Tuvimos que sufrir varios capítulos de la serie en que se ha transformado la última elección presidencial en EE.UU., hasta por fin llegar a tener un presidente electo recién el sábado pasado. Respiramos aliviados, pero por poco rato: el sábado por la noche comenzó su segunda temporada, en la que un iracundo Donald Trump sigue en la Casa Blanca haciendo el tonto, yendo a jugar golf, como si no pasara nada. Mientras, Joe Biden prepara su transición sin la cooperación del inquilino Trump, cada vez con más cara de squatter.

Joe Biden ya ha sido felicitado por una gran cantidad de jefes de Estado, especialmente sus aliados de Europa Occidental. En América Latina llama la atención que ni México ni Brasil hayan hecho lo propio. No sorprende tanto viniendo de Jair Bolsonaro, populista de extrema derecha que imita hasta el ridículo a su ídolo Trump, incluyendo en la criminal minimización de la pandemia del Covid-19. Pero llama más la atención el caso de Andrés Manuel López Obrador, AMLO, quien tiene una larga tradición como hombre de la izquierda mexicana y latinoamericana, si bien su conducta frente a Trump desde el inicio ha rayado en la obsecuencia y vasallaje.

Tal como amenazó en su campaña, Trump insiste en no reconocer el triunfo de Biden, que se hace más holgado cada día. Y es que, como sentenció Trump, “si pierdo será solamente porque se habrá cometido fraude”. Más escandaloso y cómplice es el silencio que ha mostrado la dirección del Partido Republicano, comenzado por el presidente del senado, Mitch Mc Connell. Son solo unos pocos republicanos quienes han llamado a Biden para felicitarlo por su triunfo, cosa que también hizo el ex presidente George W Bush.

El gigantesco número de votos que obtuvo Trump, unos 70 millones, más que en 2016, provocan pánico entre los republicanos y les impiden alejarse de su sombra. El Partido Republicano, que se plegó solícitamente a las nefastas políticas nacionales e internacionales de Trump durante su presidencia, sigue preso de él por su arrastre electoral. Es ya, al menos por ahora, un partido trumpista, con muy pocos escrúpulos democráticos.

Por otro lado, el gobierno de Trump sigue trabajando como si la elección no hubiese ocurrido. El secretario de estado Mike Pompeo en una conferencia de prensa, requerido sobre el proceso de transición, contestó temerariamente que “todo va bien en la transición al segundo periodo del presidente Trump”. Algunos dicen que estaba bromeando y otros dicen que no, pero Pompeo no se ha dignado a clarificar. La prensa a su vez dice que Trump ha ordenado la presentación del presupuesto 2021.

Biden por su parte está trabajando arduamente en la transición, a pesar que no le dan ni siquiera acceso a los informes de inteligencia, lo cual no tiene precedentes. Frente a preguntas de la prensa, respecto a cómo se siente por no ser reconocido como presidente electo por los principales líderes republicanos, él responde con la calma y paciencia de la cual ha hecho gala: ”no estoy preocupado, ya me llamarán para reconocer nuestra legitima victoria”.

Es tanto el daño que causó Trump, que Biden tiene mucho espacio para mejoras. Pero las circunstancias de su ascenso, el peso del voto de Trump, y un Partido Republicano trumpificado nos hacen ser muy moderados en nuestro optimismo.

Considerando que la campaña de Trump no ha presentado ninguna evidencia seria de fraude o irregularidades en la elección, y que el triunfo de Biden no es por unos pocos votos en uno o dos estados, sino por decenas de miles de votos en muchos estados, la única posibilidad de echar abajo el triunfo de Biden seria que en algunos estados, el congreso estadual con mayoría republicana decida pasar por encima de la voluntad del pueblo, expresada en la votación, y designe electores pro-Trump para la convención donde se elige al presidente. Esto sería el fin de la democracia en EE.UU. y la verdad nadie imagina que esto vaya a ocurrir.

A pesar de lo rastrero que ha sido el Partido Republicano con Trump, dada su dependencia de sus votos populares, es muy poco probable que dicho partido cometa un homicidio y su propio suicidio a la vez, destruyendo la democracia y al Partido Republicano simultáneamente.

Joe Biden asumirá (esperamos) la presidencia en un momento muy difícil para EE.UU. y el mundo, con una pandemia que en EE.UU. alcanza hoy los más altos niveles de contagio (120 mil por día). A pesar que habría una vacuna que ya ha sido testeada en 43 mil personas, mostrando una eficacia relativamente alta, no es menos cierto que faltan pruebas por hacer todavía y que su despliegue logístico no es sencillo: la vacuna se debe conservar a -77 grados Celsius.

Biden recibe un país en recesión económica, con altos niveles de desigualdad y extremadamente dividido. Es poco probable que los demócratas ganen el Senado, por lo cual Biden tendría que gobernar negociando con los republicanos las distintas leyes para sacar adelante su programa, lo que se ve muy complicado. También tendrá dificultades con el ala más izquierdista del propio partido demócrata, que apretó los dientes para apoyarlo. Biden está consciente de esta situación, por lo que en sus primeros discursos ha insistido en que viene a unir el país y que quiere trabajar de manera bipartidista.

En el plano internacional en EE.UU. el presidente tiene mucho más poder propio que en el plano doméstico. De acuerdo a sus declaraciones, se propone restaurar y normalizar las relaciones con la OTAN, la OMC y la ONU. También tiene en mente volver al acuerdo de París y renegociar un nuevo acuerdo de desnuclearización de Irán. Pese a la actitud positiva que ha encontrado en el ámbito internacional, especialmente de los líderes europeos como Alemania, Francia, España e Inglaterra, no es tan claro que Europa pueda confiar plenamente en EE.UU. después de estos últimos bochornosos y oscuros años; a pesar de su deseo que EE.UU. vuelva a la normalidad, probablemente los europeos van a tomar algunas precauciones. El daño hecho por Trump en cuatro años se dejará sentir por un buen tiempo y llamará a la cautela. ¡Sin agregar el hecho de que el propio Trump puede volver en cuatro años más!

En cuanto a Rusia, el mundo no puede esperar que Biden reciba con los brazos abiertos a un país que usó todos los trucos cibernéticos y políticos para que Trump ganara las elecciones el 2016, lo cual intentó nuevamente en 2020 , sin éxito, por fortuna.

La gran interrogante es qué pasará con China en la era Biden. Por lo pronto, se espera coherencia y muchos menos volatilidad que en los años de Trump. Nos atrevemos a decir que el objetivo de la era Biden debería ser evitar una guerra de cualquier índole, sea comercial o, por supuesto, militar. El mar de fondo del conflicto entre EE.UU. y China sigue y avanza, y tiene que ver con el ascenso del poder chino y le pérdida de poder relativo de EE.UU. en los planos económicos, políticos y en cierto modo militares, al menos en partes de Asia. Biden no ha sido una “paloma” con respecto a China y el conflicto de alguna manera seguirá. Lo importante para la Administración Biden es aceptar estos avances de China, compitiendo en una cancha más pareja y no inclinada hacia China, pero cooperando para el mantenimiento de la paz y estabilidad mundial. China también necesita aceptar que es una potencia económica y militar y que debe competir en un terreno justo y respetando reglas.

Desde el punto de vista de América Latina, la tensión entre y China y EE.UU. estará muy presente, especialmente en el plano de la tecnología 5G. China usará toda su considerable fortaleza como principal mercado de exportación para una gran parte de los países de América Latina, especialmente para Brasil, Argentina, Chile y Perú, y con la notable excepción de Mexico que depende muy mayoritariamente del mercado estadounidense para exportar sus manufacturas y alimentos. EE.UU. por su parte usará sus 200 años de historia de relación con Latinoamérica para convencernos de usar otras tecnologías 5G y otras, y que desistamos de utilizar a Huawei y otros proveedores de alta tecnología chinos.

Esperamos que Biden, a diferencia de Trump, utilice más zanahoria que garrote para conseguir sus objetivos de política internacional. Como vicepresidente de Obama, estuvo a cargo en el gobierno de manejar las relaciones con América Latina, lo que por cierto le da una ventaja para atender de manera más cuidadosa la región y no centrar toda la política de la potencia del Norte en el tema de Venezuela. Es más, podría ayudar a desarrollar una política más inteligente y menos bravucona que permita destrabar la angustiosa situación de ese país y abrirle camino a la democracia desde la dictadura de Maduro.

Además del regreso a la coherencia y normalidad en el manejo de las relaciones con el resto del mundo, que influirá positivamente en América Latina, podríamos esperar una nueva ley migratoria que saque de la ilegalidad a once millones de personas --en su mayoría latinoamericanos de México y Centroamérica, lo que podría generar un aumento de las remesas hacia los países de origen de estas personas.

En suma, es tanto el daño que causó Trump, que Biden tiene mucho espacio para mejoras. Pero las circunstancias de su ascenso, el peso del voto de Trump, y un Partido Republicano trumpificado nos hacen ser muy moderados en nuestro optimismo.