Sorpresa dentro y fuera de Chile causaron los resultados de la elección presidencial del domingo 19 de noviembre. A pesar de que los candidatos llegaron en el orden que predecían las encuestas, el número de votos que obtuvieron varios de ellos fue inesperado. Y ya nadie se atreve a predecir el resultado de la elección en segunda vuelta, el próximo 17 de diciembre, en la que los chilenos decidirán si eligen presidente al centroizquierdista Alejandro Guillier (64) o al centroderechista Sebastián Piñera (68).

Piñera, quien ya fue presidente una vez (2010-2014), era de lejos el favorito, al punto que algunos pensaban que ganaría en la primera vuelta. El 36,6% que obtuvo lo dejó en primer lugar, pero muy por debajo de lo que se esperaba. Guillier, en segundo puesto, con 22,7% de las preferencias, irá a una segunda vuelta en la que el multimillonario Piñera perfectamente podría perder.

Esperamos que  cualquiera de los dos candidatos que sea elegido en diciembre, se mantengan las políticas básicas que han hecho de Chile un país exitoso: la libertad de emprender, el libre comercio, los equilibrios  macroeconómicos, la seguridad y predictibilidad jurídica.

Pero fue la izquierdista Beatriz Sánchez la que casi dio vuelta el tablero, al obtener un 20,3% de los votos. Todos la veían como una distante tercera y le faltó poco para llegar segunda. Irónicamente, si hubiera ido a la segunda vuelta contra Piñera, el candidato de la centroderecha se sentiría hoy más confiado en su posición, porque un cierto número de los votos de Guillier se inclinarían hacia él por justificado temor a un gobierno de izquierda. Los traumas del gobierno izquierdista de Salvador Allende (1970-73), el golpe militar que lo derrocó y los 17 años de dictadura de Augusto Pinochet han impulsado hasta ahora a los chilenos a evitar esas repeticiones de la historia.

Los resultados de la elección son muy distintos a lo que venían prediciendo las encuestas, que anticipaban al menos un 42% para Piñera, lo que prácticamente le aseguraba un triunfo en el balotaje. Los mercados locales ya habían descontado un supuesto buen desempeño de Piñera, y así el resultado provocó una estampida en la Bolsa local, que cayó un 5,5 %, su mayor descenso en los últimos seis años.

Se podría pensar que estos resultados muestran una polarización izquierda-derecha en Chile. Pero es posible también una lectura menos ideológica. En particular, el sorprendente éxito de Beatriz Sánchez y su coalición -el Frente Amplio, algo semejante al español Podemos- no necesariamente significa el deseo de los votantes de adherir a un programa de izquierda dura, que implicara refundar el país, algo trágicamente frecuente en el Chile del siglo 20. Es posible que simplemente sea un voto de protesta contra la corrupción en que se han visto envueltos muchos miembros de la tradicional clase política, tanto de centroizquierda como de centroderecha. Por ejemplo, Evópoli, un partido político nuevo de centro derecha, recién estrenado para estas elecciones, obtuvo también un número no despreciable de seis diputados y dos senadores, lo que muestra que los electores habrían premiado a las caras nuevas, no manchadas por los escándalos de corrupción. Prácticamente todos los candidatos que están en proceso en la justicia por corrupción perdieron las elecciones esta vez.

En todo caso, cualquier sea su lectura, los resultados de esta elección dan cuenta de un cambio importante en el cuadro político chileno de las últimas tres décadas, un marco bastante exitoso, pues permitió un desarrollo económico significativo, haciendo de Chile un país moderno y en varios sentidos ejemplar en América Latina.

El próximo parlamento, que se inaugura en marzo del 2018, mostrará un Senado y una Cámara de Diputados mucho más fragmentados que hasta ahora, cuando dominaban dos coaliciones. Ahora habrá por lo menos cuatro grupos. En este contexto, cualquiera sea el presidente elegido, Piñera o Guiller, le tomará bastante esfuerzo aprobar leyes y deberá negociar cada proyecto de ley con distintas fuerzas políticas en la búsqueda de consensos; la gobernabilidad será más difícil. Todo esto producirá cierta inestabilidad durante un tiempo y habrá que aprender a convivir con ella hasta que Chile pueda pasar esta ola de cambio de manera exitosa.

Esperamos que cualquiera de los dos candidatos que sea elegido en diciembre, se mantengan las políticas básicas que han hecho de Chile un país exitoso: la libertad de emprender, el libre comercio, los equilibrios macroeconómicos, la seguridad y predictibilidad jurídica. Al mismo tiempo, el resultado de estas elecciones también alerta sobre los cambios que deben venir. Se deberá profundizar y mejorar el acceso a la educación en todos sus niveles -preescolar, básico, secundaria y universitaria-, garantizando que nadie quede fuera por razones económicas. La provisión de salud, aunque ha mejorado mucho en Chile en los últimos 20 años, deberá dar un nuevo salto. Se deberá resolver asimismo –con la menor disrupción posible- el tema previsional, pues a pesar de las innovaciones chilenas en este campo, el resultado práctico en términos del monto de las jubilaciones de la mayoría es claramente insuficiente. Y poco o nada se habló en la campaña de los grandes temas emergentes, como el desarrollo de la economía digital y el impacto de la robótica; pero estos temas debieran ocupar un lugar importante en el programa de quien aspire a presidir Chile en los próximos cuatro años.