En el discurso de celebración de los primeros 100 días de su gobierno, el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), renovó sus promesas de campaña, mientras rechazaba los temores de recesión manifestados por sus opositores y analistas. "No veo ninguna señal de recesión… cómo les gustaría a nuestros adversarios conservadores y analistas que hacen pronósticos mal intencionados que así fuera", dijo.

AMLO debería imitar el modelo de la centroizquierda que gobernó Chile durante 20 años, conjugando políticas sociales redistributivas con un manejo macroeconómico serio y profesional, haciendo de Chile el país más próspero de América Latina. O adoptar el pragmatismo progresista de los gobiernos uruguayos de centroizquierda, que han mantenido por años un país abierto a los cambios, a la inversión, con alto crecimiento y buenas cifras sociales

Repitió una vez más que bajo ninguna circunstancia pondrá en riesgo los equilibrios macroeconómicos. "Jamás gastaremos más dinero del que nos entra como ingresos, ni tampoco emitiremos nuevos títulos de deuda", subrayó. Asimismo, renovó su compromiso de realizar fuertes inversiones en infraestructura, incluyendo un tren turístico alrededor de la península de Yucatán, la construcción de una nueva refinería de petróleo y un nuevo aeropuerto para Ciudad de México. Esto último, tras haber cancelado el aeropuerto que ya se encontraba en construcción y que tenía avanzado alrededor del 30 %, lo cual enfureció a los inversionistas y despertó dudas sobre el verdadero compromiso del gobierno con las inversiones privadas.

AMLO cuenta hoy con una altísima aprobación de su gestión, en distintas encuestas, llegando en algunas al 80 %, e incluso logrando subir su aprobación durante los primeros 100 días, lo que es una rareza sólo lograda también por Vicente Fox, entre los últimos seis presidentes de México. Hay razones concretas que explican la popularidad de AMLO: entre otras, duplicar el salario mínimo y las pensiones de invalidez; y el aumento del presupuesto de becas para jóvenes en educación terciaria técnica y científica.

Sin embargo, el factor más importante es la alta credibilidad que goza AMLO en la mayoría de la población mexicana, producto de la frustración de esta con los partidos políticos tradicionales como el PRI y el PAN, que hicieron muchas promesas que no cumplieron, y especialmente por los escándalos de corrupción en que se vieron envueltos, mientras la mayor parte de la población vivía las penurias del día a día en un país con altísimos niveles de pobreza y desigualdad.

Al contrario, y por ahora, han encontrado en AMLO un presidente cercano, que se comunica a diario con su pueblo, que nunca ha estado envuelto en escándalos de corrupción, que ha tomado medidas simbólicas como poner a la venta el avión presidencial y bajarse a la mitad su salario, mientras ha prometido a los mexicanos terminar con la violencia que sufren a diario.

Pero la dura realidad de las cifras económicas revela que la situación se está deteriorando rápidamente. Las ventas del retail están en su nivel más bajo en cinco años, y las ventas de automóviles han caído en febrero de este año 7 %, respecto al mes anterior.

El Banco de México viene recién de rebajar la cifra de crecimiento para el 2019 a un rango entre 1,1% y 2,1%, mientras Bank of America Merrill Lynch pronostica un crecimiento de apenas un 1% para 2019.

La fuga de capitales se elevó en un 72 % en 2018, llegando a US$ $ 9.600 millones, y la inversión extranjera cayó un 1,5 % en relación al año anterior. Estas cifras, y diversos testimonios, prueban que la confianza de los inversionistas extranjeros quedó resentida por la cancelación del proyecto del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México.

En este contexto, no se ve claro cómo la promesa del gobierno, de un crecimiento de 4,5%, pueda hacerse realidad. Por otro lado, el gobierno no ha podido cumplir en enero de 2019 con su propia proyección de ingresos, los que cayeron en 7,5%, en enero 2019, comparados con el mismo mes de 2018. Esto ha provocado que las agencias de clasificación crediticia rebajaran la nota de la deuda soberana mexicana, así como también los títulos de la deuda de Pemex, la gigante petrolera estatal mexicana. Para rematar, los ingresos petroleros han caído 52 % en términos reales en enero pasado.

Es verdad que aún llevamos muy poco tiempo y no se puede responsabilizar al nuevo gobierno de todas estas cifras que muestran en su gran mayoría la performance del gobierno del presidente Peña Nieto. Pero también es cierto que ha pesado la incertidumbre que provocó la elección de AMLO, en julio de 2018, y el largo período de transición sin definiciones claras en lo económico, contribuyendo en especial a la parálisis de la inversión, agravada luego por la cancelación del proyecto del aeropuerto de la Ciudad de México.

Y los vientos de la economía mundial tampoco ayudan, con pronósticos crecientemente pesimistas para las economías de EE.UU., Europa y China, en 2019, y el año próximo.

En el idioma habitual de AMLO, la palabra neoliberal es usada para describir todo lo peor que le ha pasado a México en las últimas décadas. Pero es clave que el presidente mexicano no cometa los mismos errores en política económica de otros gobiernos de izquierda de América Latina, levantando una bandera para destruir las reformas neoliberales junto a políticas voluntaristas que generaron crisis económicas, inflación, crisis cambiaria y estancamiento. No hay necesidad de mencionar la Venezuela chavista, carcomida por la corrupción: basta ver los casos de la Argentina de Kirchner y el Brasil del PT y Lula. El resultado para AMLO sería, en última instancia, que el pueblo que lo eligió le volvería la espalda y las buenas intenciones quedarían en nada.

AMLO debería, más bien, imitar el modelo de la centroizquierda que gobernó Chile durante 20 años, conjugando políticas sociales redistributivas con un manejo macroeconómico serio y profesional, haciendo de Chile el país más próspero de América Latina. O adoptar el pragmatismo progresista de los gobiernos uruguayos de centroizquierda, que han mantenido por años un país abierto a los cambios, a la inversión, con alto crecimiento y buenas cifras sociales, y creciendo ininterrumpidamente por 16 años. La combinación de mercados competitivos, abiertos al comercio y la inversión, que genere un crecimiento que sea fuertemente redistribuido por medio de audaces políticas sociales: tal es una receta que hace perfecto sentido con las aspiraciones declaradas del gobierno de AMLO.

El gobierno de AMLO será juzgado también por cómo enfrente dos azotes que tiene un enorme impacto en el bienestar de la población: la inseguridad pública y la corrupción. Respecto del primer desafío, en estos primeros 100 días ya ha sido aprobada por el Congreso la creación de la Guardia Nacional; el tiempo y los resultados dirán si era la política correcta. En relación a la corrupción, el gobierno está en deuda. No ha presentado a la fecha un plan concreto en esta materia, ni tampoco el discurso público da luces de cuál sería su política para el combate a la corrupción.

Creemos de suma importancia que el gobierno vaya más allá de las buenas intenciones y del hecho que el presidente y su círculo más cercano no están involucrados en actos de corrupción. Debe proponer un plan concreto para combatir este flagelo que viene azotando a México hace demasiado tiempo, y respecto del cual las expectativas de los mexicanos son justificadamente muy altas.