Difícil tarea tiene el vicepresidente norteamericano Mike Pence esta semana. Inició una gira por América Latina al día siguiente de que su jefe amenazara a Venezuela con una acción militar. Los cuatro países países que está visitando Pence -Colombia, Argentina, Chile y Panamá- rechazaron las amenazas de Trump y apoyaron a Venezuela ante la eventualidad de una invasión armada. 

Pence se ha visto en la obligación de contradecir a Trump una y otra vez, reiterando que EE.UU. busca una solución pacífica a la crisis venezolana, y que lo quiere hacer con el concurso de los países latinoamericanos. Dos positivas noticias, en tiempos en que han escaseado tanto las buenas nuevas desde el Norte. 

Con todo lo condenable que es el gobierno venezolano, era necesario rechazar la amenaza de Trump. Y los países latinoamericanos lo hicieron en forma unánime. Las fuerzas armadas estadounidenses nada tienen que hacer en un país latinoamericano, cualquiera que éste sea, cualquiera sea su gobierno y cualquiera sea el problema que enfrente. 

Pues una vez más, la política exterior de Donald Trump muestra ignorancia, estupidez y bravuconería. Peor, hace daño a los intereses de Estados Unidos y ayuda a sus enemigos. Al amenazar con acción militar al dictador Nicolás Maduro en Venezuela y con guerra nuclear al dictador coreano Kim Jong Un, el inepto presidente de Estados Unidos ha logrado que Maduro se fortalezca en Venezuela y que Corea del Norte parezca superpotencia de la noche a la mañana.

Con todo lo condenable que es el gobierno venezolano, era necesario rechazar la amenaza de Trump. Y los países latinoamericanos lo hicieron en forma unánime. Las fuerzas armadas estadounidenses nada tienen que hacer en un país latinoamericano, cualquiera que éste sea, cualquiera sea su gobierno y cualquiera sea el problema que enfrente. 

Lamentablemente, la amenaza estadounidense ha envalentonado a Maduro, quien ahora tiene más argumentos para acusar al “imperialismo yanqui” de atacar a Venezuela y causar la crisis económica de la cual el único responsable es el gobierno venezolano.

El vicepresidente Pence no la tiene fácil. Su misión es contradecir a Trump enfatizando que no contradice a Trump. Suena imposible pero no lo es, en la era de la posverdad y los hechos alternativos. 

En los primeros días de su gira latinoamericano, Pence no lo ha hecho mal. Ha enfatizado los puntos en común, como el comercio y los acuerdos bilaterales ya en vigor, buscando necesaria buena voluntad de países que son aliados naturales pero no le tienen el menor cariño al gobierno de Trump.

La gira de Pence y su actitud abren una oportunidad, sino para un liderazgo, al menos para que EE.UU. sea parte de la solución y no del problema venezolano. Para ello se requiere plantear al régimen madurista demandas democráticas que prueben su voluntad de llegar a una salida a la crisis. Entre ellas, pensamos que las imprescindibles son la disolución de la ilegal Asamblea Constituyente; restitución de los plenos poderes de la Asamblea Nacional; liberación de los más de 400 presos políticos; reconocimiento de los miembros del Tribunal Supremo de Justicia recientemente designados por la Asamblea Nacional y fin a su persecución; y la convocatoria pronta a elecciones presidenciales supervisadas por la OEA. 

La zanahoria de esta solución para Maduro y sus secuaces podría ser el escenario de una salida pacífica, el compromiso de no perseguirlos legalmente por sus delitos, y eventualmente asegurarles un exilio dorado en algún paraíso socialista como Corea del Norte o Cuba.

¿Y cuál sería el garrote? Para empezar, la amenaza de influir decisivamente en todo el mundo financiero para generar un bloqueo financiero, para impedir cualquier crédito a Venezuela y la operación con sus instrumentos financieros. Esto ya ha comenzado a suceder cuando, hace solo unos días, Credit Suisse prohibió a sus empleados usar bonos venezolanos como garantía de cualquier operación, señalando: "Queremos asegurarnos de que Credit Suisse no provea los instrumentos a nadie para violar los derechos humanos de los venezolanos". Un segundo aspecto del garrote debiera ser la amenaza de la mayoría de países latinoamericanos y de EE.UU. de retirar indefinidamente sus embajadores; además, el congelamiento de cualquier nuevo acuerdo comercial con el régimen madurista; y por último, poner un plazo perentorio a partir del cual comenzarían a restringirse gradualmente las compras de petróleo venezolano.