a Juan Guaidó. Es muy probable que, como afirma Guaidó, haya una división en las fuerzas armadas que aún no irrumpe, y que no toda la alta oficialidad esté con Maduro: eso explicaría, además, que el propio Guaidó haya podido moverse por Venezuela sin ser detenido hasta antes del 23 de febrero.

¿Debilitó a Guaidó el fracaso de la movilización del 23 de febrero? Creemos que sí, pero no necesariamente de modo irreversible. No lograr los objetivos declarados lo debilita; pero a veces se pierden batallas que era necesario dar, y sin embargo, se termina ganando la guerra.

Guaidó cometió ese día, sí, un serio error político, al declararse abierto a considerar todas las opciones, incluyendo tácitamente una intervención militar externa con participación de Estados Unidos, cuyo gobierno ha usado y sigue usando el mismo lenguaje. Un ataque consumiría a Venezuela en la violencia y bloquearía el camino hacia la democracia, junto con romper la unidad de muchos gobiernos latinoamericanos en torno a la causa democrática venezolana, y no con la intervención militar estadounidense.

Acertadamente, la reunión del Grupo de Lima, del 24 de febrero, con la presencia de Guaidó y del vicepresidente de EE.UU., Mike Pence, no siguió esa ruta, al declarar que la transición "debe ser conducida por los propios venezolanos, pacíficamente", sin uso de la fuerza, junto con llamar a todos los miembros de las fuerzas armadas "a reconocer al presidente encargado, Juan Guaidó, como su comandante en jefe".

Descartada, entonces, la opción bélica, la pregunta es ¿qué hacer ahora para desalojar del poder a este gobierno ilegítimo?

Guaidó y su equipo han mostrado, creemos, una actitud prudente, al ofrecer una amnistía total a los militares que reconozcan su gobierno. Hay señales de que le han ofrecido al propio Maduro salir con destino a Cuba o Rusia. Guaidó y la oposición democrática hablan de reconciliación nacional, no de justicia redentora. Sin embargo, hasta ahora eso ha sido inútil para mover en algún grado significativo a la alta oficialidad venezolana, que pareciera creer que su régimen y sus negocios sucios pueden ser eternos, mientras el país se cae a pedazos.  

También hay reportes confiables de que Guaidó y su gente han tenido conversaciones con representantes de China y de Rusia para asegurarles que se protegerán sus inversiones y pagarán sus créditos, pero que deben dejar de sustentar la dictadura de Maduro.

Son estos componentes, creemos, las claves de una estrategia que debiese finalmente lograr la salida de Maduro y abrir paso a elecciones libres. A lo que se debe sumar la intensificación de la presión internacional y el cerco financiero contra el régimen venezolano; buscar que los aliados internacionales que aún le quedan a Venezuela, en primer lugar China y Rusia, consideren un trato con la oposición a Maduro, y mantener la movilización pacífica en el país y nuevas formas de entregar la urgente ayuda humanitaria.