A primera vista, el anuncio de un nuevo acuerdo comercial entre Estados Unidos y México pareció un triunfo para Donald Trump. Y el anuncio el 17 de septiembre de aranceles adicionales para US$ 200.000 millones en productos chinos importados por Estados Unidos le sirvió al presidente norteamericano para opinar que con la medida su país queda en una "posición aventajada" frente a China.

Algo de verdad hay en eso. Pero muy poco.

Un buen número de economistas coinciden en que la creciente seguidilla de alzas arancelarias golpeará más fuerte a la economía china que a la estadounidense. La Casa Blanca impuso un 10% de arancel adicional a productos por US$ 200.000 millones, a contar del 24 de septiembre, tasa que aumenta a 25% a fin de año. La respuesta china fue rápida: un 10% de arancel adicional para productos por US$ 60.000 millones importados de Estados Unidos.

Y si solo cubre menos de un tercio de la medida estadounidense, es porque China está más expuesta en esta guerra comercial, precisamente por el éxito de sus exportaciones. Le vende a Estados Unidos cuatro veces más que lo que le compra, de modo que una intensificación de la guerra arancelaria le hará más daño.

Bank of America Merrill Lynch y J.P. Morgan estiman que si los aranceles recién impuestos de 10% suben a 25% a fin de año, como ha anunciado Trump, la economía china perderá entre 0,5 y 0,6 puntos de crecimiento porcentual en 2019. El FMI acaba de pronosticar un crecimiento de 6,6% para China este año y 6,4% el próximo. El alto crecimiento de China y su necesidad de materias primas ha sido el motor de las economías emergentes desde comienzos de este siglo, de modo que un frenazo como el esperado ahora es mala noticia para América Latina.

Es cierto que China no juega limpio en la arena comercial, especialmente en materia de propiedad intelectual y patentes, pero el ataque de Trump tiene más de proteccionismo a la industria manufacturera que de defensa de la innovación made in America. La gigante del retail Walmart acaba de enviar al presidente de Estados Unidos una carta donde analiza los productos sujetos a nuevo arancel y concluye que en muchos de ellos la acción estadounidense causará disrupciones graves en su cadena de abastecimientos y/o causará aumentos de precios para los consumidores.

“Estamos preocupados del impacto que estos aranceles pueden tener en nuestro negocio, nuestros clientes, nuestros abastecedores y la economía de EE.UU.”, dice Walmart. E identifica más de 30 productos que son especialmente complicados, incluyendo bicicletas, cables USB y HDMI, maletas, equipos de aire acondicionado, futones, colchones, muebles de patio, afeitadoras eléctricas y otros.

En el caso del nuevo Nafta, el gran producto golpeado es su majestad el automóvil. Trump puede decir sin necesidad de mentir que el nuevo acuerdo es favorable a Estados Unidos, ya que desestimula que las fábricas de automóviles estadounidenses se instalen o sigan en México.

El nuevo acuerdo establece que para que un auto ensamblado en México pueda venderse en Estados Unidos sin pagar arancel, el 75% de sus componentes debe ser fabricado en Estados Unidos. Con el Nafta vigente, la regla de origen es de 62,5%.

Además, la producción en territorio estadounidense deberá realizarse al menos en un 40%, en instalaciones donde se paga al menos US$ 16 por hora o los trabajadores.

Ambas medidas podrán aumentar el empleo y subir los salarios de los trabajadores estadounidenses del sector, pero no hay que ser mago para deducir que la medida se traducirá en un aumento en el precio de los vehículos para el consumidor. De paso, la medida tiende a hacer bajar los salarios de los trabajadores mexicanos. El mercado estadounidense se ha beneficiado de automóviles más baratos hechos en México durante más de 20 años. Este “triunfo” de Trump subirá los sueldos de los trabajadores estadounidenses que fabrican autos y bajará los ingresos de todos los estadounidenses que tendrán que comprar autos más caros.

La renegociación de Nafta en condiciones más favorables para Estados Unidos era una de las promesas de la campaña presidencial de Trump. Al cumplirla, vuelve a recibir la adoración de sus fieles a dos meses de unas elecciones parlamentarias de mitad de mandato que serán cruciales.

Es un triunfo pírrico. La administración Trump le ha impuesto a México un nuevo régimen comercial que perjudica al país latinoamericano en forma directa e inmediata. Se trata de un acuerdo de libre comercio que restringe el libre comercio.

Todo eso podrá servirle a Trump y su gobierno para hacer propaganda en la campaña electoral. Pero basta ver los detalles del nuevo acuerdo para constatar que en primer lugar dañan a México y en segundo lugar dañan también a Estados Unidos y Canadá.

Para empezar, el nuevo Nafta no dice nada sobre el acero y el aluminio. Estados Unidos desde junio ya está cobrando aranceles de 25% al acero y 10% al aluminio importados de Canadá y México. Impuso los aranceles a ambos productos aduciendo que la importación sin arancel de acero y aluminio de sus aliados significaba un riesgo de “seguridad nacional”. Canadá y México, además de otros países, se han quejado ante la Organización Mundial de Comercio y Trump ha respondido amenazando que Estados Unidos se retirará de esa organización.

El nuevo acuerdo con México se anunció precipitadamente en conferencia de prensa de Donald Trump con participación del presidente mexicano Enrique Peña Nieto en videoconferencia. Se invitó recién entonces a Canadá a volver a las negociaciones, al tiempo que el propio Trump decía que si Canadá no quiere firmar, el nuevo acuerdo sólo incluirá a Estados Unidos y México.

Eso es una bravuconada. Tanto las empresas como las organizaciones sindicales estadounidenses con intereses en Nafta han declarado que no existirá nuevo acuerdo si no incluye a los tres países. El nuevo texto necesita además ser aprobado por los congresos de los tres países para entrar en vigencia y no hay ninguna seguridad de que los parlamentarios republicanos partidarios del libre comercio --que todavía los hay-- vayan a votar en esto a favor de Trump.

Las negociaciones con Canadá además no son fáciles. Aparte del tema de la industria automotriz, cuyos nuevos términos también perjudican a las fábricas canadienses, hay un conflicto fuerte por la industria lechera. El Nafta vigente protege a los lácteos canadienses de las importaciones estadounidenses y Estados Unidos está empujando por tener acceso más libre a los consumidores de Canadá. En los últimos días ha habido rumores de que Canadá habría cedido en parte a las presiones lecheras estadounidenses.

Para complicar aún más las cosas, hay apuro en el caso de México. Según la legislación mexicana, los acuerdos comerciales exigen un plazo mínimo de 90 días entre su envío al congreso y su firma. La idea del gobierno de Trump, y también del gobierno mexicano, era que firmara el nuevo acuerdo el presidente saliente Enrique Peña Nieto, debido a la incertidumbre que surge con la llegada del nuevo presidente, Andrés Manuel López Obrador. AMLO asume el 1 de diciembre, de modo el nuevo acuerdo lo firmará Peña Nieto solo si se aprueba el texto de nuevo acuerdo bilateral anunciado por Trump el 30 de agosto. A estas alturas, Peña Nieto solo podría firmar el acuerdo bilateral, dejando fuera a Canadá, pero tanto el Congreso como la industria de EE.UU. exigen un tratado trilateral.

Sea como fuere que llegue a ser el texto final, el nuevo acuerdo de libre comercio de América del Norte reduce el libre comercio en vez de aumentarlo. Esa es una noticia mala para los tres países socios del acuerdo y para el régimen de comercio mundial.

Así como la escalada de alzas arancelarias lanzadas por Estados Unidos contra China es mala noticia para China, para Estados Unidos y para el resto del mundo. Y el responsable de todas estas malas noticias tiene nombre y apellido: Donald Trump.