El debate presidencial entre Donald Trump y Joe Biden de esta semana mostró el estado crítico en que se encuentra la democracia en EE.UU. en la llamada era Trump. Si bien los orígenes de esta crisis anteceden la llegada del presidente Trump a la Casa Blanca, es evidente que su personalidad y su tendencia al autoritarismo están haciendo una contribución significativa a la demolición del sistema democrático en ese país.

El debate en sí mismo fue una vergüenza mundial para EE.UU. Un Trump agresivo al límite, pasado de revoluciones, que no dejó hablar a Joe Biden, cual matón escolar. Cada vez que el moderador Chris Wallace le hacía una pregunta a Biden, Trump lo interrumpía, no dejando contestar al ex vicepresidente. Sus propias intervenciones fueron lamentables, llenas de mentiras, sin una dirección clara, ni tampoco un mensaje descifrable destinado a algún grupo objetivo de electores que quisiera conquistar.

La agresividad de Donald Trump descendió a los niveles más bajos imaginables, no respetando los limites más elementales del humanismo, atacando y degradando a dos hijos de Biden: a uno le llamó drogadicto, y mancilló al segundo, condecorado por su desempeño militar en Irak y fallecido trágicamente de un cáncer. Como dijo una columnista del New York Times, Trump volvió a mostrar su personalidad de monstruo. El caos propiciado por Donald Trump hizo lucir muy mal al moderador, el cual perdió el control del debate.

Entre la multitud de mentiras de Trump, sobresalió su defensa de su manejo de la pandemia, a la que ha persistentemente subestimado y ridiculizado. Se autocalificó como “magnífico” en su política, esgrimiendo que si no fuera por él, EE.UU. tendría dos millones de muertos. La verdad es que el país ya tiene 206.000 muertos, más que ningún otro país del mundo. Con el 4% de la población mundial, EE.UU. carga con el 20% de todos los muertos.

Pero, además de su matonaje verbal y sus mentiras, hay dos muy serias amenazas a la democracia que lanzó Trump en este debate.

En lo inmediato, el test de la democracia estadounidense es garantizar que las elecciones próximas sean respetadas y los ciudadanos puedan elegir a su presidente. Las amenazas directas y claras de Trump han puesto este derecho básico en peligro.

Exigido por el moderador a que condenara a los grupos racistas violentos, de supremacistas blancos, que han salido armados a la calle a agredir las manifestaciones de Black Lives Matter contra la violencia policial y de grupos racistas en los últimos meses, Trump no solo rehusó hacerlo, sino que llamó a uno de estos grupos, Proud Boys, a estar preparados para entrar en acción.

La segunda amenaza, de alguna manera ligada a la primera, es que nuevamente rehusó decir que reconocerá al ganador de las elecciones de Noviembre, a menos, claro, que sea él mismo. Y dio un paso más allá en su descalificación de las próximas elecciones (“Este será el mayor fraude que jamás han visto”) y del sistema de voto por correo. Este se viene usando en EE.UU. hace varias décadas. En las últimas elecciones de 2018, en que se eligió al 100% de la Cámara de Representantes y una parte del Senado, aproximadamente el 30% de los votos fueron emitidos por correo, y en esta pandemia se espera que este porcentaje suba por razones obvias. Hasta el momento no hay ninguna evidencia empírica que el voto por correo induzca más fraude que el voto en persona. En el debate de este martes, Trump anunció que si él pierde, entonces es porque la elección es fraudulenta y que va a llegar hasta las últimas consecuencias. En realidad, parece estar asumiendo que va a perder en la votación, e intentará judicializar los resultados con el ánimo de llegar hasta la Corte Suprema, donde ya cuenta con mayoría de 5 votos conservadores versus 3 votos liberales; incluso podría aumentar a 6 los votos conservadores si es que logra confirmar a la reemplazante de la recién fallecida jueza liberal Ruth B. Ginsburg. Otra maniobra judicial sería llevar a que en ciertos estados se desconozcan los resultados, forzando a que sea el Congreso estadual el que decida los colegiados que van al colegio electoral, y no los votantes. En suma, robarse las elecciones.

Y las dos amenazas se conjugan, pues llamó finalmente a sus partidarios de ultraderecha a realizar actos de matonaje e intimidación en las áreas de votación. Su amenaza es clara, y la repitió dos veces en el debate: “Esto no va a terminar bien”, dijo.

Cabe preguntarse cómo y por qué el antiguo Partido Republicano, el de Abraham Lincoln, respalda en silencio y hasta las últimas consecuencias a este personaje lamentable y nefasto. El Republicano es un partido de valores conservadores, pero heredero de una tradición democrática de larga data. De hecho, se fundó con una plataforma anti-esclavista. Mal encaja Donald Trump con los valores conservadores y tradicionales. El oportunista Trump ha coqueteado en el pasado con los demócratas; ha sido partidario del aborto; tiene un estilo de vida que no especialmente asimilable a los valores cristianos y evangélicos. Trump es evidentemente un sociópata narcisista cuyos negocios no son precisamente limpios y transparentes. Se acaba de revelar en una investigación del New York Times que prácticamente no ha pagado impuestos en los últimos 10 años (pagó solo US$750 en 2016 y en 2017); sus negocios pierden plata a borbotones en los últimos años, con la excepción de su programa televisivo, y está endeudado personalmente en más de US$400 millones.

La explicación de esta deriva del Partido Republicano hacia el autoritarismo Trumpiano tiene, en buena parte, una base socio demográfica y política. La sociedad americana funcionó con propósitos y valores comunes bajo la Constitución de los Padres Fundadores hasta la década de los 1960s. Tuvo cerca de un siglo de desarrollo sostenido tras la Guerra Civil de 1861-65 en que primó lo que se llamó el ¨American Exceptionalism”, donde el sueño americano era una realidad y daba lo mismo quien era presidente o de qué partido era . El país lo manejaba la mayoría, que era blanca y de clase media o aspirante a serlo. Incluso EE.UU. pudo darse el lujo de ¨resolver¨ la tensión racial con los afroamericanos que terminó con la ¨segregación¨ en los años 60, aunque no con el racismo. En los últimos años EE.UU. atraviesa un cambio demográfico dramático. Los llamados baby boomers, que son los nacidos entre 1946 y 1965, de amplia mayoría blanca, constituían todavía hasta la elección de 2016 una mayoría importante. Pero esta ha comenzado a descender. Los blancos se están transformando de una mayoría en la primera minoría de EE.UU. De 90% de la población en 1950, hoy son un 60%, y serán menos de 50% en 25 años más. Y no es solo por las nuevas generaciones y los afroamericanos, sino por el creciente número de “Browns”, los latinos, además de indios, pakistaníes y una variedad de asiáticos. Todo esto ha hecho que EE.UU. sea un país muy diferente a lo que fue. Agréguese a ello el estancamiento en los últimos 30 años en el progreso económico de una amplia parte de esa población blanca, producto de una creciente desigualdad en la distribución de los ingresos, y se tendrá a una buena parte de esos blancos enojados y rabiosos, igual que la actuación de ese Trump (que es, irónicamente, un privilegiado hijo de su papá, y cuya política solo acentúa la desigualdad).

Y son los votos de esos grupos blancos los que buscan los políticos republicanos emboscados detrás de la figura de Trump y su promesa de volver al pasado glorioso de la América que ya no existe ni volverá. Súmense los cristianos evangélicos blancos del sur de EE.UU., que le perdonan la vida licenciosa a Trump mientras les permita seguir soñando en una América poderosa y conservadora, y que han sido históricamente los partidarios del partido republicano.

Si gana Biden, como pronostican las encuestas, su tarea será dura. Además de recibir un país en pandemia y recesión, heredará un país dividido, donde se ve muy difícil la reconciliación entre sus dos almas: un alma joven, plurirracial, globalista, ambientalista, que cree en los derechos reproductivos de la mujer, el matrimonio igualitario, que busca más equidad social y económica, la cobertura de ciertos derechos sociales como acceso a la salud, educación de calidad gratuita; y un alma vindicativa, nostálgica, ultraconservadora, matonesca, y derechamente racista. El desafío para el próximo gobierno será entonces como avanzar en las reformas para que el país haga el giro que tanto necesita.

En lo inmediato, el test de la democracia estadounidense es garantizar que las elecciones próximas sean respetadas y los ciudadanos puedan elegir a su presidente. Las amenazas directas y claras de Trump han puesto este derecho básico en peligro.