Alberto Fernández ha asumido como presidente de Argentina, una de las economías más disfuncionales del mundo, prometiendo restaurar el crecimiento mediante un giro a la izquierda y la reversión de las políticas de su predecesor, el liberal Mauricio Macri. Fernández recibe un país en recesión, con una deuda externa cercana a los US$ 300.000 millones -un 58% del PIB-, un peso derrumbado, una inflación del 50% anual y una tasa de pobreza que bordea el 40%.

La situación actual es producto mixto de los dos gobiernos anteriores. La peronista Cristina Fernández de Kirchner (2007-2015) expandió el gasto público sin control en un gobierno plagado por la corrupción, mientras el empresario liberal Mauricio Macri (2015-2019) prometió un futuro esplendor para Argentina sobre la base de políticas pro-mercado. Macri culpó al gobierno de Cristina por el incumplimiento de sus promesas, pero el hecho es que el ingreso per cápita cayó 10% durante su período y la tasa de pobreza se disparó, en medio de una inflación que llegó a 300% en sus cuatro años de gobierno. Puede ser cierto que Macri recibió un país en ruinas, pero hay que reconocer que su política económica fue también un fracaso.

AméricaEconomía valora el intento de Fernández de poner a la economía en la senda del crecimiento y de preocuparse de los sectores más vulnerables. Pero es clave que el nuevo gobierno haga ajustes significativos para una disminución programada del gasto fiscal.

En su discurso inaugural, el nuevo presidente, de 60 años de edad, dijo que los pobres serían la máxima prioridad y que habría para ellos políticas de bienestar como préstamos y programas de apoyo para los desempleados, junto con mayor asistencia en salud y alimentos.

No está claro cómo pagará por estos programas sociales con la Argentina al borde de la insolvencia, tras años de estancamiento, escasez de dólares y creciente endeudamiento. En un primer paquete de medidas presentado al Congreso por el nuevo gobierno, hay un impuesto de 30% a las exportaciones agrícolas. Si bien esta no es una medida que AméricaEconomía en principio aplauda, en la coyuntura argentina puede ser una acción razonable: no hay muchas fuentes de ingresos y el sector exportador se ha visto beneficiado por el alza del dólar. Como una medida excepcional y acotando su duración, el impuesto a los exportadores agrícolas es adecuado para la realidad actual de Argentina.

AméricaEconomía también aprueba aumentar los impuestos a las personas de altos ingresos y el paquete de medidas pro pymes, que incluyen exenciones y postergación del pago de tributos, así como un impuesto a los gastos en el exterior, dada la escasez de divisas.

Pero antes que nada Fernández tendrá que iniciar negociaciones de alivio de deuda externa, porque el país está al borde del default y debiendo US$ 300.000 millones. El flamante ministro de Economía Martín Guzmán (37) ya anunció que entrará en conversaciones con los acreedores para llegar a acuerdos (léase suspender pagos), agregando que Argentina no podrá seguir con las políticas de austeridad de Macri y que la solvencia tendrá que venir por un impulso productivo en vez de reducción del gasto. Otro tanto dijo el propio Fernández en su discurso inaugural. Para pagar, expresó, hay que crecer primero.

Sea como fuere, el gran problema para Alberto Fernández es el pago de la deuda externa. El gobierno deberá hacer un esfuerzo sobrehumano por renegociar la deuda, dado que un nuevo default pondría un freno a la llegada de inversionistas extranjeros, que tanto necesita Argentina, además de terminar por bloquear toda vía futura de endeudamiento externo.

Clave en estas negociaciones es lo que el país logre alcanzar con el FMI, que le prestó US$ 57.000 millones el año pasado, en lo que constituye el mayor programa de rescate de la historia del organismo financiero internacional.

Fernández no tiene mayoría en el Congreso y el bloque de centro derecha de Macri sigue siendo poderoso, lo cual pondrá frenos al mayor control estatal que podría traer el nuevo gobierno, así como a un aumento del gasto. Pero en el plano político quizá la mayor incertidumbre sea la relación del nuevo presidente con su vicepresidenta, la mercurial Cristina Fernández de Kirchner. Conocida en Argentina como Cristina, la ex presidenta sigue siendo una carta de difícil lectura en cuanto al poder que tendrá en el gobierno y cómo se llevará en definitiva con el mandatario.

Fernández renunció en 2008 a su cargo de jefe de gabinete en el gobierno de Cristina -cuando ella subió los impuestos a las exportaciones agrícolas- y después de eso, durante varios años, fue tenaz y vocal opositor a la Kirchner. “El peronismo fue liberal con Menem, conservador con Duhalde, progresista con Kirchner y patético con Cristina”, dijo a fines de 2015.

Pero Cristina lo buscó para esta elección, en su calidad de peronista moderado que podía conseguir votos suficientes para la presidencia al sumarse al bloque de izquierda que ella representa. Ella también tiene poder en el Parlamento, donde su hijo Máximo encabeza el grupo peronista de la cámara baja.

Durante el discurso inaugural de Fernández, Cristina se mantuvo a su lado y no detrás de él, como le correspondería en su rol de vicepresidenta. Y pocos días antes, fue Fernández quien acudió a visitar a Cristina a su casa  -y no al revés- para conversar nombres claves para el gabinete.

En ese gabinete, varios cristinistas han asegurado posiciones clave. Eduardo “Wado” de Pedro, líder del movimiento juvenil kirchnerista La Cámpora, ha sido nombrado ministro del Interior, mientras un estrecho aliado de Cristina, Carlos Zannini, ha sido nombrado procurador general.

Fernández ha llegado a apoyar veladamente a Cristina frente a las acusaciones de corrupción en su contra. El nuevo presidente ha hablado de “sistema judicial contaminado” en referencia a esto y se especula en Buenos Aires que terminará hallando forma de exculparla.

Sin embargo, Fernández parece ser honestamente de centro, capaz de dialogar con los extremos. Ha dicho que con él comienza un peronismo “liberal y progresista” y ha demostrado tener capacidad negociadora en toda su carrera.

AméricaEconomía valora el intento de Fernández de poner a la economía en la senda del crecimiento y de preocuparse de los sectores más vulnerables. Pero es clave que el nuevo gobierno haga ajustes significativos para una disminución programada del gasto fiscal.

Otro punto prioritario es la atracción de la inversión extranjera. En esto el gobierno de Fernández debe trabajar con creatividad y convicción porque parte en rojo: los inversionistas tanto extranjeros como nacionales no olvidan fácilmente todos los errores y horrores de política económica que cometió Cristina y la hostilidad de ella hacia la comunidad de negocios.

Todo esto tiene por delante el nuevo presidente. Aunque la verdad es que sin un boom de commodities como el que ayudó a Argentina (y al resto de América Latina) en los primeros 12 años del siglo, las cosas se ven extremadamente difíciles para Alberto Fernández.