Las recientes elecciones para una Convención Constituyente en Chile son un verdadero terremoto que cambian radicalmente el mapa político de ese país. Fueron derrotados tanto la derecha tradicional, que logra solo 37 de los 155 constituyentes, como la centroizquierda tradicional, con 25 elegidos. Ambos bloques compartieron el poder por 30 años, desde fin de la dictadura de Augusto Pinochet.

El gran fenómeno ha sido el triunfo de un enorme número de candidatos independientes. Si se incluye a independientes que fueron bajo el alero de partidos, suman 109 de los 155 elegidos. Al interior de este grupo, lo más sobresaliente es la presencia de candidatos independientes muy ajenos a las elites políticas y económicas, de origen “plebeyo”, y muchos de ellos identificados con una izquierda más dura. Por otro lado, tanto en esta elección de constituyentes, como en las simultáneas de alcaldes y gobernadores, tuvieron importantes triunfos tanto el Frente Amplio (un bloque nacido en la última década de políticos jóvenes similar al Podemos español) como el Partido Comunista, una rareza única en Occidente que sobrevive al fin de la URSS y al viraje ultracapitalista de China.

Dentro de los independientes sobresalen muy especialmente los 27 constituyentes de la Lista del Pueblo, un bloque formado al calor de las enormes movilizaciones sociales de octubre y noviembre de 2019. Y es que el resultado de estas elecciones es el corolario electoral de ese gran estallido social. En ese sentido, es loable que esas movilizaciones -que en un momento parecían desbordar la institucionalidad democrática- hayan encontrado en Chile un cauce democrático y de diálogo para reconstruir las bases políticas, económicas y sociales del país. Y con elecciones que, por primera vez, exigían paridad de género en el resultado final, e incluían 17 escaños para pueblos originarios.

¿Qué expresan ese estallido y, ahora, este resultado electoral? Fundamentalmente, un rechazo mayoritario a un modelo económico y político que, si bien sacó al país de la pobreza y lo puso en un nuevo sitial de desarrollo, agudizó las desigualdades, los abusos, fortaleció los monopolios, y descuidó el medio ambiente, los derechos de las mujeres y de las minorías étnicas y sexuales. Todas reivindicaciones muy presentes en los programas de los constituyentes independientes y de izquierda.

Agréguese a ello una seguidilla de episodios, que se acumulan desde hace 20 años, en que se vio a una clase política corrompida por las empresas que la financiaban ilegalmente, y que se auto-perdonaba con enorme ligereza, a vista e impaciencia de los ciudadanos.

Este resultado electoral expresa un rechazo a un modelo económico y político que, si bien sacó al país de la pobreza y lo puso en un nuevo sitial de desarrollo, agudizó las desigualdades, los abusos, fortaleció los monopolios, y descuidó el medio ambiente, los derechos de las mujeres y de las minorías étnicas y sexuales. Todas reivindicaciones muy presentes en los programas de los constituyentes independientes.

No ayudó a la derecha el consenso generalizado --y que incluye a los propios partidos oficialistas --de que el gobierno de Sebastián Piñera ha mostrado una seria ineptitud política. La derecha gobernante logró apenas 37 constituyentes, cuando tenía como meta mínima lograr 52 escaños que le habrían dado un tercio con derecho a bloquear ciertos cambios, dada la fórmula acordada para las votaciones en esa Convención.

Ante tantos independientes, hay poca claridad de adonde se conducirá esta Convención Constituyente. Todo lo que digamos es exploratorio. Pero de las primeras declaraciones y de ciertos programas se puede inferir que algunos de los grandes puntos que esta mayoría constituyente impulsará serán:

-- Un muy fuerte énfasis en la protección del medio ambiente, y dar prioridad pública al uso del agua (hoy de propiedad privada).

-- Un estado solidario (es decir, que asegura derechos sociales, en especial salud, pensiones, educación y vivienda) en lugar del estado subsidiario de la actual Constitución (que se inmiscuye solo en lo que no sea negocio para los privados)

-- Un estado más empresario, que promueve de diversas maneras (no necesariamente vía propiedad) un cierto tipo de desarrollo económico.

-- Respeto a la propiedad privada, pero con algunos límites, en especial con relación al medio ambiente, a la función pública de ciertos sectores y eventualmente limitaciones a la inversión extranjera.

-- Un sorprendente consenso sobre mantener la independencia del Banco Central, pero una posible discusión sobre aspectos de su rol.

-- Un estado plurinacional que resuelva en especial las reivindicaciones del pueblo mapuche, candentes desde que su territorio fue ocupado hace 150 años

-- Garantías constitucionales para el trato igualitario de la mujer, pueblos originarios, y distintas orientaciones sexuales.

Mirado desde una perspectiva más amplia, este estallido social y ahora político en Chile es parte de un cambio global. Tras 40 años en los que, en general, en todas las democracias occidentales se han acentuado fuertemente las desigualdades, se ha terminado por cuestionar la propia democracia representativa, y se ha erosionado la credibilidad de las elites políticas tradicionales. En algunos países, este proceso ha creado monstruos como Donald Trump, Jair Bolsonaro, Viktor Orbán, o sostenido a un no menos monstruoso Benjamin Netanyahu. En otros ha creado serias amenazas, como la de Marine Le Pen en Francia y la Alternativa para Alemania (AfD). En varios países, este proceso está en desarrollo y sin desenlace conocido, como en Perú con las elecciones de estas próximas semanas, y en Colombia, que vive un estallido social muy parecido al de Chile hace un año y medio. En Estados Unidos, queremos creer, el péndulo hoy se mueve hacia una solución no solo en democracia, sino que parece abrir un renovado New Deal, un contrato social distinto al de los últimos 40 años inaugurado por Ronald Reagan. En Chile, con estas elecciones, se ha abierto también una vía democrática de cambio, y que debiese culminar también en un nuevo pacto social.

Claro que el actual escenario chileno puede dar origen a un maximalismo constitucionalista, decretando una multitud de derechos en el papel, pero imposibles de traducir en los hechos; o normas que reviertan a un estado empresario tipo años 1950s en lugar de un estado que oriente el desarrollo económico para el siglo 21; e incluso a un curso político antidemocrático si fuerzas como el Partido Comunista -que tiene un candidato competitivo para las elecciones presidenciales de noviembre próximo – logran imponerse.

Si llegara a ganar la izquierda más dura en esas elecciones presidenciales, y con un ambiente caldeado por una constituyente con mayoría de ese signo, en el corto plazo podríamos ver un importante aumento del gasto social financiado por deuda pública, provocando desequilibrios macroeconómicos y una probable caída del grado de inversión de la deuda soberana chilena. Por ahora, las clasificadoras de riesgo como Moody´s son más bien prudentes y tienden a descartar ese escenario.

Pero en el mediano y largo plazo, se puede estar dando origen a un Chile mucho mejor que el actual, desplazando a esta elite que se ha encerrado en sí misma y en un modelo económico que ya agotó su dinamismo (en parte, por el propio carácter de su elite, como ha sugerido Daron Acemoglu, uno de los autores del libro Porque Fracasan los Países). Podría ser un Chile que siga el ejemplo de países más avanzados económica y políticamente, que han impulsado industrias creadoras de valor y ligadas a la economía global. Economías que exigen una población más educada y que viva mejor, creando un círculo virtuoso. Un país que realmente cuide el medio ambiente, aunque al inicio duela (pues, en definitiva, cuidar el medio ambiente es el mejor negocio posible). Que abra un espacio equitativo a las mujeres y les permita desplegar su enorme potencial, y que no discrimine con prejuicios decimonónicos a las minorías; y que resuelva progresivamente el hasta ahora insoluble y cada vez más agudo conflicto con los pueblos originarios. Un Chile donde quepan todos.

Hoy los escenarios están abiertos. Y, sí, hay lugar para un inquieto optimismo. La inquietud se explica por la incertidumbre sobre lo que vendrá tras estas elecciones. Lo importante, en cualquier caso, es que se preserve la democracia, ya que esta siempre permitirá hacer cambios al rumbo elegido.