Hace ya nueve años, un editorial de AméricaEconomía celebraba la “Evonomics”, la política económica del presidente Evo Morales que estaba dando buenos resultados en Bolivia. Y no es para desdecirse hoy: efectivamente, en buena parte del largo reinado de Evo (2006-2019), el país logró estabilidad, un crecimiento muy por sobre la media de la región -cuadruplicó el PIB- , y disminuir radicalmente la pobreza del 60% a 35% de la población.

Ya en su tercer mandato, arrancado a tirones a la legalidad que permitía solo una reelección, la situación empezó a empeorar, con la caída del precio del petróleo y gas y el ascenso inflexible del gasto público, con un déficit fiscal proyectado este año de 8% del PIB.

Evo Morales ha caído por el peso de sus propios errores y horrores, al intentar eternizarse él y sus amigos en el poder, al dar pasos hacia una autocracia que ha sido condenada incluso por las federaciones campesinas que lo impulsaron originalmente como dirigente; terminó abandonado finalmente incluso por la Central Obrera Boliviana que lo respaldó por tantos años.

Pero no son los errores de política económica los que hundieron a Evo, sino sus graves pecados políticos. Tras cambiar la Constitución para poder competir por un tercer mandato, impuso un plebiscito para darse la oportunidad de un cuarto. Y cuando lo perdió, hizo votar a un Tribunal Supremo, supremamente atestado de simpatizantes suyos, que él tenía el “derecho humano” de reelegirse ad infinutum, independientemente de lo que dijera la Constitución.

Y cuando, el 20 de octubre pasado, se dio esa elección, cometió un fraude a vista e impaciencia de toda Bolivia y de los observadores de la OEA, los que tras una auditoría, declararon este domingo recién pasado que efectivamente el recuento de votos fue adulterado en gran escala y que se debían repetir las elecciones con nuevas autoridades electorales.

En el intertanto, y en especial en los últimos días, el país estalló en fuertes manifestaciones contra el fraude. La policía terminó amotinándose y abandonando al gobierno en varias ciudades, y finalmente en la propia La Paz; el sábado el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas anunció que no intervendrían en el conflicto; pero el domingo, con el país en revuelta generalizada, “sugirió” a Evo renunciar por la paz del país.

La situación hoy está aún indefinida. Hoy debería asumir como Presidenta Jeanine Añez, la segunda vicepresidenta del Congreso, pero no es claro que el partido de Morales, el MAS, permita el quorum necesario para tramitar la renuncia de Morales y ungir a la nueva presidenta. Mientras, tras dos días y una noche de terror en La Paz y otras ciudades, parece volver la tranquilidad.

¿Es esto un golpe de estado? El amotinamiento de la policía fue clave; la renuncia de las FF.AA. a apoyar activamente a Evo Morales contra los manifestantes también. La “sugerencia” del comandante en jefe a Morales no se ve bien. Pero es verdad que los militares no han ocupado ni las calles ni menos el Gobierno; que por ahora se está intentado seguir el camino institucional con el respaldo de las FF.AA. Es al menos una situación que aún no se ha definido, y como AméricaEconomía esperamos que se siga el camino institucional y que de modo alguno veamos nuevamente a los militares gobernando en Bolivia ni en ningún otro país.

Evo Morales ha caído por el peso de sus propios errores y horrores, al intentar eternizarse él y sus amigos en el poder, al dar pasos hacia una autocracia que ha sido condenada incluso por las federaciones campesinas que lo impulsaron originalmente como dirigente; terminó abandonado finalmente incluso por la Central Obrera Boliviana que lo respaldó por tantos años. Se sabe que los dioses ciegan a quienes quieren perder: Evo se cegó y se cebó en el poder, y su reinado ha terminado trágicamente por ello.