Donald Trump tiene razón en lo más central de su más reciente ataque contra China: el país asiático no juega limpio en el campo comercial. Pero se equivoca en las armas que está usando.

Es verdad que el déficit comercial de mercancías de Estados Unidos con China ha crecido continuamente en los últimos 30 años, llegando a US$ 375.000 millones en 2017. Pero las economías de ambos países ya están tan integradas y las cadenas de valor globales tan complejas que es casi imposible saber quién se beneficia y quién se perjudica con los aranceles de 25% que ha anunciado Estados Unidos para 1.300 productos de tecnología que le compra a China.

Las disputas comerciales, al igual que los acuerdos de propiedad intelectual, inversión extranjera y otros relacionados con la integración económica global, Estados Unidos no debe ni puede resolverlas con acciones unilaterales irresponsables y peligrosas, sino en la arena multilateral que el propio Estados Unidos ha construido pacientemente desde fines de la Segunda Guerra Mundial junto a sus aliados de Occidente. Si Estados Unidos quiere proteger su hegemonía tecnológica y defenderse de la piratería china, debe retomar una estrategia y táctica de consenso con la Unión Europea y el resto de Occidente, que incluye a América Latina.

La rápida respuesta de Beijing fue mucho más efectiva: ha impuesto aranceles a 103 productos estadounidenses, casi todos agropecuarios, que son 100% made in USA . El impuesto a la importación de soya, por ejemplo, podría ser devastador para esa industria: China es el mayor comprador de soya estadounidense y el anuncio chino hizo caer fuertemente el precio del alimento en el mercado de futuros.

Un estudio del Banco Asiático de Desarrollo sobre los iPhone ensamblados en China que se exportan a Estados Unidos, ejemplifica la situación. Un iPhone que se vende a US$ 500 en Estados Unidos, sale de las aduanas chinas con un valor de exportación de US$ 179, y para ensamblarlo China tuvo que importar piezas y partes de Corea, Japón, Malasia y… Estados Unidos. Según el estudio, el valor que se queda en China --la comisión por ensamblaje de un iPhone-- es de apenas US$ 7. En las estadísticas comerciales bilaterales, el iPhone aparece como una exportación china por US$ 179 a Estados Unidos. Pero el aparato le reporta ingresos netos por US$ 7 a China y ventas por US$ 500 en EE.UU. a la estadounidense Apple.

China descubrió hace más de una década que la maquila y el ensamblaje para la exportación no eran buen negocio en el largo plazo y decidió seguir dos estrategias clave: desarrollar las destrezas que le permitieran subir posiciones en la cadena de valor de los productos manufacturados;  y desarrollar marcas propias capaces de competir globalmente y amparadas por propiedad intelectual.

China también descubrió que el mayor motor de crecimiento económico  es el consumo interno. Y aprendió rápido: la economía china creció en US$ 770.000 millones el año pasado, más que los crecimientos de Estados Unidos y Europa sumados. Y las exportaciones, que hace diez años constituían el 35% de la economía china, hoy sólo llegan al 18%.

China está jugando sucio, es verdad, pero no especialmente en su actual manufactura de exportación que puede ser contrarrestada con aranceles sino en apropiarse de tecnología e innovación creada en EE.UU. y Europa sin pagar por su propiedad intelectual,  y además imponiendo regulaciones y trabas al establecimiento en China de empresas extranjeras en sectores destinados al consumo interno, que es donde Beijing ha puesto la prioridad de crecimiento en la última década.

La imposición de aranceles a China ataca sólo tangencialmente a la amenaza más grande que representa el gigante asiático para las potencias de Occidente. Esa amenaza es su ambición de desarrollo tecnológico, delineada en el plan Made in China 2025, que busca convertir al país en una potencia de alta tecnología, desarrollando industrias como la inteligencia artificial, robótica, tecnología de la información, transporte autónomo con nuevas fuentes de energía y la industria aeroespacial, entre otras. China ya es líder mundial en algunas de estas industrias, como lo demuestra su transporte ferroviario urbano por levitación magnética.

La ambición china no habla de integrarse a las naciones que lideran en estos campos, como Estados Unidos o Alemania, sino de reemplazarlas casi por completo. El propio Made in China 2025 habla de llegar a la autosuficiencia mediante sustitución de tecnología y convertirse en una superpotencia que domine el mercado global en industrias claves de alta tecnología.

 Esa declaración de intenciones contradice las palabras de la diplomacia china y violenta el espíritu de las reglas del comercio internacional que sustentan a la Organización Mundial del Comercio, de la cual China es signataria.

En los hechos China va bastante más allá de una declaración de intenciones al piratear propiedad intelectual y obligar a transferir tecnología a las empresas que quieren establecerse dentro de sus fronteras, además de otras trabas paraarancelarias. No es aventurado decir que con Made in China 2025, este país le ha ya declarado una guerra comercial a Estados Unidos al plantearse como campeón mundial de la tecnología futura.

Mientras la amenaza arancelaria acaparaba titulares, la otra acción de la Casa Blanca, más relevante y más razonable, pasó relativamente inadvertida: el Departamento del Tesoro restringirá las inversiones chinas en empresas estadounidenses de alta tecnología. Esas inversiones son otra arma china para nutrir su propia industria en las áreas definidas como prioritarias en Made in China 2025.

Para ser justos con Trump, lo cual no es fácil, hay que reconocer que al impedir recientemente la compra de la empresa estadounidense de tecnología en telecomunicaciones Qualcomm por parte de Broadcom, establecida en Singapur pero con capitales chinos, el gobierno estadounidense está respondiendo al proteccionismo no arancelario de China con una medida que protege la tecnología 5G futura made in USA. Si los aranceles se han llevado los titulares, los primeros cañonazos de la verdadera guerra comercial ya han comenzado en este frente, que es crucial.

La acción de la Casa Blanca da un golpe de timón a la política que iniciaron Richard Nixon y Henry Kissinger en 1972 y que ha buscado atraer a China como socio a un orden económico internacional basado en reglas delineadas por el mundo occidental. La movida de Trump, correctamente, define a China como un competidor estratégico que busca quitarle la hegemonía global.

En este sentido, podría decirse que la acción de Trump es defensiva y no ofensiva. Sin embargo, dado que las armas más visibles que ha elegido para defenderse son los aranceles, sus medidas terminarán impactando negativamente a varias industrias estadounidenses y también harán subir los precios de los productos importados de China, perjudicando al consumidor.

Mientras tanto, el contraataque arancelario de China usa menores armas y mejor puntería. Al imponer aranceles a la soya, la fruta, la carne de cerdo, el vino y otros productos, está castigando a la gigantesca industria alimenticia de Estados Unidos, que se ubica en muchos de los estados que apoyan políticamente a Trump. De hecho, ocho de los nueve estados que producen soya en Estados Unidos son estados donde Trump ganó la elección de 2016. Al disparar su cañonazo arancelario contra el sector agrícola, China le apunta de carambola a las grandes empresas que apoyan políticamente a Trump y financian las campañas de los candidatos republicanos en las elecciones parlamentarias de noviembre próximo.

En el tema de violaciones a la propiedad intelectual, otro punto en el cual China es culpable, el documento de Trump señala que Estados Unidos recurrirá a la Organización Mundial del Comercio, organismo multilateral que sin embargo el propio Trump ha impugnado en repetidas ocasiones, diciendo que sus decisiones no son justas con EE.UU. La acción de la Casa Blanca de acudir a la OMC tuvo inmediata respuesta: China dijo que también recurrirá a la OMC para tratar de contrarrestar en ese organismo multilateral la decisión unilateral de Estados Unidos de imponer aranceles al acero y al aluminio.

Después de un par de rounds, lo que queda claro es que Estados Unidos ha actuado con precipitación y falta de inteligencia, mientras China da golpes premeditados y certeros. Los aranceles no han entrado en vigencia aún, de modo que todavía son una amenaza para apalancar una negociación. Pero por lo que se ve, la palanca de China parece tener más poder.

Las disputas comerciales, al igual que los acuerdos de propiedad intelectual, inversión extranjera y otros relacionados con la integración económica global, Estados Unidos no debe ni puede resolverlas con acciones unilaterales irresponsables y peligrosas sino en la arena multilateral que el propio Estados Unidos ha construido pacientemente desde fines de la Segunda Guerra Mundial junto a sus aliados de Occidente. Si Estados Unidos quiere proteger su hegemonía tecnológica y defenderse de la piratería y el proteccionismo tecnológico de China, debe retomar una estrategia y táctica de consenso con la Unión Europea y el resto de Occidente, que incluye a América Latina.