A nadie ha sorprendido el resultado de las elecciones en México, pero lo que decidieron los mexicanos el 1 de julio es un histórico y decisivo salto hacia adelante en lo político, que en lo económico despierta dudas y podría terminar siendo un salto hacia atrás.

El izquierdista moderado Andrés Manuel López Obrador (AMLO), del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) sólo necesitaba tener más votos que sus contendores para ser elegido presidente. Logró mucho más: el 53% de los sufragios le ha significado mayoría absoluta y a una distancia de 31 puntos del candidato que llegó segundo, Ricardo Anaya del PAN. Y el gobernante PRI, que ha estado en el poder con solo dos interrupciones desde hace casi un siglo, consiguió apenas el 16%.

AMLO ha sido caricaturizado por sus opositores como un líder mesiánico. No lo es. No es dado a los vociferantes discursos como los de Nicolás Maduro, ni tampoco a los tuiteos destemplados, como los de Donald Trump. Su experiencia en la alcaldía de Ciudad de México le da además una visión práctica de lo que es la realpolitik.

AMLO no sólo ganó la elección presidencial. Todavía no se saben los resultados finales de las elecciones legislativas y estatales, pero se puede adelantar que la coalición del nuevo presidente tendrá mayoría en el Congreso y también el gobierno de Ciudad de México, de la cual AMLO fue alcalde. La derrota del PRI ha sido tan grande que se espera que se mantenga en el gobierno de sólo 12 de los 32 estados del país.

La derrota del PRI es una buena noticia para México. El PRI se bate en retirada de una forma contundente que podría ser definitiva. Su aceitada maquinaria de poder, corrupción y favores políticos que muchos llamaban “la dictadura perfecta”, retrocedió en parte el año 2000, fecha en que el PRI perdió las presidenciales luego de 71 años de tener la presidencia. El PAN, otro partido tradicional, tuvo dos presidentes consecutivos e inició una guerra contra las drogas que ha terminado aumentando la violencia. En 2012 el PRI hizo un retorno que fue promisorio con el presidente Enrique Peña Nieto al comienzo, pero que ha terminado siendo el canto del cisne.

La corrupción y la violencia en el último gobierno del PRI fueron la principal razón de su fracaso en las urnas. Los mexicanos creyeron la promesa de AMLO de que va a terminar con la corruptela porque es afuerino: su partido fue fundado en 2014 y su coalición, Juntos Haremos Historia, es un abanico de grupos y movimientos casi sin historia. No han sido tentados por la corrupción porque no han estado nunca en el poder.

La histórica derrota del PRI a nivel estatal y local da a los ganadores la oportunidad de hacer frente a la corrupción y la violencia de la única forma en que ese empeño puede tener éxito: combatiéndola simultáneamente en todos los niveles del gobierno.

En el plano puramente político, el triunfo de AMLO reafirma la democracia en México, trae una efectiva alternancia en el poder y abre la esperanza de un nuevo estilo de gobernar, con más integridad y menos mordida.

La labor que AMLO tiene por delante es titánica. La cantidad de problemas que hereda es inmensa y las promesas hechas durante la campaña lo son más. El presidente electo y su equipo deben definir una lista de prioridades y poner en marcha un plan para concretar acciones en lo que sea posible de hacer en los seis años que tiene por delante. Al mismo tiempo, debe ser realista con sus partidarios y bajar sus expectativas a fin de que no cunda rápidamente la frustración entre la gente. Debe luchar también contra su propio voluntarismo mesiánico y asumir que la voluntad no es todopoderosa.

En el plano económico, sin embargo, el presidente electo despierta dudas.

A lo largo de su carrera, López Obrador se ha mostrado como un hombre de izquierda tradicional, intervencionista, estatista y nacionalista, que descree de los mercados, el libre comercio y los empresarios.

Como candidato, ha anunciado que congelará los precios de la gasolina y la electricidad. Al comienzo de la campaña, dijo que revertiría la apertura del sector petrolero a la inversión privada y extranjera. Cambió de opinión hace algunas semanas atrás, pero sigue hablando de imponer nuevos subsidios agrícolas. Sus tres grandes proyectos para impulsar la economía y generar empleo son a) la construcción de un tren de Cancún a los templos mayas del sur de Yucatán, a fin de aumentar el turismo hacia el interior del país. b) La construcción de otro tren, del Caribe al Pacífico, y c) un megaproyecto de siembra de árboles frutales en zona deprimidas del país.

Si esos proyectos suenan a iniciativas cepalianas de mediados del siglo XX, es porque lo son. AMLO ha llegado a hablar de volver a poner en marcha la Alianza para el Progreso, una añeja iniciativa estadounidense lanzada en 1962 por el presidente John F. Kennedy, destinada centralmente al desarrollo de la agricultura y las industrias extractivas en América Latina.

Los megaproyectos anunciados por AMLO aumentarán el gasto, pero el presidente electo ha dicho que no crecerá el déficit ni la deuda pública. En un guiño a los empresarios, prometió también que no subirá los impuestos, agregando que la carga fiscal se reducirá por obra y gracia de recortes salariales en la abultada burocracia del estado.

Al lanzar su campaña, AMLO criticó al Nafta porque no beneficia lo suficiente a México.  Más tarde cambió de opinión y ahora dice que renegociará el acuerdo de libre comercio con EE.UU. y Canadá de la mejor forma posible. Pero Donald Trump quiere un Nafta que beneficie más a Estados Unidos y AMLO hasta hace poco decía que el Nafta ya beneficia en exceso a Estados Unidos.

AMLO ha sido caricaturizado por sus opositores como un líder mesiánico. No lo es. No es dado a los vociferantes discursos como los que da Nicolás Maduro, ni tampoco a los tuiteos destemplados, como los que envía casi a diario Donald Trump. Su experiencia en la alcaldía de Ciudad de México le da además una visión práctica de lo que es la realpolitik.

Su discurso izquierdista se ha ido moderando a medida que el triunfo electoral se hacía más palpable. Y en su primer discurso tras la victoria se mostró conciliador y razonable, garantizando la independencia del Banco de México (Banco Central) y la disciplina financiera y fiscal, agregando que “se reconocerán los compromisos contraídos con empresas y bancos nacionales y extranjeros”. Y aunque reiteró que se revisarán los contratos petroleros firmados con el sector privado durante la administración Peña Nieto, agregó que eso se hará para chequear que no haya habido corrupción o ilegalidad.

Al día siguiente de la elección, AMLO mostró habilidad y espíritu práctico. Miembros de su equipo llamaron a bancos de inversión, corredores de bolsa e inversionistas institucionales en Wall Street y Ciudad de México, asegurándoles continuidad de políticas de inversión, compromiso con el libre comercio, estabilidad monetaria y disciplina financiera. No lograron frenar el nerviosismo de los mercados: pero amortiguaron lo que pudo ser una caída mucho más profunda. Tanto la Bolsa Mexicana de Valores como el peso perdieron poco más de un 1%, mientras en Wall Street el mayor fondo de papeles mexicanos perdía poco más 3%. No exactamente para descorchar champaña, pero tampoco como para ponerse a llorar.

López Obrador tiene hasta el 1° de diciembre, día en que asume la presidencia, para organizar su gobierno. El hecho de que al día siguiente de la elección se haya preocupado de tranquilizar a los mercados es una muy buena señal.

Tiene así cinco meses para decidir nombramientos y afinar políticas, tácticas y estrategias. Por delante lo espera una tarea que requiere inspiración y transpiración. Es de esperar que Enrique Peña Nieto le allane la tarea y le cuente que el camino del infierno está plagado de buenas intenciones. Ya tendrá seis años más para descubrir que el diablo está en los detalles.