El 21 de mayo recién pasado, al menos ocho estados brasileños dijeron que no seguirían las pautas del Ministerio de Salud del día anterior, que instaban al uso de cloroquina e hidroxicloroquina para tratar a pacientes de Covid-19 con síntomas leves. Estos medicamentos contra la malaria no han sido recomendados por la Organización Mundial de la Salud contra el Covid-19 y, por el contrario, hay evidencia de que podrían ser contraproducentes. Pero son los favoritos del presidente Jair Bolsonaro y de su ministro interino de Salud (el tercero en dos meses), el general Eduardo Pazuello.

El hecho revela el estado de caos en que se encuentra la salud pública en Brasil en medio de la pandemia, por culpa básicamente de la mala gestión de Bolsonaro. El país está desgobernado en el área de la salud debido a iniciativas que no son coordinadas con los gobiernos regionales y municipales. No hay una política coherente del gobierno federal coordinada con los estados y municipios y cada uno hace algo diferente, luego de que la Corte Suprema diera autonomía a los gobiernos locales para instaurar medidas de confinamiento.

Así las cosas, el país está dividido sanitariamente en una multitud de feudos estaduales, regionales y municipales, cada cual con su propia serie de medidas sanitarias de mayor o menor estrictez, mientras Bolsonaro aboga por la relajación de las medidas de confinamiento y la reapertura de la actividad económica lo antes posible.

A comienzos de mayo, la prestigiosa publicación médica The Lancet publicó un editorial llamando a Bolsonaro la “mayor amenaza” para la salud pública en Brasil y concluyendo que si no cambia de rumbo debería irse. A modo de respuesta, Bolsonaro tuiteó que estaba pensando organizar un asado con cientos de invitados en el palacio presidencial.

El segundo ministro de Salud, Nelson Teich, no supo qué contestar cuando le preguntaron por la medida de Bolsonaro de reabrir peluquerías y gimnasios como “servicios esenciales”. A los pocos días renunció.

Brasil es el nuevo epicentro mundial de la pandemia. Como consecuencia, en parte, de todo este desgobierno, se ha convertido en el país con el mayor número de muertos diarios del mundo y el segundo con el mayor número de contagiados después de Estados Unidos. Con más de 350.000 contagiados y más de 23.000 muertos, Brasil vive una epidemia que avanza a un ritmo de más de 20.000 contagios y mil muertos cada 24 horas.

Brasil es el nuevo epicentro mundial de la pandemia. Como consecuencia en parte del desgobierno de Bolsonaro, se ha convertido en el país con el mayor número de muertos diarios del mundo y el segundo con el mayor número de contagiados después de Estados Unidos. Y a la pandemia se agrega el castigo de la crisis política que ha desatado Bolsonaro.

Y probablemente el número de casos está seriamente subrepresentado, debido al escaso número de tests que se realizan. Al 17 de mayo, el país había realizado 3.400 tests por millón de habitantes. Perú, el segundo país con más casos en América Latina, a la misma fecha había realizado 19.100 tests por cada millón de habitantes. Según el grupo Covid Brasil, integrado por varias universidades brasileñas, el número real de contagios podría ser 16 veces más alto que lo que dicen las cifras oficiales.

El sistema hospitalario ha colapsado, con Manaus, la capital del estado de Amazonas, siendo un ejemplo de la gravedad de la situación. A falta de apoyo nacional, su alcalde ha hecho llamados a la ayuda internacional mientras bulldozers cavaban grandes fosas comunes en el cementerio de la ciudad.

Desde el inicio de la crisis, y hasta el día de hoy, Bolsonaro ha minimizado la gravedad de la pandemia, a la que calificó en un comienzo de “gripecita”. Su tozudez en insistir en la reapertura de la economía desde las primeras semanas lo puso en conflicto con la mayoría de los gobernadores de los estados del país, que impusieron diversas medidas de confinamiento. A comienzos de mayo, el presidente se unió a una manifestación contra el Congreso y la Corte Suprema, insistiendo en favor de reabrir la economía y manifestándose en contra de las medidas de distanciamiento social decretadas por los gobernadores.

El presidente no sólo no está haciendo nada para enfrentar la pandemia; está tomando acciones para que gane la pandemia y ha hecho campaña contra los esfuerzos para controlarla. Hace caso omiso del distanciamiento social y del uso de mascarillas, insiste en saludar a sus partidarios dándoles la mano y se fotografía junto a funcionarios a escasos centímetros de distancia.

Una encuesta de mediados de mayo de CNT/MDA vio bajar la popularidad de Bolsonaro a un 39,2% desde un 47,8% en enero. La encuesta reveló también que el 69,2% apoya las medidas de los gobernadores por encima de las acciones del presidente y la evaluación de “pésimo” para su gobierno saltó de 22% a 32%.

Y a la pandemia sanitaria se agrega el castigo de la crisis política que ha desatado Bolsonaro. En abril, el presidente despidió al jefe de la policía federal --el más alto cargo policial--, lo que provocó la renuncia del ministro de Justicia, Sergio Moro. Este acusó a Bolsonaro de haber despedido al jefe policial debido a que conducía investigaciones contra sus aliados políticos, incluyendo a dos de sus hijos. La Corte Suprema, que es independiente, ha autorizado una investigación sobre el asunto, lo cual ha traído voces de impeachment en el Congreso Nacional. En días recientes, la Corte Suprema autorizó la divulgación de un video que parece confirmar la acusación de Moro. El video es de una sesión de gabinete donde Bolsonaro aparece diciendo que si no puede echar al jefe, echará al jefe del jefe, y si no, al ministro, enfatizando que no va a esperar que la policía federal “joda a mi familia y amigos”.

Bolsonaro se ha quedado con muy pocos aliados políticos y ha comenzado a confiar en un grupo de militares veteranos, dándoles varias posiciones en el gabinete y así otorgándoles el mayor poder que han tenido desde la dictadura militar que terminó en 1985. Y contrario a sus promesas de campaña de limpiar la política, se ha visto crecientemente dependiente de políticos de carrera, varios de ellos involucrados en acusaciones de corrupción.

Se ha gatillado así una crisis política de proporciones en el país, centrada en la figura de Bolsonaro. El gobierno está contra los estados y la Corte Suprema está enfrentada al poder ejecutivo. Hay una creciente militarización del gabinete, el ministerio de Salud está prácticamente vacante, hay feroces ataques contra la prensa de parte del gobierno y en las calles bandas de partidarios del presidente atacan a los periodistas, al punto que la cadena Rede Globo y el diario Folha de Sao Paulo decidieron dejar de cubrir la casa de gobierno. El país parece ir camino de un despeñadero.

En resumen, Brasil carece de un presidente que ejerza el papel que se espera de un líder elegido democráticamente y, como tal, responsable del bienestar de toda la población.

El mayor problema que enfrenta Brasil para encarar la pandemia del coronavirus se llama Jair Bolsonaro.