Recientemente se celebraron los 30 años del Mercosur. A patadas en las canillas, habría que decir, pues cuando el presidente de Uruguay señaló, con el asentimiento cómplice de sus pares de Brasil y Paraguay, que el tratado debía flexibilizarse y dejar de ser un lastre y un corsé, un malhumorado Alberto Fernández, presidente de Argentina, amenazó: “Si somos un lastre, que tomen otro barco”.

El Mercosur nació en 1991 con una ambición a contramano de la historia y la experiencia. Creó una muralla arancelaria común y obstáculos no-arancelarios al comercio y la inversión de modo de impulsar una industrialización y crecimiento basados en el mercado interno, supuestamente vasto; una ilusión común en países grandes como Brasil.

La experiencia de dos siglos muestra lo errado de ese camino. Todos los casos exitosos de industrialización, desde la propia Inglaterra en el siglo 19 hasta China hoy, pasando por Estados Unidos, Japón y Corea del Sur, muestran que efectivamente hay una etapa en que se protege a la industria de la competencia externa. Pero con dos grandes diferencias con Mercosur: por un lado, desde temprano (con la excepción durante un tiempo de EE.UU.) se orientan al mercado mundial, no solo al interno; y poco a poco empiezan a bajar la protección, al menos la arancelaria, para exponer la producción local a mayor competencia y para alentar el desarrollo del comercio.

Es mucho más probable que las compañías industriales mexicanas transiten hacia productos de mayor valor, al estar integradas forward y backward a cadenas de valor globales, a que lo hagan las compañías industriales brasileñas y argentinas, lejos de los circuitos de valor e innovación mundiales.

Mercosur ha ignorado estas lecciones en un periodo en que el comercio exterior ha sido un fuerte impulsor del crecimiento económico. En la mayor parte de estos 30 años, la tasa de crecimiento del comercio mundial ha superado la del PIB mundial, si bien eso no sucede en los últimos años.

Además, el comercio mundial ha ido cambiando de naturaleza: los bienes finales son hoy apenas un 30% del total. Todo el resto son bienes intermedios, que cruzan fronteras para integrarse a la producción de bienes en cadenas de valor global. Claro, los países del Mercosur están integrados a este comercio, pero solo “por abajo” o forward, es decir, entregando bienes básicos, granos y minerales principalmente, para que sean procesados e integrados en cadenas de valor superior. De los 10 productos principales que Brasil exporta, 10 son commodities o productos básicos. En el caso de Argentina, son 9 de los primeros 10. Como estrategia de aumentar valor e industrializarse, Mercosur es un fracaso. Brasil y Argentina están entre los países con menor integración “backward” en comercio exterior (es decir, importar productos para procesarlos y exportarlos) en estudio de la OMC, con indicadores parecidos a los países petroleros como Arabia Saudita y Brunei.

Es cierto que hay otra estrategia que deja a los países en una situación parecida: es la de países como Chile, donde si bien los aranceles son mínimos, no hay ninguna política real de agregar valor, de alentar el desarrollo de industrias con valor agregado. En realidad, desde la dictadura de Pinochet y hasta hoy, en Chile el Estado solo ha alentado impositivamente y con subsidios industrias básicas como la minería, la agricultura, forestal y pesca. Así, Chile también es un país cuyas exportaciones son altamente intensivas en recursos naturales, no muy diferente a Brasil o Argentina. La diferencia, sí, es que por ser un país más abierto, su comercio total es un 56,8% del PIB, comparado con 29,0% en Brasil y 32,4% en Argentina.

El único país latinoamericano que está realmente integrado a las cadenas de valor globales es México, en especial gracias a su acuerdo con EE.UU. y Canadá. En el estudio referido de la OMC, México es señalado como uno de los países con mayor integración backward del mundo. Los números hablan por sí solos: las manufacturas son un 89,6% del total de exportaciones mexicanas (y los bienes intermedios, un 79% de sus importaciones), comparado con 31,5% en Brasil (2019) y un 23% en Argentina. El reto de México, que no es menor, es superar la condición en que su ventaja sea el bajo precio de su fuerza de trabajo. En primer lugar, porque eso perpetúa la pobreza y desigualdad enormes en ese país; pero también porque el incentivo del bajo valor de salario estaría explicando hoy apenas un 20% del comercio mundial, según estudio de la consultora McKinsey. Algunas empresas industriales mexicanas, como Orbia (ex Mexichem), muestran el camino, con una alta proporción de productos de alto valor e invirtiendo fuertemente en Investigación & Desarrollo.

    Fuente: OMC

 

Es mucho más probable que las compañías industriales mexicanas transiten hacia productos de mayor valor, al estar integradas forward y backward a cadenas de valor globales, a que lo hagan las compañías industriales brasileñas y argentinas, lejos de los circuitos de valor e innovación mundiales.

La industria automotriz ha sido a menudo presentada como la perla del Mercosur. Pero en realidad muestra su triste realidad, y compararla con el caso mexicano es revelador. Esta última está volcada al mundo (en especial a EE.UU.) y vende al exterior entre automóviles y autopartes 13 veces más que Brasil: US$ 121.000 millones vs. US$ 9.300 millones de Brasil. Por lo demás, Brasil se ha ido distanciando de su socio argentino, que ve año tras año caer su participación de mercado en Brasil (10,7% en 2010; 6,0% en 2019). La exportación de autos y autopartes argentina a su socio brasileño cae en números absolutos, e incluso la producción total ha ido cayendo desde un peak en 2012. En Brasil, la industria automotriz se orienta básicamente al mercado interno, mientras la mitad (51%) de lo que poco que exporta va a la empobrecida Argentina.

No es casualidad que haya sido el presidente de Uruguay, Lacalle Pou, el que afirmó en la Cumbre celebratoria que había que flexibilizarlo para que el Mercosur no fuese un lastre. Y es que Uruguay, que sin embargo depende en gran medida del Mercosur en su comercio exterior, ha crecido en los últimos años abriéndose a otras rutas: a ser centro financiero y de servicios, y desarrollando una interesante industria de TI. Pero el país se encuentra ceñido por el Mercosur. Un corsé similar existe en la propia Argentina, donde lo mejor de sus empresas, como Mercado Libre, Globant o Grupo Insud, son cada vez menos argentinas, si es que no se han mudado simplemente a otro país.

Sí, el Mercosur, tal como es hoy, es definitivamente un lastre para los países que lo integran y para las empresas que los cobijan.