Este próximo domingo 6 de junio Perú decidirá en segunda vuelta quien será su presidente o presidenta. Y probablemente dos tercios de los electores de ese país han estado decidiendo cuál de los dos es el mal menor.

Y es que los dos candidatos que se enfrentan apenas sumaron 32% en la primera vuelta. Pedro Castillo, del partido Perú Libre, una izquierda dura, obtuvo 19%, mientras la conservadora Keiko Fujimori apenas 13%.

Que entre ambos hayan sumado tan pocos votos revela problemas que ya son estructurales en Perú: la fragmentación y la pérdida de representatividad de los partidos políticos y una crisis de conducción política y escándalos que ha llevado al país a tener cuatro presidentes en cinco años. El Congreso elegido en esas mismas elecciones de primera vuelta muestra 10 partidos, donde el mayor, Perú Libre, cuenta con solo 37 de los 130 escaños. El poder legislativo hace años que viene siendo una colección de partidos que se forman y deforman al calor de intereses muy particulares y personalistas, lo que ha contribuido a hacer muy difícil gobernar el país. Esta institución ha abusado de su poder de acusar y defenestrar ministros y presidentes en una guerra de suma cero con el poder ejecutivo. Claro, los presidentes con los que se ha lucido el Perú no han ayudado, habiendo sido ellos mismos personalidades sin mayor apoyo partidario.

Así, la democracia en Perú está en problemas. Y ese es, creemos, el criterio más importante por el cual hay que evaluar a los dos candidatos que se enfrentan esta semana.

Lamentablemente, ninguno de los dos candidatos pasa la prueba de la blancura democrática sin mostrar manchas.

La democracia en Perú está en problemas. Y ese es, creemos, el criterio más importante por el cual hay que evaluar a los dos candidatos que se enfrentan esta semana.

Pedro Castillo es el candidato de un partido que se proclama marxista leninista, formado en torno a una personalidad, Vladimir Cerrón, ex gobernador de Junín, que no pudo presentarse a estas elecciones por estar condenado por negociación incompatible, es decir, corrupción. Respecto a materias clave democráticas, como por ejemplo el cambio de la Constitución, Castillo mismo ha asegurado que las impondrá “si el pueblo así lo decide”.

Y aunque no ha explicado cómo el pueblo lo decidirá, es probable que Castillo quiera seguir el camino de Andrés Manuel López Obrador en México, vía referéndums a su medida. Un congresista recién elegido de Perú Libre, Guillermo Bermejo, ha dicho que si ganan ya no dejarán el poder, y Castillo no lo ha desautorizado. En materia de libertad de prensa, el programa de Perú Libre reivindica “el legado de Lenin y Fidel”, y afirma que “el socialismo no aboga por la libertad de prensa, sino por la prensa comprometida con la educación y la cohesión de su pueblo”. Existen también acusaciones, como las basadas en una investigación reciente del diario El Comercio, que ligan a muchos militantes y varios dirigentes del partido de Castillo con el Movadef, un brazo político del movimiento terrorista Sendero Luminoso. Castillo lo ha negado enfáticamente. A ello se agrega un programa económico confuso, pero con un fuerte sesgo estatista que podría poner en manos de un gobierno de Perú Libre --que se identifica con el llamado Socialismo del Siglo 21-- más recursos para eternizarse, como lo ha hecho la dictadura de Nicolás Maduro en Venezuela. En suma, las credenciales democráticas de Castillo son débiles y preocupantes.

Las de Keiko Fujimori, son, creemos, apenas mejores. Hija del dictador Alberto Fujimori, a quien promete liberar de su prisión por violaciones a los derechos humanos si es elegida presidente, ha tenido una intensa carrera política, probándose una nefasta y activa desestabilizadora de los gobiernos de turno, usando para ello el poder de su partido, Fuerza Popular, en el parlamento. Hoy propone liderar un gobierno de mano dura, y viniendo de ella esa promesa es de temer. No tranquiliza, tampoco, que ella esté siendo procesada por corrupción.

Si ninguno de los dos candidatos da grandes garantías democráticas, ambos también coinciden, cada uno a su manera, en ostentar un estilo populista. Las recetas económicas y sociales de los dos candidatos, siendo muy distintas, beben del populismo ‒entendido como promesas de dar al pueblo regalías a cambio de concentrar un poder cada vez mayor y antidemocrático en sus manos‒. Y eso lo que más nos inquieta.

Nuestro temor parece ser ampliamente compartido por la mayoría de los peruanos, lo que ha obligado a ambos candidatos a realizar un juramento de respeto a la democracia y los derechos humanos.

Entonces, como dijo el escritor Mario Vargas Llosa, hay que escoger entre dos males. Y coincidimos con su juicio: el mal mayor, creemos por lo dicho arriba, es Castillo. El programa de su partido es una amenaza directa a las instituciones democráticas de Perú, y el propio Castillo ha hecho declaraciones amenazando con disolver el congreso, restringir la libertad de prensa y gobernar en nombre “del pueblo” vía referéndums.

Keiko Fujimori es al menos una figura que ha jugado por décadas en la institucionalidad democrática del Perú. Lo ha hecho mal, sí; ha sido una desestabilizadora consumada, sí. Pero ese ha sido su campo de juego y básicamente lo ha respetado.

La candidata, que ha ido alcanzando a Castillo en las encuestas hasta llegar un virtual empate técnico, necesitará el apoyo de otras fuerzas para ganar y, eventualmente, para gobernar. Los partidos democráticos que la apoyen deben ser claros en su exigencia de respeto de las instituciones democráticas.

En todo caso, no hay razones para ningún optimismo. Gane uno o el otro, la fragilidad del sistema político peruano continuará. En el caso de que gane Castillo, se agudizaría por sus probables ataques a las débiles instituciones. En el caso de que triunfe Fujimori, la inestabilidad puede provenir de sus inclinaciones al populismo de derecha, a lo que se agrega que ella está siendo procesada por la Justicia. Agréguese la habitual capacidad del Congreso peruano para echar abajo ministerios y gobiernos, y se entenderá el pesimismo generalizado. Perú requiere algo como un renacimiento político, la conformación de partidos competitivos democráticos, responsables ante sus electores, modernos y realizadores. Ni Keiko Fujimori ni Pedro Castillo representan eso. Ambos son más bien amenazas. Pero entre los dos, la mayor amenaza es la del candidato de Perú Libre.