En medio de una aguda polarización, los brasileños se aprestan a votar en unas elecciones decisivas el 7 de octubre. Atenazados por la doble maldición de la recesión y una corrupción que compromete a prácticamente todo el mundo político, una parte significativa del electorado apoya al candidato de ultraderecha, el ex capitán Jair Bolsonaro, quien lleva casi 30 años como oscuro y mediocre congresista, pero que ahora se presenta como salvador del país ante los políticos de siempre.

Lo que se juega en Brasil en estas elecciones no es la economía sino la democracia. Si gana un candidato con malas propuestas, como Haddad, habrá oportunidad de oponérsele desde el Congreso, y de elegir otro presidente mejor en 2022. En cambio, si gana el ultraderechista Bolsonaro hay un claro peligro de que elimine libertades y una probabilidad no despreciable de que abra las puertas a un golpe militar.

La recesión que comenzó en 2014 y que no termina de mantener al país postrado, causó una caída acumulada del PIB de casi 7% entre 2014 y 2016, con un 0,2% de crecimiento en lo que va de este año. La tasa de desempleo está sobre el 12%: son casi 13 millones de desempleados, a los que hay que agregar otros 4,6 millones de “desalentados”, los que abandonaron la esperanza de reincorporarse al mundo del trabajo. Mientras, el Estado brasileño se engulle el 39,5% del PIB (comparado, por ejemplo, con un promedio del 25,4% de los países de la Alianza del Pacífico), dedicando un 56% de esta fortuna a pagar pensiones de sus burócratas. Así, el déficit fiscal alcanzó un 7,8% del PIB en 2017.

El ambiente político es igual de desastroso: un 77% de los brasileños ven a su gobierno como corrupto, mientras solo un 14% cree que las elecciones son limpias.  Agréguele a eso la violencia: el país llegó en 2017 a un record de 64.000 asesinatos, con la cuarta mayor tasa de América Latina.

Este cuadro explica que el puntero en intención de votos --con un 28%-- sea Jair Bolsonaro, un fervoroso partidario de la dictadura militar y que repetidamente ofende y denigra a mujeres, negros, indígenas y homosexuales.  Defensor de la tortura, ha llevado con orgullo una  camiseta con el lema “Derechos humanos, estiércol de la escoria social”.

En un país liberal como Brasil, ¿cómo es posible que surgiera tal apoyo  a un rabioso ultraderechista? Parte importante de la responsabilidad la tienen el Partido de los Trabajadores (PT) y su líder hoy encarcelado, Luiz Inácio Lula da Silva. El PT y Lula llevaron en sus 13 años de gobierno a Brasil a alturas desconocidas en el arte de embolsarse dineros fiscales y dejarse sobornar por privados. La estatal de petróleo Petrobras y empresas constructoras como Odebrecht montaron una multilatina de corrupción con tentáculos de México a Argentina. Con ello, ayudaron a generar la más grave crisis política en décadas y un apasionado rechazo al propio PT. Como opina un analista en O Estado de Sao Paulo, “la pasión antipetista es mayor que la decisión de votar por Bolsonaro. Es un voto antipetista más que un voto por Bolsonaro”. Agreguemos, sí, que los otros partidos están también manchados por la corrupción.

La crisis es tan profunda que el Poder Legislativo está totalmente desacreditado, muchos de sus miembros ya en la cárcel o perseguidos por la Justicia. Mientras,  el Poder Ejecutivo es hoy encabezado por un presidente  débil, con nulo apoyo de la población, que se ha librado apenas de ser acusado formalmente de corrupción pero que probablemente tendría que estar en la cárcel junto con Lula.

El vacío de poder ha sido llenado en parte por el Poder Judicial, que ha tomado una figuración enorme tras encabezar las investigaciones que llevaron a la cárcel a Lula, a políticos de varios partidos y a importantes empresarios.

Bolsonaro representa la amenaza de llenar el vacío político con algo muchísimo peor: el poder militar o, al menos, un autoritarismo apoyado en las Fuerzas Armadas. Su candidato a vicepresidente, el general en reserva Hamilton Mourao, ha dicho que en caso de “anarquía”, el presidente puede hacer un autogolpe. Bolsonaro dijo el año pasado que la mitad de sus ministros serían militares. No son palabras en el vacío: el actual comandante en jefe del ejército, general Eduardo Villa Boas, ha hecho declaraciones políticas amenazantes en varias ocasiones. Los militares brasileños, que nunca fueron juzgados por sus crímenes durante la dictadura de 1964-1985, parecen estar esperando una oportunidad para volver a entrar en escena. Bolsonaro es el candidato a abrirles esa puerta con el voto de los brasileños.

En las últimas encuestas Bolsonaro ha detenido su ascenso estacionándose en 28%, mientras Fernando  Haddad, el designado por el encarcelado Lula como su alter ego en esta contienda, sube a 22%. Esa encuesta muestra también que en segunda vuelta Haddad tendría 43% contra el 37% de Bolsonaro. Pero las encuestas decían que Donald Trump no ganaba en Estados Unidos… y es de temer que haya muchos bolsonaristas encubiertos, avergonzados de confesar que votarán por un candidato con opiniones miserables y de una ignorancia abismante.

Bolsonaro es apoyado por quienes ven la necesidad de una “limpieza” radical del país, incluyendo parte de la elite económica y la clase media emergente que volvió a sumergirse con la crisis. El ultraderechista ha dicho que “le daré carta blanca a los policías para que maten”. En lo económico, habiendo sido todos estos años un estatista (dijo en su momento que había que fusilar al ex presidente Fernando Henrique Cardoso por privatizar la minera Vale do Rio Doce), ahora dice que hay que privatizar todas las empresas estatales; y ha nombrado como futuro Ministro de Hacienda al banquero Paulo Guedes, formado en la Universidad de Chicago.

Mientras tanto, el candidato de Lula y el PT, Fernando Haddad, vive en un mundo de fantasía: dice que la economía brasileña no necesita reformas estructurales y que solo hay que gastar más para reavivar la economía. Es decir, profundizar el foso en que el PT enterró la economía del país. Es posible, sin embargo, que de salir elegido, Haddad se desprenda del nuevo izquierdismo que hoy exhibe el acorralado PT. Mal que mal, Haddad fue un buen alcalde de Sao Paulo, un administrador serio y más bien centrista.

Otro candidato, Ciro Gomes, con un 11% de apoyo, ce centroizquierda, carece de propuestas claras en lo económico. Geraldo Alckmin, que fue un gobernador del estado de Sao Paulo relativamente bueno y al parecer no corrupto (si bien su partido, el PSDB,  está hasta el cuello en el negocio de la corrupción) reconoce la necesidad de realizar reformas a la previsión y otras.

Pero lo que se juega en Brasil en estas elecciones no es la economía sino la democracia. Si gana un candidato con malas propuestas, como Haddad, habrá oportunidad de oponérsele desde  el Congreso, y de elegir otro presidente mejor en 2022. En cambio, si gana el ultraderechista Bolsonaro, hay un claro peligro de que elimine libertades y una probabilidad no despreciable de que abra las puertas a un golpe militar. Votar en primera vuelta por cualquier otro de los candidatos y contra Bolsonaro es dar un mensaje de apoyo a la democracia, para luego votar por quien se le enfrente en segunda vuelta.